“En medio de tantas preocupaciones, obligaciones y prácticas religiosas, Jesús nos recuerda qué es lo verdaderamente esencial: amar a Dios con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma y con toda nuestra mente, y amar al prójimo como a nosotros mismos”.
En el XXX Domingo del Tiempo Ordinario, así inició Monseñor José Manuel Garita Herrera su homilía, en la Catedral de Ciudad Quesada, a las 8:00 a.m.
“Hemos sido creados por amor y estamos llamados a vivir amando; por eso, la calidad y profundidad de nuestra fe se reconoce en la manera como tratamos a los demás y buscamos su bien”, destacó.
En el Evangelio de San Mateo, un doctor de la ley pregunta a Jesús cuál es el mandamiento principal. “Amar a Dios sobre todas las cosas y amar al prójimo como a uno mismo resume toda la voluntad de Dios. La novedad fundamental está en que Jesús une ambos mandamientos y enseña que no podemos separarlos. No basta decir que amamos al Señor si somos indiferentes ante el sufrimiento del hermano”, reflexionó el Obispo de Ciudad Quesada.
“Tampoco podemos vivir una solidaridad auténtica olvidando la fuente de todo amor, que es Dios”, se destaca en el discurso homilético.
Ya en la Primera Lectura del libro del Éxodo se concreta esta enseñanza. “Dios pide que no se maltrate ni se oprima al extranjero, a la viuda o al huérfano; prohíbe aprovecharse del pobre y convertir su necesidad en ocasión de abuso. El Señor escucha el clamor de quienes sufren y toma en serio la dignidad de cada persona. Por eso, amar no consiste solamente en tener buenos sentimientos ni en pronunciar palabras bonitas”, expresó el pastor diocesano.
“Amar es respetar, proteger, ayudar, compartir y evitar todo aquello que humilla o destruye al otro. El amor cristiano tiene una dimensión muy concreta: se manifiesta en la justicia, la compasión, la misericordia y la defensa de los más débiles”, comentó en su mensaje dominical.
Monseñor Garita señala que la enseñanza de Jesús debe imponerse en un tiempo marcado por muchas formas de violencia, divisiones, agresividad en las palabras, indiferencia ante la pobreza y desconfianza entre las personas.
“El amor transforma la sociedad cuando se convierte en decisiones y acciones cotidianas”, comentó.
Igualmente, lanzó algunas preguntas para reflexionar: ¿Ocupa Dios el primer lugar en mi vida o hay otros intereses que dirigen mis decisiones? ¿Mi oración y mi participación en la Eucaristía me hacen más paciente, generoso y misericordioso? ¿Cómo trato a las personas de mi familia, a quienes trabajan conmigo y a quienes no pueden ofrecerme nada a cambio? ¿Soy capaz de escuchar antes de juzgar, de pedir perdón cuando he hecho daño y de tender la mano a quien lo necesita?
“Amar al prójimo como a uno mismo supone reconocer que los demás tienen la misma dignidad, las mismas necesidades de respeto y el mismo derecho a ser tratados con bondad. No se trata de hacer cosas extraordinarias todos los días, sino de vivir lo ordinario con un corazón extraordinario, abierto al amor de Dios”, subrayó.
Hacia el final de su homilía, el prelado resaltó dos frases de santos: “San Agustín recordaba que el amor es aquello que da orientación y peso a nuestra vida; San Bernardo enseñaba que la medida del amor es amar sin medida”.
“Cada gesto de solidaridad, palabra de aliento, reconciliación y servicio humilde pueden convertirse en una expresión del amor que profesamos a Dios”, finalizó.
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