La unidad también es misión

Al concluir el Mes de las Misiones, conviene recordar que la misión de la Iglesia no se limita a anunciar el Evangelio con palabras. También estamos llamados a mostrar, con nuestra propia vida, que es posible construir relaciones fundamentadas en la unidad, la fraternidad y el respeto.

En su mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones, el Papa León XIV nos recuerda: “En el centro de la misión está el misterio de la unión con Cristo. Antes de su Pasión, Jesús oró al Padre: ‘Que todos sean uno: como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste’ (Jn 17,21). En estas palabras se revela el deseo más profundo del Señor Jesús y, al mismo tiempo, la identidad de la Iglesia, comunidad de sus discípulos: ser una comunión que nace de la Trinidad y que vive de y en la Trinidad, al servicio de la fraternidad entre todos los seres humanos y de la armonía con todas las criaturas”.

Estas palabras nos invitan a preguntarnos cómo estamos viviendo nuestra misión cristiana. ¿Cómo podemos anunciar a Cristo si alimentamos divisiones? ¿Cómo hablar de fraternidad si nos cuesta respetar a quienes piensan diferente? ¿Cómo proclamar el amor de Dios si nuestras actitudes nos llevan a levantar barreras entre las personas?

La unidad no significa que todos debamos pensar igual ni que desaparezcan nuestras diferencias. Significa reconocer que estamos llamados a convivir, dialogar y trabajar por aquello que nos une, sin permitir que los intereses particulares se impongan sobre el bien común.

Esta responsabilidad comienza en nuestros hogares, se extiende a nuestras parroquias y alcanza todos los espacios de la sociedad. Se manifiesta cuando buscamos soluciones en lugar de alimentar conflictos, cuando actuamos con honestidad, cuando rechazamos las divisiones y cuando reconocemos la dignidad de cada persona.

La misión también nos compromete a construir comunidades donde nadie se sienta excluido y donde la fraternidad se traduzca en actitudes concretas. No basta con hablar de unidad; es necesario hacerla visible en nuestras decisiones, en nuestras relaciones y en nuestra disposición para trabajar por una sociedad más justa y solidaria.

Al concluir octubre, recordemos que la misión no termina con un calendario ni con una celebración. Estamos llamados a ser instrumentos de reconciliación, promover el encuentro y contribuir a construir puentes entre las personas.

Como Iglesia, como discípulos del Señor, el Santo Padre nos recuerda que la unidad de los discípulos está ordenada a la misión. “Jesús lo afirma con claridad: ‘Para que el mundo crea que tú me enviaste’ (Jn 17,21). Es en el testimonio de una comunidad reconciliada, fraterna y solidaria donde el anuncio del Evangelio encuentra toda su fuerza comunicativa”, decía el Papa.

Pidámosle al Señor que fortalezca nuestra unión con Él, para que podamos ser verdaderos testigos de su amor. Que nuestras palabras y acciones ayuden a construir una Iglesia unida y una sociedad más fraterna, donde todos podamos reconocernos como hermanos.

Fermento 448. Martes 27 de octubre, 2026

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