Viernes Santo, Celebración de la Pasión del Señor.
3 de abril de 2026, Catedral de Ciudad Quesada, 4:00 p.m.
Hermanos todos:
En este Viernes Santo la Iglesia guarda silencio, contempla y adora. No celebramos la Eucaristía; en su lugar nos reunimos para escuchar la Palabra, adorar la cruz y comulgar con el Cuerpo entregado de Cristo. Toda la liturgia de hoy nos conduce a un misterio profundo: la muerte voluntaria y redentora de Jesucristo. No se trata simplemente de recordar un hecho doloroso de la historia, sino de contemplar el amor extremo con que Dios ha querido salvar al mundo.
El profeta Isaías, en la primera lectura, describe en el cuarto canto del Siervo sufriente el misterio de un hombre inocente que carga con el pecado de los demás. “Fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes… y por sus llagas hemos sido curados”. Este anuncio profético encuentra su pleno cumplimiento en la pasión de Jesús que acabamos de escuchar en el Evangelio de San Juan. Lo sorprendente de este relato es que Jesús no aparece como una víctima impotente arrastrada por los acontecimientos, sino como el Señor que entrega libremente su vida. Cuando lo buscan para arrestarlo, Él mismo se adelanta y pregunta: “¿A quién buscan?”. Y cuando responden “a Jesús, el Nazareno”, Él declara con autoridad: “Yo soy”. Incluso en medio del sufrimiento, Jesús mantiene el control de la situación porque sabe que su entrega forma parte del plan de amor del Padre.
La muerte de Jesús, por tanto, no es un accidente trágico ni una derrota. Es una entrega consciente y amorosa. Él mismo lo había dicho: “Nadie me quita la vida; yo la doy libremente”. En la cruz se manifiesta el amor más grande: el de quien da la vida por los demás. Cristo carga voluntariamente con el pecado del mundo para reconciliar a la humanidad con Dios. En la segunda lectura, el autor de la carta a los Hebreos nos recuerda que Jesús, aun siendo el Hijo, aprendió obedeciendo en el sufrimiento y se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen. En su pasión, Jesús no solo nos salva, sino que también se convierte en un sumo sacerdote cercano a nuestra fragilidad, capaz de comprender nuestras luchas y sufrimientos.
Pero este misterio no pertenece solo al pasado. La pasión de Cristo continúa de muchas maneras en el mundo de hoy. Cada vez que un ser humano sufre injustamente, cada vez que alguien es humillado, descartado o violentado, de alguna manera la pasión de Cristo se hace presente. Cristo sigue padeciendo en los pobres, en los enfermos, en los migrantes rechazados, en las víctimas de la violencia, en quienes cargan con la cruz del abandono o de la soledad. También revive la pasión del Señor cuando el pecado, la injusticia y el egoísmo hieren la dignidad de las personas. Frente a estas realidades, el Viernes Santo nos invita no solo a contemplar la cruz, sino también a reconocer a Cristo crucificado en los hermanos que sufren.
Al mismo tiempo, la pasión del Señor nos enseña actitudes profundamente humanas y cristianas para enfrentar el dolor y las dificultades de la vida. En primer lugar, Jesús nos enseña la fidelidad. A pesar del miedo, del abandono y de la incomprensión, Él permanece fiel a la misión que el Padre le ha confiado. No retrocede ni busca salvarse a sí mismo a costa de la verdad y del amor. Esta fidelidad nos invita a perseverar en el bien incluso cuando el camino se vuelve difícil.
Otra actitud que aprendemos de Jesús es la confianza en Dios. En medio del sufrimiento, Él se abandona en las manos del Padre. El salmo 21 que hemos proclamado es una oración que expresa precisamente esta actitud: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Jesús sabe que la muerte no tiene la última palabra, porque confía plenamente en el amor del Padre. También nosotros estamos llamados a aprender esa confianza, especialmente en los momentos en que la vida parece oscurecerse.
Asimismo, en la pasión de Jesús descubrimos la actitud del perdón y del amor que no se deja vencer por el odio. Aunque sufre la injusticia, la burla y la violencia, Jesús no responde con violencia. Su respuesta es el amor que se entrega hasta el final. Este es uno de los mensajes más desafiantes del Viernes Santo: vencer el mal con el bien, romper la cadena del odio mediante el perdón y responder a la violencia con la fuerza humilde del amor.
En esta celebración también contemplamos el significado profundo de la cruz. En el mundo antiguo, la cruz era un instrumento de tortura y vergüenza. Sin embargo, para los cristianos se ha convertido en el signo supremo del amor de Dios. La cruz ya no es solo un símbolo de dolor, sino el árbol de la vida del que brota la salvación. En la cruz vemos hasta dónde llega el amor de Dios por la humanidad: un amor que no se detiene ante el sufrimiento ni ante la muerte. Por eso la cruz, que aparentemente es signo de fracaso, se convierte en realidad en signo de victoria y de esperanza.
La adoración de la cruz que realizaremos en esta liturgia expresa precisamente este reconocimiento. No adoramos un objeto de madera; adoramos a Cristo que entregó su vida por nosotros. Al adorar la cruz con un gesto de reverencia, reconocemos que allí está la fuente de nuestra salvación. La adoración de la cruz significa agradecer el amor de Cristo, aceptar su sacrificio y renovar nuestro compromiso de seguirlo.
Adorar la cruz también significa aceptar nuestras propias cruces de cada día, pero no con resignación pasiva, sino con la esperanza que nace del amor de Cristo. Cuando unimos nuestros sufrimientos a los de Jesús, descubrimos que el dolor puede transformarse en ofrenda, que el sacrificio puede convertirse en camino de vida, y que incluso las pruebas más difíciles pueden ser vividas con sentido y esperanza.
Queridos hermanos, el Viernes Santo nos invita a contemplar en silencio el misterio de la cruz. En ella aprendemos que Dios no nos salva desde lejos, sino compartiendo hasta el fondo nuestra condición humana. En Jesucristo, Dios ha experimentado el sufrimiento, el abandono e incluso la muerte. Por eso sabemos que ningún dolor humano le es ajeno. En la cruz descubrimos que el amor es más fuerte que el pecado y que la muerte no tiene la última palabra.
Que al contemplar hoy la pasión del Señor podamos abrir nuestro corazón a este amor inmenso. Que al recibir en comunión el cuerpo del Señor, que colgó de la cruz, aprendamos de Jesús la fidelidad, la confianza en Dios y el amor que perdona. Y que, al adorar la cruz, renovemos nuestra fe en aquel que nos amó hasta el extremo y entregó su vida para que todos tengamos vida. Porque desde la cruz ya comienza a brillar la luz de la resurrección. Que así sea, amén.
¡Te adoramos, oh, Cristo, y te bendecimos! Porque con tu santa cruz y muerte redimiste al mundo.
