El sacerdote es un hombre tomado de entre los hombres para servir en las cosas de Dios

Funeral del Pbro. Eliécer Asenjo Quirós, Viernes 20 de marzo de 2026.

Filial La Palmera, Parroquia San José de Aguas Zarcas, 10:00 a.m.

Como Iglesia Particular de Ciudad Quesada, como Parroquia San José de Aguas Zarcas y, específicamente, como comunidad de La Palmera, nos congregamos esta mañana con el corazón conmovido, pero sostenido por la esperanza, para despedir a nuestro hermano, el Pbro. Eliécer Asenjo Quirós, a quien el Señor llamó a su presencia ayer, a las 6:15 a.m., después de 82 años de vida y 53 años de ministerio sacerdotal. Nos reunimos como comunidad eclesial que ha sido testigo de su vida, de su servicio y de su amor por el Evangelio.

La Palabra de Dios que hemos escuchado ilumina este momento. El libro de la Sabiduría, en la primera lectura, nos recuerda con fuerza y consuelo: “Las almas de los justos están en las manos de Dios, y no los alcanzará tormento alguno”. Estas palabras nos invitan a mirar más allá del dolor de la separación y a contemplar el misterio de la vida eterna. Nuestro hermano Eliécer, que vivió confiando en el Señor, está llamado ahora a descansar en sus manos. Por consiguiente, su vida no termina, sino que se transforma; su entrega no se pierde, sino que da fruto de eternidad.

El Salmo 22 ha puesto en nuestros labios una de las expresiones más hermosas de confianza: “El Señor es mi pastor, nada me falta”. Esta fue, sin duda, una experiencia real en la vida de nuestro hermano sacerdote. Como buen pastor, el Señor lo condujo por caminos de servicio, de entrega y, también, por momentos de prueba. Y como pastor del pueblo de Dios, él mismo fue reflejo de ese Buen Pastor, acompañando a tantas personas en sus alegrías y en sus sufrimientos.

San Pablo, en la segunda lectura de su carta a los Romanos, nos recuerda una verdad fundamental: “Si vivimos, vivimos para el Señor; y si morimos, morimos para el Señor”. La vida del P. Eliécer estuvo marcada precisamente por esta convicción. Desde su ordenación sacerdotal, el 15 de agosto de 1972, su existencia adquirió un sentido profundamente eclesial y misionero. No se pertenecía a sí mismo, sino a Cristo y a su Iglesia.

Por ello, hoy queremos dar gracias a Dios por el don de su vocación y por su ministerio. Damos gracias por su camino como religioso franciscano conventual, donde aprendió y vivió el espíritu de san Francisco: la sencillez, la fraternidad, la cercanía con los más humildes. Ese carisma marcó profundamente su manera de ser sacerdote: cercano, accesible, profundamente humano.

Agradecemos también su servicio como presbítero de nuestra diócesis. De manera particular, recordamos su entrega generosa en las parroquias de La Tigra y Aguas Zarcas. Allí sembró la Palabra, celebró los sacramentos, acompañó acciones pastorales, consoló corazones y animó comunidades. Su ministerio no fue simplemente una función, sino una entrega de vida. Fue pastor en medio de su pueblo, caminando con la gente, compartiendo sus luchas y esperanzas.

El Evangelio de San Juan nos ha presentado el diálogo entre Jesús y Marta, en el contexto de la muerte de Lázaro. Y Jesús proclama solemnemente: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá”. Esta es la certeza que hoy sostiene nuestra fe. No celebramos solo el final de una vida terrena, sino el cumplimiento de una promesa: la vida eterna en Cristo por la resurrección.

A lo largo de su vida sacerdotal, el P. Eliécer anunció esta esperanza una y otra vez. Hoy esa misma esperanza se hace realidad para él. Aquel en quien creyó, a quien sirvió y a quien anunció, lo recibe ahora en su Reino. Y nosotros, desde nuestra fe, podemos decir con confianza que su vida ha sido una ofrenda agradable a Dios.

Queremos expresar también nuestra profunda gratitud a la comunidad de La Palmera, que lo acogió con cariño, desde hace varios años. Gracias por abrirle las puertas, por brindarle cercanía, por hacerlo sentir en casa y en familia. En los últimos años, cuando la fragilidad del P. Eliécer se hizo más evidente, la acogida y el cuidado que ustedes le dieron se convirtieron en un verdadero signo del amor de Dios. Dios les pague por tanta bondad.

Agradecemos igualmente a todas las personas que, de manera generosa, estuvieron cerca de él para ayudarlo, acompañarlo, cuidarlo y sostenerlo. Esos gestos sencillos, pero llenos de amor, tienen un valor inmenso ante Dios. Ustedes han sido instrumentos de la ternura divina. El Señor les bendiga abundantemente.

Asimismo, extendemos nuestra solidaridad y cercanía a sus hermanos y familiares. Compartimos su dolor, pero también su esperanza. La fe nos une más allá de la muerte, y nos permite confiar en que el Señor, que es rico en misericordia, ha acogido a su hijo con amor infinito.

Hermanos, la muerte de un sacerdote es siempre un momento especial para la Iglesia. En él contemplamos una vida que fue consagrada totalmente al servicio de Dios y de su pueblo. El sacerdote es un hombre tomado de entre los hombres para servir en las cosas de Dios, un mediador, un pastor, un testigo.

Por eso, hoy también somos invitados a renovar nuestra gratitud por el don del sacerdocio. Damos gracias a Dios por el ministerio que edifica la comunidad, nos regala la Eucaristía, nos reconcilia y nos guía. Y al mismo tiempo, pedimos al Señor que siga suscitando vocaciones generosas para toda la Iglesia, especialmente para nuestra diócesis; que respondan con valentía y generosidad a su llamada.

Al despedir a nuestro hermano Eliécer, elevamos nuestra oración confiada: que el Señor le conceda el descanso eterno. Que pueda participar del banquete celestial, donde ya no hay dolor ni sufrimiento, sino gozo pleno en la presencia de Dios. Que escuche de labios del Señor aquellas palabras: “Ven, siervo bueno y fiel, entra en el gozo de tu Señor”.

Y que su testimonio de vida, su entrega sacerdotal y su fidelidad nos animen a todos nosotros a vivir con mayor profundidad nuestra fe, sabiendo que también nosotros estamos llamados a la vida eterna.

Que la Santísima Virgen, Madre de la Iglesia y de los sacerdotes, lo acompañe en este encuentro definitivo con su Hijo. Que San José, en cuya solemnidad fue llamado el P. Eliécer, lo conduzca a la bienaventuranza eterna junto a Jesús y María. Y que nosotros, sostenidos por la esperanza, podamos seguir caminando con la certeza de que la vida vence a la muerte, porque Cristo ha resucitado. Así sea, amén.

Concédele, Señor, el descanso eterno. Y brille para él la luz perpetua. Descanse en paz. Amén.

ÚLTIMAS NOTICIAS