Sacramento de la Confirmación, Misa Ritual. Miércoles 22 de abril de 2026.
Parroquia Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, Florencia, 6:00 p.m.
Hermanos todos, especialmente queridos confirmandos:
Hoy es un día de gracia y bendición. La Iglesia se alegra con ustedes porque van a recibir el Sacramento de la Confirmación, el don del Espíritu Santo que fortalece, impulsa y envía. No es un rito de índole social ni una simple tradición familiar, sino un encuentro profundo con Dios que quiere sellar sus vidas con su Espíritu y darles una misión.
Las lecturas que hemos escuchado nos ayudan a comprender lo que hoy celebramos. En la primera lectura, el profeta Isaías nos presenta a un elegido que proclama: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido”. Esa unción no es un privilegio para sí mismo, sino para una misión: llevar la buena noticia, sanar, liberar, consolar. Hoy, esas palabras también se cumplen en ustedes. Han sido llamados, elegidos, ungidos, no para quedarse igual, sino para ser enviados.
El Salmo 103 nos recuerda que el Espíritu de Dios renueva la faz de la tierra. Y esto es muy importante: Dios quiere renovar el mundo… pero lo hace contando con nosotros. El Espíritu Santo no actúa en abstracto, sino que lo hace en personas concretas, en jóvenes concretos, en ustedes. Cada uno está llamado a ser instrumento de esa renovación.
En la segunda lectura de los Hechos de los Apóstoles vemos cómo los primeros cristianos recibían el Espíritu mediante la imposición de manos. No era algo automático, sino un don transmitido en la Iglesia, vivido en comunidad. Y esto nos enseña algo fundamental: la Confirmación no es un acto aislado. No es “yo con Dios y ya”. Es un sacramento que nos inserta más profundamente en la comunidad que es la Iglesia, que nos une más al cuerpo de Cristo y nos compromete con ella.
Y en el Evangelio de San Juan, Jesús nos da una promesa maravillosa: el Espíritu Santo será nuestro Maestro y nuestro defensor, será quien nos recordará todo lo que Jesús nos ha enseñado. Es decir, no estamos solos. La vida cristiana no se vive con nuestras solas fuerzas. El Espíritu nos guía, ilumina y sostiene, especialmente en los momentos difíciles.
Ahora bien, ¿qué significa entonces la Confirmación? Significa, ante todo, plenitud del Bautismo. Lo que comenzó el día en que fuimos bautizados hoy se fortalece. Es como si Dios dijera: “Te confirmo, te sostengo, te envío”. Es un sí de Dios sobre tu vida, pero también espera un sí de tu parte. Significa también recibir la fuerza del Espíritu Santo. No una fuerza para dominar, sino para amar; no para imponerse, sino para servir; no para destacar, sino para dar testimonio. El Espíritu da valor para vivir la fe en medio de un mundo que muchas veces va en otra dirección.
En unos momentos, ustedes recibirán la unción con el santo crisma. El obispo les dirá: “Recibe por esta señal el don del Espíritu Santo”. Esa fórmula es breve, pero profunda. No dice “recibe un símbolo”, sino “recibe el don”. Es real. Es Dios mismo actuando en ustedes, el crisma es signo de consagración. Como en el Antiguo Testamento eran ungidos reyes, profetas y sacerdotes, hoy ustedes son ungidos para participar en la misión de Cristo.
Pero este don no es para guardarlo. Aquí entra el compromiso apostólico y testimonial. Ser confirmados significa ser enviados. No se trata solo de venir a Misa o cumplir con algunos actos religiosos. Se trata de vivir como discípulos misioneros en la familia, en el colegio, en el trabajo, entre amigos. Ser cristiano hoy implica muchas veces ir contra corriente, defender la verdad, vivir la honestidad, respetar la vida, amar sin condiciones.
Por eso es importante hacerse una pregunta muy concreta: ¿qué significa para mí recibir hoy la Confirmación? ¿Es solo un requisito? ¿Es el final de un proceso… o el comienzo de una vida más comprometida?
Porque, seamos sinceros, para algunos este sacramento puede convertirse increíblemente en un alejarse de la Iglesia. Y eso sería una dolorosa contradicción. La Confirmación no es graduación, es envío. No es cierre, es apertura. No es “ya cumplí”, es “ahora comienzo de verdad”.
El Espíritu Santo que reciben hoy los llama a permanecer en la Iglesia. Permanecer no como espectadores, sino como miembros vivos. La Iglesia necesita de ustedes: de su entusiasmo, de sus preguntas, de su creatividad, de su capacidad de amar. No se alejen ni se desconecten. No piensen que la fe es algo que se vive solo en momentos especiales. Permanecer en la Iglesia implica participar, comprometerse, servir. Tal vez en un grupo juvenil, en la catequesis, en la liturgia, en obras de caridad. Cada uno encontrará su camino, pero lo importante es no quedarse al margen.
Y aquí viene otra pregunta importante: ¿qué propósitos concretos han hecho o están dispuestos a hacer con la Confirmación? No basta con un sentimiento y recuerdo agradable de este día. La gracia necesita una respuesta concreta. Tal vez proponerse rezar cada día, participar en la Eucaristía con más conciencia, reconciliarse con alguien, dejar un hábito que no ayuda, comprometerse en algún servicio. Pequeños pasos, pero reales en la fe.
El Espíritu Santo no transforma la vida de manera mágica si nosotros no abrimos el corazón. Él actúa en la medida en que lo dejamos actuar.
Queridos confirmandos, hoy Dios confía en ustedes. Cree en ustedes. Los unge, los fortalece, los envía. No tengan miedo de tomarse en serio la fe. No tengan miedo de ser diferentes. No tengan miedo de responder con generosidad.
Y a toda la comunidad aquí presente, familia, padrinos, amigos: acompañen a estos confirmandos. La fe no se sostiene sola, necesita testigos, apoyo, comunidad. No los dejen solos después de hoy. Pidamos juntos que el Espíritu Santo descienda con fuerza sobre cada uno de ellos. Que los ilumine en sus decisiones, que los fortalezca en las dificultades, que los haga valientes testigos de Cristo.
Que hoy no sea solo un día hermoso y recordado, sino un verdadero comienzo. Que la unción que recibirán no sea solo un signo externo, sino una marca interior que transforme sus vidas. Y que, con la ayuda del Espíritu Santo, puedan decir cada día con su vida: aquí estoy, Señor, envíame.
Así sea, amén.
