“Honra a tu padre y a tu madre, para que tengas una larga vida en la tierra que el Señor, tu Dios, te da” (Éxodo 20,12). Este mandamiento ocupa un lugar especial en la vida de los hijos de Dios. No es una norma para la convivencia familiar, sino una invitación permanente a reconocer el valor de quienes han sido instrumentos de Dios para regalarnos la vida y acompañarnos en nuestro crecimiento humano y espiritual.
Al estar cercana la celebración del Día de la Madre, honrarla va mucho más allá de una celebración anual. Significa reconocer con gratitud su entrega silenciosa, respetar su dignidad, valorar sus consejos, acompañarla en sus necesidades y corresponder con amor a tantos sacrificios que, muchas veces, permanecen ocultos.
Vivimos en una sociedad que avanza rápidamente, pero que también corre el riesgo de olvidar lo esencial. La prisa, el individualismo y las múltiples ocupaciones podrían pasar por alto el amor de una madre. Sin embargo, detrás de cada familia hay incontables renuncias, desvelos, preocupaciones y oraciones que pocas veces llegan a conocerse plenamente.
Toda madre lleva en su corazón alegrías y también heridas. Muchas han debido sacar adelante a sus hijos en medio de dificultades económicas, enfermedades, incertidumbres o soledad. Otras han experimentado el inmenso dolor de despedir a un hijo o de verlo recorrer caminos equivocados. Aun así, continúan amando con una fortaleza que solo Dios conoce y les puede dar.
También merecen nuestro reconocimiento las abuelas que han asumido la misión de educar a sus nietos, las madres adoptivas que han abierto generosamente su hogar, las mujeres que cuidan con amor a personas vulnerables y aquellas que, desde distintas circunstancias de la vida, han sabido convertirse en un signo verdadero de ternura y esperanza para los demás.
El 15 de agosto, la Iglesia también celebra la Asunción de la Bienaventurada Virgen María: ella acogió la voluntad de Dios con un corazón disponible, acompañó a Jesús durante toda su vida y permaneció firme junto a la cruz cuando muchos habían huido. En la Madre del Señor descubrimos que la verdadera grandeza consiste en amar, servir y permanecer fiel incluso en medio del sufrimiento.
No deja de ser providencial que nuestro país celebre el Día de la Madre precisamente en el marco de esta Solemnidad. Mientras damos gracias por nuestras madres, la Iglesia dirige también su mirada hacia María, elevada en cuerpo y alma al cielo, como signo de esperanza y de la dignidad a la que Dios llama a la humanidad. Ella nos recuerda que toda vida entregada por amor tiene un destino de plenitud y de eternidad en el cielo.
Dentro de pocos días, nuestras familias se reunirán para celebrar esta fecha. Que no falten los detalles de cariño, pero que tampoco falte el tiempo compartido, el abrazo sincero, la llamada esperada, el perdón ofrecido y la gratitud expresada con el corazón. Ningún regalo material podrá sustituir la cercanía y el amor que una madre espera de sus hijos.
Pidamos al Señor que bendiga a todas las madres, especialmente a las que sufren, a las enfermas, a las que viven en soledad y a las que han partido ya a la Casa del Padre. Que, por intercesión de la Santísima Virgen María, aprendamos a vivir cada día el mandamiento de honrar a nuestra madre, porque quien sabe agradecer el don de la vida también aprende a reconocer el amor con que Dios nunca deja de acompañarnos.
Fermento 437. Martes 11 de agosto, 2026
