La Asunción de María es una promesa para toda la Iglesia

Solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen María, Sábado 15 de agosto de 2026.
Catedral de Ciudad Quesada, 10:00 a.m.

Esta solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen María es una de las fiestas más esperanzadoras del año litúrgico. Hoy la Iglesia contempla en María el destino glorioso al que Dios llama a toda la humanidad redimida. Es una solemnidad de victoria, porque María participa ya plenamente del triunfo de Cristo sobre la muerte. Solemnidad de alegría, porque la plenitud de la comunión con Dios constituye la felicidad definitiva del ser humano. Y solemnidad de esperanza, porque lo que Dios ha realizado en ella anticipa lo que un día realizará en todos aquellos que permanezcan fieles a Cristo. 

La Asunción nos recuerda que nuestra existencia no termina con la muerte, sino que está orientada hacia la vida eterna en el cielo. En este día, además, la Providencia nos concede celebrar el Día de la Madre en Costa Rica. Por eso elevamos una oración agradecida por todas las madres vivas, para que el Señor las fortalezca y recompense su entrega generosa, y encomendamos también a las madres difuntas, para que participen de la gloria que contemplamos realizada plenamente en la Santísima Virgen María.

La primera lectura, tomada del libro del Apocalipsis, nos presenta el grandioso signo de la mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas. Esta imagen ha sido entendida, en primer lugar, como símbolo de la Iglesia, llamada a dar a Cristo al mundo y a sostener un combate permanente contra las fuerzas del mal. Pero también la tradición cristiana ha contemplado en esta mujer el rostro de María, íntimamente unida a la misión de su Hijo. Ella aparece gloriosa porque permaneció fiel hasta el final. Su victoria no proviene de sus propias fuerzas, sino de la acción de Dios que realizó maravillas en ella. También nosotros vivimos en medio de luchas, pruebas, sufrimientos y tentaciones; sin embargo, la contemplación de María nos recuerda que el mal no tiene la última palabra. Dios es fiel y concede la victoria a quienes perseveran en la fe. Este es un primer desafío para nuestra vida: vivir con esperanza, sin dejarnos vencer por el desánimo, convencidos de que la fidelidad cotidiana conduce a la gloria eterna.

La segunda lectura, de la primera carta a los corintios, centra nuestra mirada en el fundamento de toda nuestra esperanza: la resurrección de Jesucristo. San Pablo proclama que Cristo es la primicia de los que han resucitado y que, por Él, todos estamos llamados a participar de la victoria sobre la muerte. La Asunción de María sólo puede comprenderse desde el misterio pascual de Jesús. Ella, la nueva Eva, es la primera criatura humana que participa plenamente de los frutos de la resurrección de Cristo, siendo llevada en cuerpo y alma al cielo. Aquí encontramos una verdad fundamental de nuestra fe: no creemos únicamente en la inmortalidad del alma, sino en la resurrección de toda la persona. Nuestro cuerpo también está destinado a la gloria. En la profesión de fe repetimos cada domingo: “Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro”. En una cultura que muchas veces vive como si la muerte fuera el final absoluto o que busca respuestas en ideas incompatibles con la fe cristiana, como la reencarnación, la Iglesia proclama con serenidad que nuestra esperanza tiene un fundamento firme en Cristo resucitado. El desafío concreto consiste en vivir con la mirada puesta en el cielo, dando a las realidades temporales su justo valor, sin perder de vista nuestra meta definitiva.

El evangelio de San Lucas nos presenta la Visitación y el canto del Magníficat. María no guarda para sí el don recibido; sino que sale presurosa para servir a su pariente Isabel, llevando en su seno al Salvador. Isabel la proclama bienaventurada porque ha creído. La grandeza de María no consiste únicamente en haber sido elegida Madre de Dios, sino en acoger con total confianza la voluntad divina. En el Magníficat, eleva un canto de alabanza que reconoce las maravillas de Dios, exalta su misericordia, manifiesta una profunda humildad y proclama que el Señor enaltece a los pequeños. Precisamente por esa fe obediente, por su humildad y disponibilidad constantes, María participa ahora plenamente de la gloria celestial. Ella nos enseña que el camino hacia la verdadera grandeza pasa por el servicio, la sencillez y la confianza absoluta en Dios. El desafío para cada uno de nosotros es preguntarnos si nuestra fe se traduce en disponibilidad para servir, en gratitud por las bendiciones recibidas y en una vida marcada por la humildad y la caridad.

Hermanos, la celebración del Día de la Madre en Costa Rica encuentra hoy un marco profundamente iluminador. María es el modelo perfecto de toda maternidad. Su amor fue generoso, silencioso, constante y lleno de fortaleza. Acompañó a Jesús desde Belén hasta el Calvario y permaneció firme junto a la cruz cuando muchos habían huido. En ella descubrimos la grandeza de tantas madres de nuestro país que, con sacrificio, paciencia y fe, sostienen a sus familias, educan a sus hijos en los valores del Evangelio, transmiten la fe y mantienen viva la esperanza en medio de las dificultades. A ellas les expresamos hoy nuestro reconocimiento, gratitud y oración. Pero también este día invita a los hijos a valorar más el amor de sus madres, a devolverles con cariño y respeto una parte de todo lo que han recibido, y a no olvidar nunca el mandamiento de honrar a padre y madre mediante gestos concretos de cercanía, agradecimiento y cuidado, especialmente cuando llegan la enfermedad, la soledad o la ancianidad.

Finalmente, la Eucaristía que celebramos nos permite participar ya anticipadamente del misterio que contemplamos en María. En cada Misa hacemos memoria de la muerte y resurrección del Señor y recibimos el Pan de Vida que nos fortalece en el camino hacia la patria definitiva. Cristo mismo nos asegura que quien come su carne y bebe su sangre tiene vida eterna y resucitará en el último día. La Asunción de María no es, por tanto, un privilegio aislado, sino una promesa para toda la Iglesia. Que al contemplar hoy a la Virgen glorificada renovemos nuestra esperanza, fortalezcamos nuestra fe en la resurrección, vivamos con mayor fidelidad nuestra vocación cristiana y caminemos cada día con la mirada puesta en el cielo, donde María nos espera como Madre y modelo de todos los discípulos de Cristo. Así sea, amén.

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