En María descubrimos que Dios no permanece lejano, sino que entra en nuestra historia para caminar con nosotros

Fiesta de Nuestra Señora del Carmen, Filial de El Carmen, Parroquia San Roque.

Jueves 16 de julio de 2026. 6:00 p.m.

Hermanos todos:

Estamos congregados para celebrar con gozo la fiesta de Nuestra Señora del Monte Carmelo, patrona de esta comunidad de El Carmen de San Roque. Cada año esta celebración renueva la fe, fortalece la identidad cristiana y nos recuerda que María continúa caminando con el pueblo de Dios como madre, protectora y modelo de todos los discípulos de Cristo.

La Palabra de Dios que hemos escuchado ilumina profundamente el sentido de esta fiesta. En la primera lectura, el profeta Zacarías invita al pueblo a alegrarse porque Dios viene a habitar en medio de los suyos. Esa promesa encuentra su pleno cumplimiento en María. Ella es la nueva Hija de Sión, aquella que acogió con total disponibilidad el proyecto de Dios y permitió que el Hijo eterno se hiciera hombre en su seno. En María descubrimos que Dios no permanece lejano, sino que entra en nuestra historia para caminar con nosotros y compartir nuestras alegrías, luchas y esperanzas.

El salmo responsorial nos presenta el Magníficat, el canto de María. Es la expresión de un corazón que reconoce que toda grandeza proviene de Dios. María proclama que el Señor levanta a los humildes, colma de bienes a los hambrientos y permanece fiel a sus promesas. En una sociedad donde con frecuencia se busca el prestigio, el poder y el reconocimiento personal, María nos enseña la humildad, la gratitud y la confianza absoluta en el Señor. Ella nunca se puso en el centro; siempre señaló hacia Dios.

San Pablo, en la segunda lectura de la carta a los gálatas, nos recuerda que, al llegar la plenitud de los tiempos, Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer. Esa mujer es María. Gracias a su respuesta generosa, Cristo vino al mundo para hacernos hijos adoptivos del Padre. Por eso María no solamente es la Madre de Jesús, sino también Madre de la Iglesia y Madre nuestra. Ella nos acompaña para que aprendamos a vivir como verdaderos hijos de Dios, confiando plenamente en su providencia.

Finalmente, el evangelio de San Mateo nos ofrece una enseñanza que podría parecer sorprendente. Jesús afirma que su verdadera familia está formada por quienes escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica. Lejos de disminuir la grandeza de María, estas palabras revelan precisamente la razón de su santidad. Ella es la primera discípula porque escuchó, creyó y obedeció la voluntad del Padre hasta las últimas consecuencias. Antes de ser Madre según la carne, fue creyente según la fe. Por eso la Iglesia la presenta siempre como el modelo perfecto del discípulo misionero.

La advocación de Nuestra Señora del Carmen tiene su origen en el Monte Carmelo, Tierra Santa, lugar donde el profeta Elías defendió la fidelidad al único Dios y enseñó al pueblo a confiar únicamente en el Señor. Siglos más tarde, un grupo de ermitaños se estableció en ese mismo monte para llevar una vida de oración, contemplación y servicio, colocando su comunidad bajo la protección de la Santísima Virgen María. De esa experiencia nació la Orden Carmelita. Posteriormente, la tradición recuerda que la Virgen se apareció a San Simón Stock en el siglo XIII, entregándole el escapulario como signo de su protección maternal y de la alianza espiritual con quienes desean seguir fielmente a Jesucristo.

Precisamente por eso debemos comprender correctamente el significado del escapulario. No es un objeto mágico que garantice automáticamente la salvación. El escapulario es un signo visible de un compromiso interior. Quien lo recibe expresa el deseo de pertenecer a María para pertenecer plenamente a Cristo. Llevar el escapulario significa comprometerse a vivir en gracia de Dios, participar con frecuencia en los sacramentos, cultivar la oración diaria, practicar la caridad y procurar que el Evangelio inspire todas las decisiones de la vida. No basta llevar el escapulario sobre el pecho; es necesario llevar el Evangelio en el corazón.

Por otro lado, las virtudes de María nos siguen enseñando e inspirando. Su humildad cuestiona nuestro orgullo y nuestra autosuficiencia. Su disponibilidad nos enseña a responder con generosidad a la voluntad de Dios, incluso cuando no comprendemos plenamente sus caminos. Su silencio nos invita a recuperar espacios de oración en medio del ruido y de las distracciones que llenan nuestra vida cotidiana. Su fe sostiene a quienes atraviesan momentos de incertidumbre. Su fortaleza al pie de la cruz anima a tantas familias que experimentan enfermedad, dificultades económicas, violencia o dolor. Su caridad nos impulsa a salir al encuentro de quienes viven solos, enfermos o necesitan una palabra de esperanza.

Hermanos, todo esto representa un desafío para esta comunidad de El Carmen de San Roque. La fiesta patronal no puede reducirse únicamente a una tradición o a una celebración externa. María los invita a fortalecer la unidad entre las familias, superar divisiones, dejar a un lado los resentimientos y trabajar juntos por el bien común. Les llama a renovar la participación en la Eucaristía dominical, a formar a los niños y jóvenes en la fe, a acompañar a los adultos mayores, a acercarnos a quienes se han alejado de la Iglesia y a comprometernos más decididamente con las obras de caridad.

Que esta fiesta patronal renueve el deseo de seguir a Cristo con el mismo corazón de María. Que ella nos enseñe a escuchar la Palabra, a confiar plenamente en Dios y a vivir con alegría nuestra vocación cristiana. Que quienes llevamos el escapulario recordemos diariamente el compromiso de ser auténticos discípulos del Señor y constructores de una Iglesia cada vez más unida, fraterna y misionera. Pidamos hoy a Nuestra Señora del Carmen que ella nos conduzca siempre hacia su Hijo Jesucristo y nos repita, como en las bodas de Caná, aquellas palabras que siguen siendo el programa de toda auténtica devoción mariana: “Hagan lo que Él les diga”. Así sea. Amén.

¡Nuestra Señora del Carmen! Ruega por nosotros.

ÚLTIMAS NOTICIAS