Catequistas: llamados como María a escuchar, acoger y a vivir la Palabra

Día Diocesano del Catequista, Sábado 5 de setiembre de 2026.

Catedral de Ciudad Quesada, 8:00 a.m.

Queridos catequistas de nuestra Iglesia diocesana:

Con mucha alegría nos reunimos en este Día Diocesano del Catequista para celebrar la fe, agradecer a Dios el don de la vocación catequística y reconocer con gratitud a ustedes que, con generosidad y perseverancia, colaboran en la misión evangelizadora de la Iglesia. La presencia y participación de ustedes en este encuentro son ya un hermoso testimonio de amor a Cristo y de compromiso con su Iglesia. Hoy queremos contemplar a María, Madre y Maestra espiritual, como una compañera privilegiada para todos ustedes, porque Ella nos enseña cómo escuchar, acoger, vivir y comunicar la Palabra de Dios, y cómo conducir a los demás hacia el encuentro con su Hijo.

La primera lectura, tomada del profeta Isaías, nos presenta a un Dios que abre las puertas de su casa a todos los pueblos: «Mi casa será llamada casa de oración para todos los pueblos». Es una imagen profundamente misionera. El corazón de Dios no está cerrado para nadie; su salvación está destinada a todos. Esta Palabra nos recuerda que la catequesis no consiste simplemente en transmitir conocimientos religiosos, preparar para recibir un sacramento o cumplir una tarea pastoral. La catequesis participa de la misma misión de Dios: ayudar a que cada persona descubra que es amada por Él, que tiene un lugar en su casa y que está llamada a encontrarse con Jesucristo.

Por eso, queridos catequistas, ustedes son colaboradores de Dios en su obra de salvación. ¡Qué grande y hermosa es esta vocación! Dios podría realizar su obra sin nosotros, pero ha querido contar con nuestra colaboración. Especialmente a ustedes, les llama para llevar a otros hacia Cristo, abrir caminos de encuentro con Él, ayudar a niños, jóvenes, adultos y familias a descubrir la belleza del Evangelio.

El Salmo 14 nos presenta precisamente el perfil de quien puede habitar en la casa del Señor: «El que procede honradamente y practica la justicia, el que tiene intenciones rectas y no calumnia con su lengua». La Palabra de Dios nos recuerda así que el primer anuncio del catequista no son sus palabras, sino su propia vida. El catequista enseña con lo que dice, pero evangeliza sobre todo con lo que es y con la manera como vive. Los catequizandos necesitan encontrar adultos creyentes, personas que puedan decir con su vida: «Yo he encontrado a Cristo y vale la pena seguirlo».

Por eso, la coherencia entre la fe y la vida es uno de los grandes desafíos de la vocación catequística. El testimonio no exige que seamos perfectos, pero sí que seamos auténticos, que reconozcamos también nuestras fragilidades y permitamos que la gracia de Dios transforme nuestra vida. El catequista no anuncia desde la autosuficiencia, sino desde la experiencia de quien también está caminando detrás de Jesús.

El evangelio de San Mateo nos presenta a María y a los familiares de Jesús que buscan encontrarse con Él. Ante el anuncio de que su madre y sus hermanos están fuera, Jesús responde señalando hacia quienes están escuchando la Palabra y poniéndola en práctica: «El que cumple la voluntad de mi Padre del cielo, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre». Estas palabras no disminuyen la grandeza de María; al contrario, nos permiten comprender por qué Ella es precisamente la primera discípula, la mujer que escuchó la Palabra, la acogió con fe y la hizo vida.

María es, por ello, Madre y Maestra espiritual de todo catequista. Ella nos enseña tres actitudes fundamentales. En primer lugar, a escuchar: antes de anunciar la Palabra, hay que dejar que la Palabra entre en el corazón. El catequista no puede limitarse a hablar de Dios; necesita escuchar a Dios. Necesita momentos de oración, silencio, contemplación y encuentro con la Sagrada Escritura. María guardaba y meditaba estas cosas en su corazón. También ustedes están llamados a guardar la Palabra, meditarla y dejar que ella transforme primero sus propias vidas.

