El Señor nos invita a renovar nuestra identidad: ser hombres de Dios, pastores según su corazón, misioneros en salida…

Eucaristía Conclusiva

I Asamblea de Pastoral del Presbiterio 2026, Miércoles 22 de abril de 2026.

Capilla Colegio Agropecuario, 4:00 p.m.

Queridos Padres y Diáconos:

Al llegar a esta Eucaristía conclusiva de la I Asamblea Pastoral del Presbiterio 2026, nuestro corazón se llena de gratitud. Ha sido un día de aprendizaje oportuno, escucha atenta, diálogo sincero, revisión de vida y apertura al Espíritu. No terminamos simplemente un encuentro; más bien, somos enviados renovados a la misión. Y la Palabra de Dios que hoy hemos proclamado ilumina de manera certera este momento.

En el libro de los Hechos de los Apóstoles hemos escuchado cómo, en medio de la persecución, la Iglesia no se paraliza, sino que se dispersa y, precisamente por eso, el Evangelio se expande. Aquello que parecía una desgracia se convierte en ocasión de gracia. Los discípulos, obligados a salir, anuncian a Cristo, y el texto nos dice que “la ciudad se llenó de alegría”. Es una afirmación fuerte: en medio del sufrimiento, la misión genera alegría.

Este pasaje interpela profundamente nuestro ministerio hoy. También nosotros vivimos tiempos complejos, con desafíos internos y externos, con heridas en nuestro pueblo, con situaciones dolorosas como la realidad del suicidio y el sufrimiento emocional de tantas personas. Podríamos sentirnos tentados al desánimo, al cansancio o incluso al repliegue. Sin embargo, la Palabra nos recuerda que no estamos llamados a encerrarnos, sino a salir, a llevar la Buena Noticia precisamente allí donde más se necesita.

La prevención del suicidio y el acompañamiento en el manejo de las emociones no son temas ajenos a nuestra misión; son hoy un campo urgente de evangelización. Porque donde una persona pierde el sentido de la vida, donde el dolor parece más fuerte que la esperanza, ahí debe resonar con más fuerza el anuncio de Cristo. No con discursos vacíos, sino con presencia cercana, con escucha paciente, con corazón de pastores. El Evangelio no es una idea: es una presencia que sostiene, levanta y da sentido.

El Salmo 65, con el que hemos rezado, nos invita a reconocer las obras del Señor: “Aclamad al Señor toda la tierra”. Es un canto de confianza en medio de la historia. Dios sigue actuando. Dios sigue conduciendo a su pueblo. Dios sigue abriendo caminos donde parece no haberlos. También hoy, en medio de tantas realidades difíciles, estamos llamados a descubrir y a hacer descubrir la acción de Dios. Nuestro ministerio no puede ser portador de desesperanza, ni de amargura, ni de pesimismo. Somos llamados a ser testigos de la acción de Dios, a ayudar a otros a ver que Él sigue presente.

Y en el Evangelio de San Juan encontramos el centro de todo: “Yo soy el pan de vida”. Jesús se presenta como aquel que sacia el hambre más profunda del corazón humano. Y añade: “El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás”. En un mundo herido por tantas formas de vacío interior, estas palabras son profundamente actuales. Hay mucha gente con hambre de sentido, de amor, de acogida, de esperanza. Y nosotros, como sacerdotes, estamos llamados a conducirlos hacia Cristo, no hacia nosotros mismos.

Aquí se ilumina con fuerza lo que nuestros laicos nos han compartido para esta Asamblea, en clave de lo que esperan de nuestro ministerio sacerdotal. Ellos no esperan funcionarios, ni administradores, ni hombres distantes. Esperan pastores. Esperan hombres de Dios, profundamente espirituales, identificados con su vocación. Esperan sacerdotes que vivan lo que celebran, que crean lo que predican, que transmitan con su vida la cercanía de Jesús.

Se nos ha dicho con claridad y repito: quieren pastores, no funcionarios. Y esto es una llamada a revisar nuestras actitudes. El funcionario cumple, el pastor se entrega. El funcionario mide horarios, el pastor dona su tiempo y sus fuerzas. El funcionario se asegura, el pastor se arriesga por sus ovejas. El funcionario se distancia, el pastor acompaña.

También se nos ha pedido ser hombres cercanos, con buen trato, alegres, no amargados. Este es un punto muy concreto e importante. La tristeza en un sacerdote, cuando se vuelve permanente y cerrada, termina siendo un obstáculo para la evangelización. No se trata de negar las dificultades, sino de vivirlas desde la esperanza. La alegría del Evangelio no es superficial; nace de saberse amado por Dios y enviado a una misión.

Se nos ha pedido también ser humildes, sencillos, generosos, fieles al Evangelio y a la Iglesia. Ser respetuosos y reconocer el valor de los laicos, trabajar con ellos, escucharlos, integrarlos. No caminar solos. El tiempo de una pastoral individualista ha pasado. Hoy el Espíritu nos impulsa a una pastoral de comunión, en conexión con la Iglesia diocesana, en sintonía con un proyecto común.

Igualmente, se nos ha recordado algo esencial: nuestras homilías deben estar basadas en la Palabra de Dios. Esto no es un detalle menor. La gente tiene hambre de la Palabra, no de opiniones personales. Cuando predicamos desde la Escritura y dejamos que sea Dios quien hable, entonces nuestras comunidades son alimentadas de verdad.

Volviendo al Evangelio, Jesús afirma: “Esta es la voluntad del Padre: que no pierda nada de lo que me ha dado”. Estas palabras resuenan con especial fuerza en el contexto de lo que hemos reflexionado sobre el cuidado de la vida. Dios no quiere que nadie se pierda. Y nosotros participamos de esta voluntad. Cada persona que acompañamos, cada joven que escucha una palabra de aliento, cada hermano que encuentra un espacio donde expresar su dolor, es alguien que el Señor no quiere perder.

Nuestro ministerio, entonces, se convierte en un servicio a la vida, a la esperanza, a la dignidad de cada persona. No podemos ser indiferentes. No podemos mirar desde lejos. Estamos llamados a involucrarnos, a formarnos, a crear espacios seguros, a trabajar unidos, a ser signos concretos del amor de Dios.

Queridos Padres y Diáconos, al concluir esta Asamblea no nos llevamos solo ideas, sino llamadas concretas a la conversión pastoral y sacerdotal. El Señor nos invita a renovar nuestra identidad: ser hombres de Dios, pastores según su corazón, misioneros en salida, cercanos a nuestro pueblo, especialmente a los que más sufren.

Que esta Eucaristía nos fortalezca y que, al recibir el Pan de Vida, renovemos nuestra entrega. Que Cristo, el Buen Pastor, nos conceda un corazón semejante al suyo: compasivo, fuerte, alegre, disponible. Y que, como en los Hechos de los Apóstoles, también en nuestras comunidades, a pesar de las dificultades, podamos ver cómo el Evangelio sigue transformando la vida de las personas y llenando de alegría a nuestras comunidades cristianas.

Que así sea, amén.

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