“Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20)

La Iglesia atraviesa un momento de silenciosa hondura, son momentos en los que el misterio de la fe se revela con toda su fuerza: un Pastor ha completado su misión, y el Pueblo de Dios, guiado por el Espíritu Santo, se prepara para acoger a quien será llamado a sostener la barca de Pedro en medio de los vientos de la historia.

El Papa Francisco, con su estilo sencillo y por medio de una revolución de los gestos, abrió caminos de misericordia, cercanía y renovación evangélica. Su vida entregada permanece como un testimonio que interpela a la Iglesia a no replegarse en sí misma, sino a salir con valentía al encuentro de un mundo herido. El Papa Francisco nos enseñó una Iglesia de puertas abiertas y que debe ser como un “hospital de campaña” tras una batalla.

Hoy no miramos hacia el futuro con ansiedad. Sabemos que la Iglesia pertenece a Cristo, que la conduce con amor inquebrantable. En cada encrucijada, en cada cambio de época, su presencia es la certeza que nos sostiene y nos impulsa.

El discernimiento que ahora se realiza es un acto profundamente espiritual, en el que la acción humana y la gracia divina se entrelazan misteriosamente. No se trata de una elección mundana, sino de una escucha: la escucha humilde de la voz del Espíritu que sigue soplando con fuerza en el corazón de la Iglesia.

Más allá de los nombres, de las conjeturas o de los análisis, lo que importa es la docilidad al designio de Dios. La historia de la Iglesia enseña que cuando nos abandonamos en sus manos, Él suscita pastores según su corazón (cfr. Jeremías 3, 15), capaces de ser signo de unidad, constructores de paz, custodios de la fe.

Este es un tiempo para la oración intensa y confiada. Cada fiel está invitado a levantar los brazos en súplica, pidiendo por el Cónclave, por la elección del nuevo Sucesor de Pedro y por toda la Iglesia que, como peregrina que es, necesita ser constantemente renovada desde su fuente: el encuentro vivo con Jesucristo.

La sede vacante es una oportunidad de escucha. La aparente pausa en el ritmo habitual de la vida eclesial nos invita a redescubrir que nuestra seguridad no radica en las estructuras, ni en las personas, sino en Aquel que nunca se cansa de sostener a su pueblo.

En medio de un mundo convulsionado, la Iglesia camina con paso firme porque el Señor es fiel. Aunque las tormentas arrecien, aunque las preguntas humanas se multipliquen, permanece la roca firme de la fe que nos hace mirar el futuro con esperanza. “La fe es un don gratuito de Dios que exige la humildad y el valor de fiarse y confiarse, para poder ver el camino luminoso del encuentro entre Dios y los hombres, la historia de la salvación”, nos decía el Papa Francisco en su primera encíclica Lumen Fidei (n. 14).

El próximo Papa será, como sus predecesores, un don para la Iglesia y para el mundo. No porque posea en sí mismo todas las respuestas, sino porque, en su pequeñez, será instrumento de la gracia, testigo de que Dios sigue actuando en su Iglesia con paciencia, con ternura y con fuerza.

Avancemos en este tiempo de gracia con la certeza de que la historia no escapa de las manos de Dios. Confiamos plenamente que, quien ha comenzado en nosotros la obra buena, la llevará a término en Cristo Jesús, Señor de la Iglesia y Señor de la historia, por que él mismo nos prometió: “Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20).

Fermento 370. Martes 29 de abril, 2025

ÚLTIMAS NOTICIAS