La Iglesia necesita muchos más cristianos que evangelicen con alegría, con la palabra y con el testimonio de vida

Fiesta patronal en honor de Santo Domingo de Guzmán 2026.

Parroquia de Monterrey, sábado 8 de agosto, 6:00 p.m. XIX Domingo Tiempo Ordinario.

El mensaje de la Palabra de Dios del XIX Domingo del Tiempo Ordinario, que hemos escuchado, se nos da muy a propósito de la fiesta patronal que hoy celebramos en esta querida Parroquia de Santo Domingo de Guzmán, de Monterrey. Las lecturas nos recuerdan que Dios sostiene a quienes ponen su confianza en Él en medio de las dificultades. Y justamente la vida de Santo Domingo nos demuestra que quien mantiene fija la mirada en Jesús puede convertirse en una luz para su tiempo y para las generaciones futuras.

El profeta Elías, en la primera lectura de 1 Reyes, llega al monte Horeb cansado, perseguido y desanimado. Espera encontrar a Dios en los grandes acontecimientos, pero el Señor se hace presente en el susurro de una brisa suave. Dios habla al corazón que sabe hacer silencio. También nosotros vivimos rodeados de ruido: preocupaciones familiares, incertidumbre económica, violencia, prisas, tecnología y tantas voces que compiten por captar nuestra atención. Con todo esto corremos el riesgo de perder la capacidad de escuchar la voz de Dios.

Santo Domingo de Guzmán comprendió muy bien esta verdad. Antes de ser un gran predicador fue un gran hombre de oración. La tradición cuenta que pasaba largas horas ante el Santísimo Sacramento, dialogando con el Señor, y de esa intimidad nacía la fuerza de su predicación. No hablaba simplemente de Dios; hablaba porque primero había hablado con Dios. Por eso una de las expresiones que mejor resume su espiritualidad es: «Hablar con Dios o de Dios».

El evangelio de San Mateo nos presenta a los discípulos en medio de la tormenta. La barca representa nuestra vida, las familias, la Iglesia y también nuestra comunidad. No faltan los vientos contrarios: divisiones, desánimo, indiferencia religiosa, familias heridas, jóvenes que buscan sentido para su vida, personas alejadas de la fe. Sin embargo, Jesús no abandona la barca. Llega caminando sobre las aguas y pronuncia unas palabras que siguen resonando hoy: «¡Ánimo! Soy yo. No tengan miedo». Pedro camina mientras mantiene la mirada fija en Jesús; pero comienza a hundirse cuando pone su atención en el viento. Esa es también nuestra experiencia. Cuando ponemos los ojos únicamente en los problemas, perdemos la esperanza; cuando volvemos a mirar a Cristo, recuperamos la paz y la confianza.

También Santo Domingo vivió tiempos difíciles. Le tocó enfrentar la expansión de la herejía albigense en el sur de Francia, una época de gran confusión doctrinal y de profunda crisis eclesial. Pudo responder condenando o con violencia, pero eligió el camino del Evangelio: la predicación, el estudio serio de la Palabra, la pobreza evangélica, el testimonio de vida y el diálogo paciente. Estaba convencido de que la verdad se propone con la fuerza del amor y del ejemplo. Por eso fundó la Orden de Predicadores, convencido de que la mejor respuesta a la oscuridad es la luz de la verdad anunciada con caridad.

Celebrar hoy la fiesta patronal no significa únicamente recordar un personaje admirable del pasado. Una fiesta patronal es mucho más: es reconocer que un santo continúa siendo un modelo de vida cristiana y un intercesor para su pueblo. Es renovar la identidad de esta comunidad parroquial, que lleva con orgullo el nombre de Santo Domingo de Guzmán. Él no pertenece solamente a la historia de la Iglesia, sino también a la historia espiritual de esta parroquia de Monterrey, porque inspira su misión y señala el camino que debe recorrer.

Una parroquia que lleva el nombre de Santo Domingo está llamada a ser una comunidad enamorada de la Palabra de Dios, donde la catequesis sea sólida, la formación permanente tenga un lugar importante, las familias transmitan la fe a sus hijos y cada bautizado se sienta discípulo misionero. No basta admirar a Santo Domingo; hay que imitarlo.

La segunda lectura de romanos nos presenta a San Pablo con el corazón lleno de dolor por aquellos que todavía no han acogido a Cristo. Es el dolor del verdadero pastor. También nosotros debemos preguntarnos si llevamos en el corazón a quienes se han alejado de la Iglesia, si rezamos por ellos, si los buscamos con paciencia y misericordia, o si simplemente nos resignamos a su ausencia.

Queridos hermanos, me parece que esta fiesta patronal nos deja desafíos muy concretos. En primer lugar, recuperar espacios de silencio y oración para escuchar la voz del Señor, como Elías y como Santo Domingo. En segundo lugar, mantener siempre la mirada fija en Jesús, especialmente cuando lleguen las pruebas personales, familiares o comunitarias. En tercer lugar, convertirnos en auténticos anunciadores del Evangelio.

Hoy la Iglesia necesita menos cristianos que solo critiquen y muchos más cristianos que evangelicen con alegría, con la palabra y con el testimonio de vida. Finalmente, fortalecer el sentido de pertenencia a la parroquia, participando activamente en la Eucaristía, en la misión, en la catequesis y en las diversas pastorales, haciendo de esta comunidad una verdadera familia de fe.

Que Santo Domingo de Guzmán interceda por esta parroquia de Monterrey. Que nos enseñe a amar apasionadamente la verdad, a vivir en profunda comunión con Cristo y a anunciar el Evangelio con humildad, alegría y valentía. Y que, manteniendo siempre nuestra mirada fija en Jesús, podamos pasar por cualquier tormenta con la certeza de que el Señor nunca abandona la barca de su Iglesia y siempre extiende su mano para sostener a quienes confían en Él.

Así sea, amén.

¡Santo Domingo de Guzmán! Ruega por nosotros.

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