El Espíritu Santo sostiene, ilumina y consuela

VI Domingo de Pascua.
Sacramento de la Confirmación
y Toma de Posesión del nuevo párroco.
Domingo 10 de mayo de 2026,
Parroquia Santo Domingo de Guzmán, Monterrey, 11:00 a.m.

En este VI Domingo de Pascua, la Iglesia nos sitúa en un tiempo profundamente esperanzador: estamos entre la Resurrección del Señor y la promesa de Pentecostés. Es un tiempo de espera activa, de apertura al Espíritu Santo que viene a consolidar la obra de Jesús entre nosotros. No es casualidad, por tanto, que hoy, en esta comunidad parroquial de Santo Domingo de Guzmán en Monterrey, coincidan dos acontecimientos de gran significado: la celebración del sacramento de la Confirmación y la toma de posesión del nuevo párroco, el P. Luis Alberto Hernández Guzmán. Ambos momentos, aunque distintos, están profundamente unidos por una misma realidad: la acción del Espíritu Santo que guía, fortalece y renueva a la Iglesia.

El Evangelio de San Juan nos presenta a Jesús en su discurso de despedida. Sus palabras no son de tristeza, sino de promesa: “No los dejaré desamparados”. En medio de la incertidumbre de los discípulos, Jesús les asegura la presencia de “otro Paráclito”, el Espíritu Santo, que será defensor, consolador y guía. Esta promesa no quedó en el pasado; se cumple hoy, aquí, en cada uno de ustedes, queridos confirmandos. En el sacramento que van a recibir, el Espíritu Santo no es un símbolo, sino una presencia real que habita en ustedes, los transforma y los impulsa a vivir como verdaderos discípulos de Cristo.

La primera lectura, de los Hechos de los Apóstoles, nos muestra cómo desde los inicios de la Iglesia el don del Espíritu se comunicaba mediante la imposición de las manos. Pedro y Juan oran por los samaritanos para que reciban el Espíritu Santo, completando así su iniciación cristiana. Lo que hoy ustedes vivirán está en continuidad directa con esa tradición apostólica. No están solos ni aislados, forman parte de una historia viva, de una Iglesia que, guiada por el Espíritu, recorre los siglos.

Un signo muy elocuente de este sacramento es la unción con el santo crisma. Este aceite perfumado expresa varias realidades profundas. En primer lugar, es signo de consagración: así como en el Antiguo Testamento eran ungidos reyes, profetas y sacerdotes, hoy ustedes son elegidos y enviados por Dios para una misión. En segundo lugar, el aceite penetra, no se queda en la superficie; así actúa el Espíritu Santo, transformando desde dentro el corazón, la mente y la vida. Y, en tercer lugar, el perfume recuerda la “fragancia de Cristo”, están llamados a reflejar en su vida el amor, la verdad y la misericordia del Señor.

Pero este don implica también una responsabilidad. La segunda lectura de 1 Pedro nos exhorta: “Estén siempre dispuestos a dar razón de su esperanza”. La Confirmación no es una meta, sino un punto de partida. No es “graduarse” de la fe, sino asumirla con mayor madurez. Dar razón de la esperanza no significa imponer ni discutir, sino vivir de tal manera que otros se pregunten por el sentido de su vida, por la fuerza que los sostiene, y ustedes puedan responder con sencillez: es Cristo quien vive en mí.

Vivimos en un mundo que muchas veces no reconoce al Espíritu, que relativiza la verdad y confunde el bien con el mal. En este contexto, ustedes están llamados a ser luz: no una luz que impone, sino que orienta; no que deslumbra, sino que acompaña. No será fácil, habrá dudas, presiones y cansancio. Pero el Espíritu Santo es también fortaleza: Él sostiene, ilumina y consuela. Eso sí, necesita de la apertura de ustedes desde la oración, la vida sacramental, la escucha de la Palabra y de la vida en comunidad. Sigan adelante con su experiencia de fe en la Iglesia: no se alejen ni de desvinculen, la idea es que asuman un compromiso concreto en la comunidad parroquial, animados y acompañados por sus familiares y padrinos.

En este mismo horizonte de fe y esperanza, hoy también celebramos la llegada de un nuevo párroco a esta comunidad. La toma de posesión del P. Luis Alberto Hernández Guzmán no es simplemente un cambio administrativo, sino un acontecimiento pastoral y espiritual. Un párroco es un pastor que, en nombre de Cristo, viene a guiar, acompañar y servir a la comunidad. Su misión es hacer presente el amor de Cristo Buen Pastor, anunciar la Palabra, celebrar los sacramentos y construir la comunión.

Para la comunidad, recibir un nuevo párroco es también un desafío y una oportunidad. Es una invitación a abrir el corazón, a acoger, a caminar juntos. No se trata de “ver qué trae” el nuevo párroco, sino de preguntarse: ¿cómo podemos, como comunidad, crecer en la fe, en la unidad y en la misión?

El párroco no camina solo; necesita una comunidad viva, comprometida, corresponsable y sobre todo unida. Así como el Espíritu actúa en cada confirmado, también actúa en la comunidad entera, haciendo de ella un verdadero cuerpo vivo.

Para usted, P. Luis Alberto, este momento es también una llamada profunda. El Señor lo envía a esta comunidad concreta, con su historia, sus alegrías y sus desafíos. No viene solo con sus capacidades humanas, sino con la gracia del Espíritu Santo que lo sostiene en su ministerio. Y la comunidad está llamada a acompañarlo con la oración, la cercanía y la colaboración.

Hermanos, en esta celebración, contemplamos una Iglesia viva: confirmandos que reciben el Espíritu para ser testigos, y una comunidad que acoge a su nuevo pastor para seguir caminando en la fe. Todo esto bajo la promesa de Cristo: “No los dejaré desamparados”.

Esa es nuestra certeza; no importa lo que venga, no importan las dificultades, el Espíritu Santo permanece con nosotros. Esta certeza nos anima y nos basta.

Que esta Eucaristía nos disponga a todos a abrir el corazón a la acción de Dios. Que los confirmandos reciban con fe y compromiso el don del Espíritu. Que la comunidad cristiana de Monterrey acoja con generosidad a su nuevo párroco. Y que todos, como Iglesia, podamos vivir con alegría, convicción y valentía nuestra fe, siendo testigos fieles y valientes de Cristo en medio del mundo. Así sea, amén.

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