Martes Santo, 31 de marzo de 2026.
Catedral de Ciudad Quesada, 8:00 a.m.
En este Martes Santo la Palabra de Dios nos introduce con más dramatismo en el misterio que estamos celebrando durante la Semana Santa. La liturgia nos presenta a Jesús en un momento de gran intimidad con sus discípulos durante la última cena, pero también en un momento de profunda tensión interior. El Evangelio nos dice que Jesús se estremece en su espíritu y declara: “Uno de ustedes me va a entregar”. Estas palabras revelan no solo la cercanía de su pasión, sino también el dolor humano del Señor ante la traición de uno de los suyos.
El evangelista Juan nos permite contemplar a Jesús plenamente consciente de lo que va a suceder. No es una víctima de los acontecimientos; Él sabe lo que viene y, aun así, sigue adelante con fidelidad al plan del Padre. La traición de Judas no sorprende a Jesús, pero sí manifiesta el drama de la libertad humana. Judas había caminado con el Maestro, había escuchado su palabra y visto sus signos, pero su corazón se fue cerrando poco a poco. Este pasaje nos recuerda que la cercanía física con Jesús no garantiza la fidelidad del corazón. La verdadera amistad con el Señor exige una conversión constante y una vigilancia interior.
En contraste con la figura de Judas aparece también Pedro. Él expresa su amor por Jesús con entusiasmo: “Daré mi vida por ti”. Sin embargo, el Señor le responde con realismo: “No cantará el gallo antes de que me hayas negado tres veces”. Pedro no traiciona por cálculo ni por maldad, sino por debilidad. Este contraste entre Judas y Pedro es profundamente humano y nos refleja a todos nosotros. En nuestra vida de fe también experimentamos momentos de generosidad y momentos de fragilidad. A veces queremos seguir al Señor con toda nuestra fuerza, pero descubrimos nuestras limitaciones.
La diferencia, sin embargo, no está solo en la caída, sino en la respuesta posterior. Pedro llorará su pecado y volverá al Señor; Judas, en cambio, se cerrará a la esperanza. Este Evangelio, por tanto, no es solo una narración de traiciones, sino también una llamada a confiar en la misericordia de Dios. El Señor conoce nuestra debilidad, pero nunca deja de ofrecernos su perdón y su amistad.
La primera lectura del profeta Isaías ilumina aún más este misterio. Allí escuchamos el segundo canto del Siervo del Señor, que se reconoce llamado por Dios desde el seno materno para llevar su salvación a los pueblos. Este Siervo experimenta también el aparente fracaso: “En vano me he cansado, en viento y en nada he gastado mis fuerzas”. Sin embargo, Dios le responde ampliando su misión: no solo restaurará a Israel, sino que será luz para todas las naciones.
Los cristianos reconocemos en este Siervo la figura de Cristo. A los ojos humanos, la cruz puede parecer un fracaso; pero en el plan de Dios se convierte en el camino de la salvación universal. Jesús, traicionado por uno de sus discípulos y negado por otro, sigue adelante con su misión. Su fidelidad no depende de la fidelidad de los hombres, sino del amor que lo une al Padre.
El salmo responsorial se convierte entonces en la oración del creyente que confía en medio de la prueba: “En ti, Señor, me refugio”. El salmista recuerda que Dios ha sido su apoyo desde la juventud y proclama que seguirá anunciando sus maravillas. Esta actitud de confianza es la que la liturgia nos invita a asumir en estos días santos. También nosotros podemos experimentar momentos de oscuridad, dudas o debilidad, pero sabemos que el Señor es nuestra esperanza.
Hermanos, el Martes Santo nos invita, por tanto, a mirarnos interiormente. En cada uno de nosotros hay algo de Judas y algo de Pedro: la tentación de alejarnos del Señor y, al mismo tiempo, el deseo sincero de seguirlo. La pregunta importante no es si somos débiles —porque todos lo somos—, sino si estamos dispuestos a volver a Él con humildad y confianza.
Al acercarnos a los días centrales de la Pascua, pidamos la gracia de permanecer con Cristo. Que no nos alejemos de Él en los momentos difíciles, que no nos dejemos vencer por el miedo o la desesperanza. Que aprendamos de Pedro la humildad de reconocer nuestras caídas y de levantarnos nuevamente.
Pedimos al Señor en esta Eucaristía que esta Semana Santa renueve nuestra fe y nuestro amor por el Señor. Y que, contemplando a Cristo que camina hacia la cruz con fidelidad y amor, también nosotros aprendamos a seguirlo con un corazón sincero, confiando siempre en su misericordia y anunciando con nuestra vida que Él es la luz y la salvación para todos los pueblos.
Así sea, amén.
