Domingo de Ramos en la Pasión del Señor, 29 de marzo de 2026.
Catedral de Ciudad Quesada, 10:00 a.m.
Hermanos todos:
Con la celebración de este Domingo de Ramos comenzamos la Semana Santa, la semana más grande e importante del año para nuestra fe. Iniciamos con ramos en las manos y con el corazón dispuesto a aclamar a Cristo como Rey, recordando su entrada en Jerusalén. Pero esta misma celebración nos conduce inmediatamente al relato de la Pasión, este año según el Evangelio de San Mateo. La Iglesia nos hace pasar, en pocos minutos, del “¡Hosanna!” al “¡Crucifícalo!”. Es el contraste que marca no solo aquellos días en Jerusalén, sino también la verdad de nuestro propio corazón.
En la primera lectura, el profeta Isaías nos presenta la figura del Siervo sufriente: “Ofrecí la espalda a los que me golpeaban… no oculté el rostro a insultos y salivazos”. No hay violencia en la respuesta del Siervo, no hay odio; hay firmeza, confianza y abandono en Dios: “El Señor me ayuda, por eso no quedaré confundido”. Esta actitud interior es clave para comprender lo que celebramos. La Semana Santa no es solo el recuerdo de un sufrimiento pasado; es la contemplación del amor fiel de Dios que permanece firme incluso en medio del rechazo.
El salmo 21, con su célebre expresión, “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, pone en nuestros labios el clamor del justo que sufre. Es el mismo grito que brotará de los labios de Jesús en la cruz. No es un grito de desesperación sin esperanza, sino la oración confiada del que, en la noche más oscura, sigue dirigiéndose confiadamente a su Padre. La Semana Santa nos invita a no huir de nuestras propias noches, sino a asumirlas con fe.
San Pablo, en la segunda lectura de su carta a los Filipenses, nos ofrece uno de los textos más profundos de todo el Nuevo Testamento: Cristo Jesús, “a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de sí mismo … y tomó la condición de esclavo”. Este “despojarse” es el corazón del misterio pascual. Dios no salva desde el poder que aplasta, sino desde el amor que se entrega. Se abaja hasta lo más bajo —la muerte y muerte de cruz— y por eso el Padre lo exalta sobre todo.
Así quedan ante nosotros los dos extremos de esta Semana Santa: hoy contemplamos la Pasión; el próximo domingo celebraremos la Resurrección. Cruz y gloria. Humillación y exaltación. Muerte y vida. Pero no son realidades opuestas: la gloria brota de la cruz, y la vida nace de la entrega. No hay Domingo de Pascua sin Viernes Santo.
Hermanos, ¿Qué sentido más profundo estamos llamados a vivir en estos días? Ante todo, el de la contemplación agradecida. No se trata solo de asistir a celebraciones, sino de entrar interiormente en el misterio. La Semana Santa pide silencio, recogimiento y oración. Nos invita a acompañar a Cristo, a no dejarlo solo en su agonía. Nos pide revisar nuestras prioridades, reducir el ruido, buscar espacios de encuentro profundo con el Señor.
La Semana Santa también nos invita a asumir actitudes concretas. La primera es la humildad. Si Cristo se despojó, ¿de qué necesitamos despojarnos nosotros? Tal vez del orgullo, del rencor, de la autosuficiencia, de algún vicio que esclaviza. Tal vez de esa fe superficial que aclama cuando todo va bien, pero se esconde cuando llegan las dificultades. La multitud que gritó “¡Hosanna!” es la misma que después pidió la crucifixión. La Semana Santa nos cuestiona: ¿qué lugar ocupa Jesús en mi vida cuando su camino no coincide con mis expectativas?
Otra actitud es la fidelidad en la prueba. En la Pasión según san Mateo vemos traiciones, negaciones y abandonos. Judas vende; Pedro niega; los discípulos huyen. Pero también vemos fidelidad silenciosa: la de María y la de las mujeres que permanecen al pie de la cruz. Vivir la Semana Santa con profundidad es preguntarnos dónde estamos nosotros: ¿entre los que huyen o entre los que permanecen?
Además, estamos llamados a la compasión. La Pasión no es un espectáculo para ser observado desde fuera. Es el dolor del Inocente que carga con el pecado del mundo. Y ese pecado no es una idea abstracta: tiene rostro concreto en nuestras faltas personales y en las injusticias de nuestro tiempo. Hoy la Pasión de Cristo se renueva en los crucificados de la historia: en los pobres descartados, en las víctimas de la violencia, en los enfermos olvidados, en quienes sufren soledad, migración forzada o humillación. Cada vez que la dignidad humana es pisoteada, Cristo vuelve a ser coronado de espinas.
Pero también se renueva su pasión y entrega cada vez que alguien perdona, sirve, acompaña y se sacrifica por amor. La Pasión continúa hoy en el dolor del mundo, pero también la Resurrección comienza a germinar allí donde el amor vence al odio.
Entre este domingo de Pasión y el domingo de Resurrección se extiende un camino interior. No podemos saltar de los ramos a las flores de Pascua sin pasar por la cruz. Necesitamos dejarnos tocar por el sufrimiento de Cristo, reconocer que su cruz tiene que ver conmigo, que su pasión y muerte fueron por mí. Solo así la alegría pascual no será superficial, sino profunda y transformadora.
Hermanos, que esta Semana Santa no sea una semana más. Que sea un verdadero paso del Señor por nuestra vida. Que, al contemplar a Cristo humillado, aprendamos la humildad; al verlo sufrir, aprendamos la compasión; al verlo perdonar, aprendamos el perdón; y al celebrar su Resurrección, renovemos nuestra esperanza.
Con esta Eucaristía comenzamos estos días santos con los ramos en las manos, pero sobre todo con el corazón abierto al Señor. Acompañemos a Jesús en su Pasión para poder participar de verdad en la alegría de su Resurrección. Y que al final de esta semana podamos decir, no solo con palabras sino con la vida, que hemos comprendido un poco más el misterio del amor que se entrega hasta el extremo y que vence para siempre la muerte para darnos vida.
Que así sea. Amén.
