Tiempo de acogida y solidaridad

El pasado 5 de octubre se celebró el Jubileo del Mundo Misionero y de los Migrantes, coincidiendo con la 111 Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado. Precisamente, en la celebración eucarística, con este motivo, el Papa León XIV ha puesto en el centro a los hermanos migrantes, “que han debido abandonar su tierra, muchas veces dejando a sus seres queridos, atravesando las noches de miedo y de soledad, padeciendo en su propia piel la discriminación y la violencia”.

La migración nos interpela como creyentes, pues nos enfrenta con el rostro concreto del “extranjero” que Jesús acogió, protegió y defendió. A lo largo de los Evangelios vemos cómo el Señor se identifica con el más pobre, el peregrino y el desarraigado. En ese sentido, acoger al migrante no es una opción, sino una exigencia cristiana. El Jubileo nos invita a mirar la migración con los ojos de la misericordia.

Este tiempo jubilar nos recuerda que el papel de la Iglesia no se limita a ofrecer asistencia caritativa, sino también a elevar la dignidad del migrante. La acogida verdadera implica acompañamiento integral con acceso a servicios básicos, educación, salud, oportunidades laborales y regularización migratoria. Sin estas dimensiones, la acogida corre el riesgo de ser solo asistencialismo temporal.

Además, el Jubileo de los Migrantes nos interpela como sociedad civil y como país. Costa Rica, reconocida históricamente como tierra de paz, no puede mirar hacia otro lado frente a quienes llegan buscando refugio y nuevos horizontes. Hemos de cultivar la memoria de ser patria de acogida y forjar políticas públicas que integren con dignidad, protejan los derechos humanos y promuevan la solidaridad.

En el contexto latinoamericano, donde las desigualdades empujan a muchos a emprender caminos peligrosos, el Jubileo pone de relieve el valor de la unidad. Los migrantes enriquecen la cultura local, aportan energía, esperanza y pluralidad. La Iglesia tiene el deber de ser puente entre culturas, promover encuentros fecundos y derribar barreras de desconfianza.

Este Jubileo nos desafía también como comunidades eclesiales. Que cada parroquia, movimiento, comunidad… se conviertan en redes de acogida donde el migrante encuentre palabras amables, escucha y acciones concretas de apoyo.

Al respecto, el pontífice en la homilía, agregó el destino futuro, el destino de esperanza para quienes acogen a los que sufren: “(…) es una salvación que se realiza cuando nos comprometemos en primera persona y nos hacemos cargo, con la compasión del Evangelio, del sufrimiento del prójimo; es una salvación que se hace camino, de forma silenciosa y aparentemente ineficaz, en los gestos y en las palabras cotidianas, que son como la pequeña semilla de la que habla Jesús; es una salvación que lentamente crece cuando nos hacemos ‘siervos inútiles’, es decir, cuando nos ponemos al servicio del Evangelio y de los hermanos”.

Como bautizados no podemos perder de vista nuestra misión en este mundo de caminar hacia la vida eterna, la cual a veces parece que se queda solo en el papel, si realmente no vivimos dando testimonio de Jesús.

Somos llamados a mostrar el rostro misericordioso de Dios ante aquellos hermanos que migran en busca de esperanza, en busca de un mejor destino y, nosotros, en definitiva, podemos hacer realidad esa experiencia que buscan con nuestros gestos y acciones.

Fermento 394. Martes 14 de octubre, 2025

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