Bendición de las Palmas e inicio de la procesión del Domingo de Ramos en la Pasión del Señor.
29 de marzo de 2026, Colegio Diocesano, 9:15 a.m.
Hermanos:
Al iniciar la procesión de este Domingo de Ramos, contemplamos a Jesús entrando en Jerusalén no como un rey poderoso, según los criterios del mundo, sino humilde, montado en una borrica. Este gesto inaugura su camino hacia la pasión y la muerte: un camino de entrega, amor y obediencia al Padre. Los ramos que llevamos en nuestras manos simbolizan la victoria y la esperanza; son signo de nuestro reconocimiento de Jesús como Rey, pero también nos comprometen a seguirlo más allá del entusiasmo momentáneo. Aclamarlo como Mesías no puede quedarse en palabras o gestos externos: implica aceptar su estilo de vida, su cruz y su modo de amar.
La multitud que grita “¡Hosanna!” es la misma que, días después, lo rechaza y pide su muerte. Por eso, esta escena nos interpela hoy: ¿Somos discípulos que permanecen fieles en el camino difícil, o solo acompañamos a Jesús en los momentos de alegría? El Domingo de Ramos nos invita a pasar de una fe superficial a una fe comprometida, capaz de acompañar a Cristo hasta la cruz para luego participar de su resurrección.
También hoy estamos llamados a reconocer a Jesús que entra en nuestra vida cotidiana: en los pobres, en el sufrimiento, en las decisiones difíciles y en las pequeñas oportunidades de amar. Recibirlo como Mesías significa dejar que transforme nuestro corazón, renunciando al orgullo, al egoísmo y a la indiferencia. Cada ramo que levantamos es, en el fondo, una promesa: la de abrirle camino en nuestra vida, para que su presencia traiga paz, justicia y esperanza al mundo y a nuestro entorno.
San Andrés de Creta nos exhorta: “Corramos a acompañar a Cristo, no con ramos de olivo o de palmas, sino con las buenas obras; extendamos ante Él nuestras personas, humillándonos y abajándonos para que Él nos eleve”. Hermanos, más que un recuerdo, esta celebración se convierte en una decisión: abrirle el corazón a Jesús y caminar con Él, con fidelidad y amor, durante toda la Semana Santa y en cada día de nuestra vida. Vayamos con Jesús, entremos con Él a Jerusalén; dejemos que Él entre en nuestras vidas para que nos renueve con su amor que lo llevó a entregarse por nosotros hasta la muerte. Así sea, amén.
