Solemnidad de Pentecostés, Domingo 24 de mayo de 2026.
Sacramento de la Confirmación Catedral de Ciudad Quesada, 10:00 a.m. y 4:00 p.m.
Hermanos todos en el Señor, especialmente queridos confirmandos:
La solemnidad de Pentecostés marca la conclusión del tiempo pascual y el inicio del tiempo de la Iglesia, animada y sostenida por la fuerza del Espíritu Santo. Después de cincuenta días celebrando la Resurrección del Señor, la Iglesia contempla el cumplimiento de la promesa de Cristo: “Recibirán la fuerza del Espíritu Santo” (Hch 1,8). Pentecostés no es solamente un acontecimiento del pasado; es una experiencia viva y permanente mediante la cual Dios continúa renovando, santificando y fortaleciendo a su pueblo. En esta celebración, además, cobra un significado especial el sacramento de la Confirmación, por medio del cual el Espíritu Santo se derrama sobre los confirmandos para hacerlos discípulos y testigos valientes de Jesucristo. Hoy es su propio Pentecostés.
La primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, nos presenta la experiencia de los discípulos reunidos en oración junto a María. De repente, se escucha un ruido semejante a un viento fuerte y aparecen lenguas como de fuego que se posan sobre cada uno de ellos. Estos signos tienen un profundo significado espiritual. El viento representa la fuerza, el impulso y el aliento de vida que proviene de Dios. Así como el viento mueve y transforma todo lo que toca, el Espíritu Santo impulsa la vida del cristiano, renueva su corazón y lo fortalece para la misión. El fuego, por su parte, ilumina, purifica y enciende el amor de Dios en el corazón humano. Los apóstoles, que antes estaban llenos de miedo y encerrados, salen ahora con valentía a proclamar las maravillas de Dios en distintas lenguas. El Espíritu Santo los transforma en verdaderos testigos del Evangelio.
También hoy la Iglesia necesita discípulos llenos del Espíritu Santo. Vivimos en un mundo marcado muchas veces por la indiferencia religiosa, el egoísmo, la violencia y la pérdida de valores. Frente a esta realidad, el Espíritu Santo sigue actuando como fuerza renovadora que impulsa a los cristianos a vivir con esperanza, valentía y fidelidad al Evangelio. Pentecostés nos recuerda que la fe no puede quedarse encerrada en el templo o en lo privado; debe convertirse en testimonio vivo, en compromiso con la verdad, la justicia, la fraternidad y el amor.
En la segunda lectura, San Pablo enseña a la comunidad de Corinto que hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu. Cada cristiano recibe talentos y carismas diferentes, no para buscar bienestar personal, sino para ponerlos al servicio de la comunidad. El Espíritu Santo crea unidad en medio de la diversidad. Así como el cuerpo tiene muchos miembros y todos son importantes, también la Iglesia necesita de cada bautizado para cumplir su misión. Esta enseñanza es especialmente significativa en el contexto de la Confirmación, porque quien recibe este sacramento es llamado a integrarse activamente en la vida de la Iglesia y a colaborar con sus dones y capacidades en la construcción del Reino de Dios. Nunca a alejarse o enfriarse
El Evangelio de San Juan nos presenta a Jesús Resucitado que se aparece a sus discípulos y les comunica la paz. Luego sopla sobre ellos y les dice: “Reciban el Espíritu Santo”. Este gesto recuerda el momento de la creación, cuando Dios sopló sobre el hombre el aliento de vida. Ahora, Cristo realiza una nueva creación: por la fuerza del Espíritu nace una humanidad renovada. El miedo y la tristeza dan paso a la alegría y a la misión. El Espíritu Santo se convierte en consolador, guía, defensor y maestro interior de los creyentes.
Sin duda alguna, en este contexto comprendemos mejor el valor del sacramento de la Confirmación el día de hoy. Este sacramento completa y fortalece la gracia bautismal. El confirmado recibe de manera plena el don del Espíritu Santo para vivir como hijo de Dios, permanecer firme en la fe y ser testigo de Cristo en medio del mundo. La Confirmación no es una simple tradición social ni el final de la catequesis; es un envío misionero. El joven o adulto confirmado recibe la fuerza espiritual necesaria para asumir con madurez su compromiso cristiano.
Los ritos de la Confirmación expresan claramente esta realidad espiritual. La imposición de las manos por parte del obispo representa la transmisión del Espíritu Santo, como sucedía en la Iglesia primitiva. La unción con el santo crisma simboliza la consagración del cristiano y su participación en la misión de Cristo sacerdote, profeta y rey. Las palabras “Recibe por esta señal el don del Espíritu Santo” recuerdan que Dios mismo fortalece al confirmado para la misión y el testimonio. Además, el signo de la paz manifiesta la comunión con la Iglesia y el compromiso de vivir unidos en la fe y en el amor.
Sin embargo, hoy los confirmandos enfrentan grandes desafíos. Muchos jóvenes viven en una cultura que relativiza la fe, promueve el individualismo y ofrece modelos de vida alejados del Evangelio. Existe el peligro de recibir la Confirmación solo como requisito social o como alejamiento y desvinculación de la Iglesia. Por eso es necesario comprender que este sacramento exige perseverancia, oración, participación en la Eucaristía y compromiso concreto con la comunidad cristiana. El Espíritu Santo no elimina automáticamente las dificultades, pero sí da la fuerza necesaria para enfrentarlas con esperanza y fidelidad.
Pentecostés nos invita a abrir el corazón a la acción del Espíritu Santo. Necesitamos dejarnos iluminar, purificar y transformar por Él. La Iglesia y el mundo necesitan cristianos convencidos, capaces de vivir su fe con alegría y coherencia. Cada confirmado está llamado a ser signo de esperanza, constructor de paz y testigo del amor de Dios en su familia, en el estudio, en el trabajo y en la sociedad.
Que esta solemnidad de Pentecostés renueve nuestra vida cristiana y nos ayude a descubrir que el Espíritu Santo sigue actuando hoy con la misma fuerza con que transformó a los apóstoles. Pidamos al Señor que derrame sobre nosotros sus dones de sabiduría, entendimiento, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios, para vivir plenamente como discípulos y misioneros de Jesucristo. Que estos confirmandos se enciendan en el amor de Dios por el Espíritu Santo que recibirán, para que sean verdaderos testigos de Cristo en el mundo, perseveren en su experiencia de fe y permanezcan actuando y sirviendo en la Iglesia. Que todos podamos repetir con fe y confianza la oración de la Iglesia: “Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor”.
Que así sea, amén.
