Cada gesto de amor, de servicio, de honestidad y de solidaridad es una forma concreta de anunciar la presencia de Dios

XI Domingo Tiempo Ordinario, 14 de junio de 2026.

Sacramento de la Confirmación, Parroquia San Francisco de Asís, Los Chiles, 11:00 a.m.

Hermanos todos en el Señor, especialmente queridos confirmandos:

La Palabra de Dios que hemos escuchado hoy nos invita a reflexionar sobre una verdad fundamental de nuestra fe: Dios nos ama, nos ha elegido y nos confía una misión, especialmente a ustedes que van a recibir el sacramento de la Confirmación.

Desde la primera lectura, tomada del libro del Éxodo, escuchamos las palabras que Dios dirige a su pueblo: “Serán mi propiedad personal entre todos los pueblos; serán para mí un reino de sacerdotes y una nación santa”. Estas palabras revelan el profundo amor de Dios, que no abandona a su pueblo, sino que lo llama a vivir en alianza con Él. Ser propiedad de Dios no significa pérdida de libertad, sino todo lo contrario. Significa pertenecer a Aquel que nos creó, nos conoce y nos ama infinitamente. Es una dignidad inmensa y, al mismo tiempo, una responsabilidad. Por el Bautismo fuimos incorporados a Cristo y convertidos en hijos de Dios; por la Confirmación, ese don se fortalece y madura para que podamos vivir plenamente nuestra vocación cristiana. Dios no nos elige para encerrarnos en nosotros mismos, sino para enviarnos al mundo como testigos de su amor.

El salmo 99 nos ha hecho proclamar: “Nosotros somos su pueblo y ovejas de su rebaño”. Estas palabras expresan la confianza de quienes saben que Dios los guía y acompaña. En un mundo marcado por la incertidumbre, la violencia y tantas formas de sufrimiento, necesitamos redescubrir la alegría de pertenecer al Señor. Cuando una persona vive alejada de Dios, fácilmente se deja llevar por las modas, los intereses egoístas o las falsas promesas de felicidad. En cambio, quien sabe que pertenece a Dios encuentra una brújula segura para orientar su vida.

San Pablo, en la segunda lectura de su carta a los romanos, nos recuerda la razón más profunda de esta pertenencia. Dios nos ha amado cuando todavía éramos débiles y pecadores. Cristo entregó su vida por nosotros para reconciliarnos con el Padre. No hemos sido salvados por nuestros méritos, sino por la gracia de Dios. Esta certeza debe llenarnos de gratitud y de esperanza. Muchas veces podemos sentirnos indignos o limitados, pero Dios sigue confiando en nosotros y continúa llamándonos a colaborar en su obra.

En el Evangelio de San Mateo contemplamos a Jesús que mira a la multitud y se compadece de ella porque estaba cansada y abatida, como ovejas sin pastor. La compasión de Cristo no se queda en un sentimiento pasajero; se convierte en acción. Por eso llama a sus discípulos y los envía a continuar su misión. Les encomienda una tarea exigente: sanar enfermos, limpiar leprosos, expulsar demonios y anunciar que el Reino de Dios está cerca.

También nosotros hemos recibido esa misma misión. Tal vez no se nos pida realizar milagros extraordinarios, pero sí hacer presente el amor de Dios en los ambientes donde vivimos. Hoy existen muchas enfermedades del alma que necesitan ser sanadas: la soledad, el resentimiento, la falta de sentido, la indiferencia religiosa. Hay muchas personas que necesitan una palabra de aliento, una mano tendida, una escucha sincera. Hay muchas situaciones de injusticia, violencia y división que reclaman cristianos valientes capaces de sembrar reconciliación y esperanza.

Jesús nos pide además anunciar que el Reino de Dios está cerca. Este anuncio no puede hacerse únicamente con palabras. Debe estar respaldado por el testimonio de una vida coherente. Los cristianos estamos llamados a mostrar con nuestras obras que el Evangelio transforma realmente la existencia humana. Cada gesto de amor, de servicio, de honestidad y de solidaridad es una forma concreta de anunciar la presencia de Dios.

De manera especial, hoy dirigimos nuestra mirada a quienes van a recibir el sacramento de la Confirmación. Queridos confirmandos: este día marca una etapa muy importante en su camino de fe. Dentro de unos momentos recibirán el don del Espíritu Santo, que los fortalecerá para ser auténticos discípulos y misioneros de Jesucristo. La Confirmación no es una graduación ni el final de la formación cristiana; es un nuevo comienzo. El Espíritu Santo viene a fortalecerlos para que puedan vivir su fe con convicción, defenderla con valentía y compartirla con alegría.

El mundo y la Iglesia necesitan confirmados que no tengan miedo de vivir como cristianos. Necesitamos personas capaces de decir la verdad cuando otros prefieren el engaño; capaces de promover la paz cuando prevalece la violencia; capaces de defender la dignidad humana cuando esta es despreciada. El Espíritu Santo les dará la fuerza para hacerlo, pero ustedes deben abrirle el corazón y colaborar con su gracia.

Por ello, confirmandos, quisiera dejarles dos invitaciones. La primera es a que perseveren en la fe: no permitan que la Confirmación sea un motivo de alejamiento de la fe. Alimenten su relación con Dios mediante la oración, la lectura de la Palabra, la participación en la Eucaristía y la vida sacramental. La segunda invitación es a que permanezcan en la Iglesia: la Iglesia es la familia donde hemos recibido la fe y donde seguimos creciendo como discípulos. Todos tenemos algo que aportar a la comunidad cristiana y todos somos necesarios para la misión evangelizadora. En este sentido, la idea es que se involucren, acá en la parroquia, en la pastoral juvenil, la catequesis, las obras de caridad, la liturgia o en cualquier actividad eclesial. Ojalá algunos varones puedan escuchar la llamada a la vida sacerdotal, y algunas mujeres a la vida consagrada; el Señor llama, el Espíritu sigue actuando en su Iglesia.

Una palabra necesaria también para las familias y padrinos de los confirmandos, también para toda la comunidad. Por favor, no los dejen solos; acompáñenlos, anímenlos en la fe, denles el testimonio de una fe viva y comprometida. Los padres tienen el deber de formar y acompañar en la fe. Los padrinos ser modelos e inspiración de creyentes. La comunidad debe acoger y ser soporte sobre todo a quienes van para arriba. 

Hermanos todos, pidamos hoy al Señor que nos conceda la gracia de vivir como verdadero pueblo suyo, conscientes de que le pertenecemos y de que hemos sido enviados a anunciar su Reino. Que el Espíritu Santo fortalezca especialmente a nuestros confirmandos, los ilumine en sus decisiones, los acompañe en sus luchas y los convierta en testigos alegres y valientes de Jesucristo hoy y siempre.

Así sea, amén.

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