La formación, una tarea compartida

Hay una pregunta que Costa Rica debería hacerse con seriedad: ¿Quién está formando a sus hijos? Durante mucho tiempo la respuesta parecía evidente. La familia, la escuela y también la Iglesia. Sin embargo, esa realidad ha cambiado.

Existe un “nuevo educador” que entra en nuestras casas, acompaña a nuestros hijos durante muchas horas del día y les habla constantemente como lo es la tecnología, y particularmente las redes sociales.

No estamos ante una preocupación exclusiva de padres, docentes o especialistas. Los propios Estados están comenzando a reaccionar. En Europa crece el número de países que buscan limitar el uso de teléfonos móviles en las escuelas. Un informe de la Unión Europea publicado este año señala que 13 países ya cuentan con prohibiciones durante toda la jornada escolar, mientras otros han establecido restricciones parciales o preparan nuevas medidas.

El debate ha ido todavía más lejos. Europa comienza a marcar una edad a partir de la cual un menor debería tener acceso a las redes sociales. Grecia ha aprobado una restricción para menores de 15 años que entraría en vigor en 2027; otros países, como España, Austria, Italia y Eslovenia, han impulsado o estudiado diferentes fórmulas para limitar el acceso de niños y adolescentes.

Francia ofrece un ejemplo particularmente interesante. Su Parlamento (y con el apoyo del presidente francés) aprobó en julio una prohibición de las redes sociales para menores de 15 años, pero el Consejo Constitucional acaba de bloquearla el 14 de agosto al considerar que vulneraba de manera desproporcionada libertades fundamentales y que no ofrecía suficientes garantías.

Esta discusión nos deja algo más profundo que una simple disputa jurídica. Si los gobiernos están llegando al punto de considerar necesaria su intervención para proteger a los menores, ¿qué está ocurriendo con nuestros niños en ese mundo digital?

¿Necesitamos una ley que nos diga que nuestros hijos necesitan límites? Durante generaciones, fueron los padres quienes determinaron qué podía ver un niño, con quién podía relacionarse, a qué hora debía dormir y qué experiencias eran apropiadas para su edad. Hoy, en cambio, un niño puede abrir una puerta digital que conduce a millones de personas, imágenes, opiniones, desconocidos y contenidos que sus padres muchas veces ni siquiera conocen la existencia.

El desafío para los padres no consiste únicamente en controlar una pantalla, sino en permanecer suficientemente cerca de sus hijos para que ellos puedan hablar de aquello que encuentran detrás de esa pantalla. Debemos preguntarnos también si estamos formando personas capaces de ser libres.

La verdadera educación no consiste solamente en enseñar a utilizar una herramienta, sino en formar la conciencia para saber cuándo utilizarla, cuándo apagarla y, sobre todo, para qué vivir.

En este punto, la familia tiene una responsabilidad que ninguna plataforma, algoritmo o inteligencia artificial puede sustituir. Los hijos necesitan adultos que sepan poner límites, pero también necesitan adultos que sepan explicar el sentido de esos límites. Decirle a un adolescente “deja el teléfono” puede ser necesario; pero es fundamental enseñarle que su atención, su tiempo, su intimidad y su capacidad de contemplar son bienes que debe aprender a cuidar y valorar. En el fondo, se trata de educar y formar, particularmente desde el hogar

Pidamos al Señor que nos ayude en esta tarea formativa y educativa que debe ser compartida entre padres, escuelas, la Iglesia, sociedad y autoridades.

Fermento 441. Martes 8 de setiembre, 2026

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