La Iglesia necesita jóvenes que no tengan miedo de vivir su fe

Feria Misionera Colegio Diocesano 2026, Viernes 30 de octubre, 10:00 a.m.

Conclusión Mes de las Misiones. Misa por la evangelización de los pueblos.

Queridos estudiantes, estimados docentes, queridos religiosos y religiosas, misioneros y personal administrativo:

Con mucha alegría nos reunimos para celebrar esta Eucaristía en el marco de nuestra Feria Misionera, con la que concluimos el Mes de las Misiones. Es una hermosa oportunidad para agradecer a Dios el don de la fe que hemos recibido y para renovar nuestro compromiso de anunciar a Jesucristo, nuestro Señor y Salvador. Quiero saludar y agradecer de manera especial a las congregaciones religiosas y misioneras que nos acompañan, cada una con su historia, su espiritualidad, sus carismas y sus formas particulares de servir al Evangelio. ¡Qué riqueza tan grande para la Iglesia! En la variedad de estos dones descubrimos la generosidad del Espíritu Santo, que suscita caminos diferentes, pero que nos conduce a una misma misión: hacer presente el amor de Dios en el mundo.

La primera lectura, tomada del profeta Isaías, nos presenta una imagen llena de esperanza: todos los pueblos caminarán hacia el monte del Señor para encontrarse con Él y aprender sus caminos. De las armas surgirán instrumentos de trabajo y la humanidad aprenderá a vivir en paz. Este sueño de Dios para la humanidad sigue siendo también nuestra misión. Anunciar el Evangelio significa ayudar a construir un mundo más fraterno, donde se superen las divisiones, se respete la dignidad de cada persona, se cuide a los más vulnerables y se trabaje por la justicia y la reconciliación. En un mundo marcado tantas veces por la violencia, la indiferencia, el egoísmo y la exclusión, los cristianos estamos llamados a ser constructores de paz, sembradores de esperanza y testigos de una manera diferente de vivir.

El Salmo 66 nos invita a pedir: «Que todos los pueblos te alaben, Señor». Esta es, precisamente, la aspiración de la Iglesia misionera: que todos conozcan a Dios, que experimenten su misericordia y descubran la alegría de saberse amados por Él. La misión no consiste simplemente en transmitir ideas religiosas o enseñar unas cuantas oraciones; consiste, ante todo, en compartir el encuentro con Jesucristo, que transforma el corazón, da sentido a nuestra vida y nos enseña a amar. La fe que hemos recibido no es un tesoro que debamos guardar únicamente para nosotros, sino un regalo que estamos llamados a compartir con los demás.

En el evangelio de San Mateo, Jesús resucitado se acerca a sus discípulos y les confía una tarea que sigue vigente hoy: «Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos». Antes de enviarlos, les asegura su presencia: «Yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo». Estas palabras nos recuerdan dos verdades fundamentales: todos somos misioneros por nuestro Bautismo y nunca realizamos la misión solos, porque Cristo camina con nosotros y su Espíritu Santo nos fortalece.

Queridos jóvenes estudiantes, ustedes también son protagonistas de esta misión. No tienen que esperar a ser adultos, sacerdotes, religiosos o religiosas para anunciar a Jesucristo. Desde ahora pueden ser misioneros en sus hogares, en las aulas, entre sus compañeros, en las redes sociales y en todos los ambientes donde se desarrolla su vida. La misión necesita de su entusiasmo, de su creatividad, de su lenguaje, de su capacidad de acercarse a los demás y de su sensibilidad ante las necesidades de quienes sufren. La Iglesia necesita jóvenes que no tengan miedo de vivir su fe, que sepan dialogar con respeto, que defiendan la verdad y la dignidad humana, que no se dejen arrastrar por la indiferencia y que sean capaces de tender la mano a quien se siente solo, excluido o desanimado.

Recuerden que, muchas veces, el primer anuncio del Evangelio no se hace con palabras, sino con la vida. Un estudiante que ayuda a un compañero, que evita las burlas y el acoso, que sabe pedir perdón, que trata a todos con respeto, que comparte con quien tiene menos y que no se avergüenza de sus convicciones cristianas, está siendo un verdadero misionero. También lo es quien utiliza responsablemente las redes sociales para transmitir esperanza, defender la dignidad de las personas y promover el bien. No basta con hablar de Jesús, sino que es necesario que los demás puedan reconocerlo en nuestra manera de vivir, de tratar, de servir y de amar.

En esta Feria Misionera podemos descubrir, además, que no todos estamos llamados a realizar la misión de la misma manera. Los carismas de las congregaciones religiosas y misioneras nos muestran la riqueza de una Iglesia en la que unos sirven mediante la educación, otros acompañan a los enfermos, otros anuncian el Evangelio en tierras lejanas, otros trabajan con los pobres, los niños, las familias o los jóvenes. Cada vocación es un don y cada servicio, cuando nace del amor a Cristo, contribuye a la misión común. Por eso, esta Feria no debe ser solamente una exposición de obras, historias y actividades, sino una invitación a preguntarnos qué quiere Dios de cada uno de nosotros y cómo podemos poner nuestros talentos al servicio de los demás.

Al concluir el Mes de las Misiones, pidamos al Espíritu Santo que nos ilumine para reconocer los caminos por los que debemos anunciar a Cristo; que nos santifique para que nuestra vida sea un testimonio creíble del Evangelio; que inflame nuestros corazones con el fuego de su amor, para que nunca nos falten el entusiasmo y la generosidad; y que nos envíe a cumplir fielmente la misión que el Señor nos confía. Que el Espíritu Santo renueve en nosotros la alegría de creer, la valentía de anunciar y la generosidad de servir.

Que María Santísima, primera discípula y madre de la Iglesia misionera, nos acompañe en este camino. Que ella nos enseñe a llevar a Jesús a los demás con prontitud, humildad y alegría. Y que, al final de cada jornada, podamos reconocer que hemos cumplido nuestra misión cuando alguien, gracias a nuestras palabras, a nuestro servicio o a nuestro testimonio, haya podido descubrir un poco más el rostro amoroso de Jesucristo.

Que así sea, amén.

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