Hay algo que debería preocuparnos como sociedad: que lleguemos a acostumbrarnos a situaciones que nunca deberían parecernos normales.
Nos enteramos de actos de corrupción, conocemos problemas que afectan a nuestras comunidades y vemos cómo algunas personas se aprovechan de la necesidad de otras. También encontramos adultos mayores que quedan desatendidos, personas vulnerables cuyos derechos no se respetan y situaciones que requieren una respuesta colectiva. Sin embargo, con frecuencia, todo esto termina convirtiéndose en parte del paisaje cotidiano.
La pregunta es: ¿en qué momento dejamos de sentirnos responsables de lo que sucede a nuestro alrededor?
La indiferencia social se manifiesta cuando pensamos que los problemas de la comunidad no nos corresponden, cuando consideramos que denunciar una injusticia es inútil o cuando preferimos guardar silencio ante comportamientos que perjudican a los demás. También aparece cuando permitimos que los intereses particulares se impongan sobre el bien común.
San Juan Pablo II, en su Encíclica Sollicitudo Rei Socialis, nos invita a examinar aquellas actitudes que ponen el beneficio personal y la búsqueda del poder por encima del bien de los demás. En el numeral 36, desarrolla su reflexión sobre las estructuras de pecado y advierte sobre las consecuencias sociales de las conductas contrarias al bien común. “Hay que destacar que un mundo dividido en bloques, presididos a su vez por ideologías rígidas, donde en lugar de la interdependencia y la solidaridad, dominan diferentes formas de imperialismo, no es más que un mundo sometido a estructuras de pecado”, decía el Santo Padre.
Este planteamiento nos interpela directamente. Una sociedad necesita leyes e instituciones responsables, pero también ciudadanos con conciencia, capaces de reconocer que sus decisiones y sus silencios tienen consecuencias.
No podemos aspirar a comunidades más justas si nos acostumbramos a la corrupción, si miramos hacia otro lado ante los abusos o si consideramos que el cuidado de las personas mayores, la protección de quienes tienen menos recursos y la solución de problemas colectivos son responsabilidad exclusiva de otros.
Los católicos estamos llamados a vivir nuestra fe también en el espacio público, mediante la honestidad, la solidaridad, el respeto a la dignidad humana y el compromiso con el bien común.
Por eso, conviene preguntarnos: ¿estamos construyendo una sociedad más responsable o nos estamos acostumbrando a convivir con aquello que deberíamos cambiar?
Recuperar la responsabilidad social comienza cuando dejamos de pensar únicamente en lo que nos afecta de manera individual y comprendemos que el bienestar de nuestras comunidades también depende de nuestra participación.
Que el Señor nos conceda la valentía de no acostumbrarnos a la injusticia, la honestidad para actuar correctamente y la responsabilidad necesaria para contribuir, desde nuestra propia realidad, a una sociedad más justa y solidaria.
Fermento 447. Martes 20 de octubre, 2026
