El rostro humano del desarrollo

La infraestructura nacional ha ocupado nuevamente espacios importantes en la conversación pública. Se anuncian nuevas obras, se discuten proyectos de movilidad y se plantean iniciativas destinadas a fortalecer la competitividad del país. Son temas que despiertan interés porque todos comprendemos que el desarrollo requiere visión, planificación y capacidad de construir para el futuro.

Al mismo tiempo, la realidad cotidiana nos recuerda los desafíos que aún enfrentamos. Los cierres recurrentes de la Ruta 32, los deslizamientos que afectan diversas vías nacionales, los hundimientos que obligan a interrumpir el tránsito y las dificultades que experimentan muchas comunidades son parte de una realidad que los costarricenses conocemos bien.

A todo eso se suman proyectos cuya concreción ha tomado años e incluso décadas. La carretera hacia San Carlos ha acompañado medio siglo de nuestra historia sin aún ver la luz. Más recientemente, iniciativas como el tren rápido de pasajeros requirieron largos procesos de discusión y aprobación antes de poder avanzar… más de dos décadas solo para aprobar el proyecto. Estas situaciones suelen generar opiniones diversas, pero también nos invitan a reflexionar sobre el desarrollo que Costa Rica necesita.

Más allá de las obras específicas, existe una pregunta fundamental: ¿para quién desarrollamos el país?

La respuesta debería ser sencilla. Desarrollamos el país para las personas. Las carreteras, los puentes, los trenes y todas las obras de infraestructura tienen valor en la medida en que mejoran la vida humana y contribuyen al bien común.

Detrás de cada proyecto existe una realidad concreta. Está el agricultor que necesita llevar sus productos a los mercados. El estudiante que debe recorrer largas distancias para acceder a la educación. Está el trabajador que invierte horas de su día en desplazamientos. El empresario que genera empleo. Está el adulto mayor que requiere atención médica oportuna. La familia que espera mejores oportunidades para construir su futuro.

Por esa razón, las obras públicas nunca deberían verse únicamente como inversiones materiales y no pueden ser un botín político para negociar. Son instrumentos para acercar oportunidades, integrar regiones y reducir desigualdades. Cuando una carretera conecta comunidades, cuando un puente facilita el acceso a servicios o cuando un sistema de transporte mejora la movilidad, lo que realmente está ocurriendo es una mejora en la calidad de vida de las personas.

Sin embargo, el desarrollo auténtico no puede reducirse únicamente a la infraestructura. Una nación progresa verdaderamente cuando fortalece la educación, mejora la atención en la salud, promueve la seguridad, genera empleo digno y crea condiciones para que las familias vivan con esperanza y estabilidad.

El desafío consiste en mantener una visión integral. Costa Rica ha demostrado a lo largo de su historia una enorme capacidad para construir consensos y superar dificultades. Hoy estamos llamados a seguir trabajando por un desarrollo que llegue a todas las regiones y que tenga siempre como prioridad a la persona humana. Dios nos ayude a entender y a asumir esta urgente prioridad.

Fermento 430. Martes 23 de junio, 2026

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