Vivamos el amor como centro y alma de nuestra experiencia cristiana

Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, Jornada de oración por la santificación de los sacerdotes.

Viernes 7 de junio de 2024. Catedral de Ciudad Quesada, 6:00 p.m.

Esta sublime y significativa solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, pone de manifiesto el inmenso amor de Dios hacia la humanidad expresado en el Corazón de su Hijo, traspasado por la lanza del soldado en el calvario, y del cual ha brotado la salvación para todos y ha nacido la Iglesia como sacramento visible del amor de Dios. Este amor de Dios, que hoy contemplamos y celebramos, y manifestado en la humanidad de su Hijo, es un amor total, incondicional, gratuito, infinito, inefable, inconmensurable, fiel, tierno, misericordioso, inmenso, inagotable, inacabable. Qué misterio de amor más grande e incomprensible, qué misterio de amor más gratuito y desbordante.

En la Sagrada Escritura, el corazón, como órgano del cuerpo humano, es la sede de los sentimientos y expresa el centro y la profundidad de la persona. El corazón es expresión de la capacidad de amar, es signo del amor mismo, es manifestación de la bondad, nobleza, ternura, misericordia y solidaridad de las que puede ser capaz el ser humano; ahora imaginémonos estas actitudes y sentimientos trascendidos al plano del amor de Dios. Por ello, desde las primeras revelaciones de 1673, Santa Margarita María de Alacoque, contemplando a Jesús en la Eucaristía, escucha la misma voz del Señor que le dice: “Este es el corazón que tanto ha amado al mundo y que no ha omitido nada hasta agotarse y consumirse para manifestarles su amor”. Este año y el próximo celebramos el 350 aniversario y jubileo de estas apariciones a Santa Margarita. Como diócesis, Dios mediante, peregrinaremos al Santuario Nacional del Sagrado Corazón de Jesús el 7 de marzo de 2025.

Esta fiesta y la realidad misma del Corazón de Jesucristo nos invitan, ante todo, a dejarnos amar, a hacer experiencia viva y honda del amor de Dios. Al mismo tiempo, es un llamado a que amemos, a que vivamos el amor como centro y alma de nuestra experiencia cristiana. Doble movimiento:  dejarnos amar por Dios primero, para ser capaces de amar a los demás con el amor del Señor, con ese amor cuyas características brotan del corazón amantísimo e infinito de Jesús, quien revela la inefable e inconmensurable experiencia de amor del Padre.

Los textos de la palabra que escuchamos nos hablan del amor mismo de Dios (cómo es y cómo se manifiesta) y, al mismo tiempo, ponen en relieve el amor que él tiene para con nosotros (hasta dónde llega y cómo nos compromete a nosotros en la vivencia de la fe traducida en amor).

Primeramente, el profeta Oseas hace un breve recuento de cómo y cuánto ha amado Dios a su pueblo Israel. Como un padre amoroso, Dios cuida y acompaña a su pueblo como si fuera un niño: lo llama, lo enseña a caminar, lo atrae con los lazos del cariño y con las cadenas del amor. A pesar de las infidelidades, este Dios sigue amando a su pueblo, su corazón se conmueve, se inflama de compasión total y lo trata con misericordia y amor. Para nosotros hoy, qué hermoso y consolador este mensaje: somos guiados y atraídos por el amor de Dios en todo momento, este Dios amor se conmueve y siente compasión total por cada uno de nosotros, más allá de nuestras infidelidades, rechazos e inconsistencias.

Este amor total y gratuito de Dios es un misterio de sabiduría y un designio eterno, según lo dicho por San Pablo, en la segunda lectura de la carta a los efesios. Por ello, el apóstol pide al Padre que todos nosotros podamos comprender la anchura y la longitud, la altura y la profundidad del amor de Cristo y experimentar que ese amor sobrepasa todo conocimiento humano. Qué inmensidad de misterio y qué abismo de amor es el de Dios. Sin duda es infinito, inabarcable e inconmensurable.

El inmenso amor de Dios se ha hecho visible y se ha hecho carne en la persona de su Hijo, entregado a la muerte de cruz por nosotros. Este es el amor total; se trata del amor más grande, pues da la vida por los que se ama. Jesús no sólo muere por amor en la cruz, sino que, estando ya muerto, su corazón sacratísimo es traspasado por la lanza del soldado, según nos ha contado San Juan en el evangelio. De su corazón traspasado sale sangre y agua, surge de él vida y salvación, brota misericordia, amor y perdón. Se trata de un corazón abierto para amarnos a todos y para que en él entremos todos y hagamos experiencia de este amor infinito que nos salva, redime, perdona, renueva y purifica.

Desde el pontificado del Papa Benedicto XVI y por deseo también del Santo Padre Francisco, celebramos hoy la jornada de oración por la santificación de los sacerdotes. La santidad es la mejor carta de presentación testimonial del sacerdote; la santidad es sinónimo de credibilidad ministerial y de fecundidad apostólica para el sacerdote. Pidamos para que los ministros de Cristo y de la Iglesia amemos nuestra vocación, seamos muy fieles a ella. Se trata de identificarnos con Jesús en su manera de ser y actuar: amando, sirviendo, reflejando su bondad, paciencia, humildad, mansedumbre y misericordia. Más que hacer muchas cosas, los pastores y sacerdotes tenemos que ser reflejo de las actitudes amorosas del corazón de Cristo. Esta es la mejor pastoral que podemos hacer; es el mejor servicio que podemos prestar. Cuánto bien hace el sacerdote bondadoso, paciente, humilde, sencillo, atento, comprensivo y amoroso con los fieles, tratándolos siempre bien, como Jesús, con mucha compasión y delicadeza. Pidamos para que este sea el camino de santificación de todos los sacerdotes de Cristo y de la Iglesia.

La Eucaristía actualiza y hace presente el misterio infinito de la entrega de Cristo que nos ha amado hasta dar la vida. Que al recibir el alimento del cuerpo y de la sangre de Cristo, nos sintamos traspasados por este misterio insondable del amor de Dios, que nos sumerjamos en este abismo infinito de amor que es el corazón sacratísimo de Jesús.

¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío! ¡Jesús, manso y humilde de corazón, haz nuestro corazón semejante al tuyo! ¡Oh Jesús, pastor eterno de tu Iglesia, danos muchos y santos sacerdotes! Amén.