Cuando el ser humano vale por lo que produce

Vivimos en una cultura que mide el valor de la persona según su rendimiento. Se nos evalúa por lo que logramos, por lo que producimos, por nuestra eficacia y resultados. El éxito se convierte en criterio moral, y el desempeño en identidad. Poco a poco, sin advertirlo, el “hacer” ha desplazado al “ser”.

Nuestros jóvenes crecen bajo una presión constante: deben destacar, competir, rendir más que otros, construir un currículo impecable antes incluso de haber descubierto quiénes son. Muchos viven agotados antes de comenzar realmente su vida adulta. La ansiedad y el miedo al fracaso se han convertido en protagonistas silenciosos de toda una generación.

Los adultos, por su parte, viven enredados en jornadas extensas, metas inalcanzables y una cultura que glorifica el activismo permanente. El descanso es visto como pérdida de tiempo, y la contemplación como improductividad. Se trabaja no solo para vivir, sino para justificar la propia existencia.

Y mientras tanto, nuestros adultos mayores corren el riesgo de volverse invisibles. Cuando ya no producen y no generan ingresos o resultados, la sociedad tiende a relegarlos. Esta lógica utilitarista hiere profundamente la dignidad humana, pues olvida que el valor de la persona no depende de su eficiencia, sino de su condición de hijo de Dios.

En este contexto emerge con fuerza el avance de la inteligencia artificial. Las nuevas tecnologías prometen eficacia, rapidez y sustitución de múltiples tareas humanas. Si la persona ya era medida por su rendimiento, ¿qué sucede cuando las máquinas pueden hacer más o mejor y más rápido que nosotros? Existe el riesgo de que el ser humano termine comparándose con algoritmos y sintiéndose descartable.

La inteligencia artificial es una herramienta valiosa cuando está al servicio del bien común. Pero no puede convertirse en nuevo criterio de superioridad ni de parámetro que determine quién es útil y quién no. Ningún sistema, por sofisticado que sea, posee conciencia moral, capacidad de amar ni apertura a la trascendencia.

Desde la fe cristiana afirmamos con claridad que el ser humano vale por lo que es, no por lo que produce. Su dignidad no aumenta con el éxito ni disminuye con el fracaso. No depende de la edad, del desempeño ni de la competitividad. Es imagen y semejanza de Dios, y esa verdad permanece inalterable frente a cualquier avance tecnológico.

Necesitamos recuperar el sentido del descanso, del silencio y de la gratuidad. El domingo, tantas veces olvidado, es un recordatorio de que no somos máquinas de rendimiento. La vida no se agota en la productividad; se plenifica en el amor, la comunión, la relación con Dios y con los demás.

Frente a la lógica del descarte y del rendimiento absoluto, estamos llamados a construir una cultura donde el joven sea acompañado, el adulto encuentre equilibrio y el anciano sea honrado por su sabiduría.

Que este tiempo de profundos cambios tecnológicos no nos haga perder lo esencial. La inteligencia artificial puede potenciar nuestras capacidades, pero nunca sustituir el corazón humano. Y mientras el mundo nos repita que valemos por lo que producimos, el Evangelio nos seguirá recordando que valemos infinitamente porque somos amados por Dios.

Fermento 426. Martes 26 de mayo, 2026

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