En segundo lugar, María enseña también a acoger: ella acogió la Palabra hasta el punto de convertirse en Madre del Salvador. El catequista está llamado a ser una persona que acoge: que recibe al niño que llega con ilusión, al joven que tiene preguntas, al adulto que quizá regresa después de mucho tiempo, a la familia que atraviesa dificultades, al que duda, al que busca y al que necesita ser escuchado. Una catequesis verdaderamente evangelizadora comienza muchas veces con un gesto sencillo de acogida.

Y María nos enseña finalmente, en tercer lugar, a vivir la Palabra: no basta escucharla ni conocerla; hay que ponerla en práctica. Por eso Jesús identifica a su verdadera familia con quienes escuchan la Palabra de Dios y la cumplen. Esta es una llamada muy concreta para cada catequista: que la catequesis no sea solamente una actividad que realiza, sino una vocación que configura su vida. No se trata solamente de enseñar a otros a seguir a Jesús, sino de seguirlo nosotros cada día con mayor fidelidad.

Queridos catequistas: ustedes siembran, acompañan y colaboran; pero no están solos en la misión. San Pablo nos recuerda que uno planta y otro riega, pero es Dios quien da el crecimiento. Esta certeza debe liberarnos de la ansiedad y del cansancio que tantas veces acompañan el servicio pastoral. No todo depende de nosotros. Nuestra tarea es preparar el terreno, sembrar la semilla, acompañar con paciencia, ofrecer el testimonio, estar presentes y confiar. El Señor hará fructificar a su tiempo.

Por eso, comprendan y acojan cada vez más profundamente su vocación de catequistas. Ustedes no son simplemente voluntarios que prestan una ayuda a la parroquia; son discípulos misioneros llamados por Dios y enviados por la Iglesia. Su servicio necesita preparación, responsabilidad, comunión eclesial, pero, sobre todo, necesita la gracia de Dios. La misión es grande, pero más grande es la gracia que la sostiene.

Hoy quiero agradecerles sinceramente su presencia y participación acá y, sobre todo, su entrega generosa. Gracias por las horas de preparación, por la paciencia, las dificultades asumidas, las alegrías compartidas, las familias acompañadas y por tantas semillas de Evangelio que han sembrado en el corazón de nuestros catequizandos. Muchas veces su servicio queda en el silencio y oculto, pero Dios conoce cada esfuerzo y gesto realizado por amor.

Deseo expresar también un reconocimiento especial y sincero al P. Fabio Antonio Hidalgo Rojas, responsable diocesano de la catequesis y a todos los miembros de la comisión diocesana de catequesis. Gracias por su servicio, coordinación, creatividad, acompañamiento y compromiso con la formación y animación de nuestros catequistas. Que el Señor recompense abundantemente su entrega y les conceda sabiduría y fortaleza para seguir impulsando esta tarea tan necesaria en nuestra Iglesia diocesana.

Pongamos, finalmente, nuestra vocación catequística bajo la mirada de María. Que Ella nos enseñe a escuchar antes de hablar, a acoger antes de juzgar, a vivir antes de enseñar y a conducir siempre hacia Cristo sin colocarnos nosotros en el centro.

Queridos catequistas, sigan sembrando, acompañando, anunciando y, sobre todo, sigan dando testimonio. Ustedes no están solos, la gracia de Dios camina con ustedes, el Espíritu Santo sostiene su misión y María, Madre y Maestra espiritual, los acompaña para conducir a cada catequizando hacia el encuentro vivo con Jesucristo.

Que nuestra Iglesia diocesana pueda reconocer en cada uno de ustedes un rostro alegre, cercano y esperanzado de Cristo, para que, por medio de su servicio, muchos puedan descubrir que también ellos tienen un lugar en la casa del Padre y que son llamados a formar parte de la gran familia de Dios.

Así sea, amén.

ÚLTIMAS NOTICIAS