Fiesta patronal en honor de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro,
Sábado 27 de junio de 2026, Parroquia de Florencia, 7:00 p.m.
Hermanos todos en el Señor y en la Virgen María:
Con profunda alegría nos congregamos para celebrar la fiesta patronal en honor de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, Madre cercana, protectora y guía del pueblo cristiano. Esta celebración es, ante todo, una experiencia de fe que nos reúne alrededor de Jesucristo y nos permite contemplar a María como aquella mujer creyente que continúa acompañando a la Iglesia en su peregrinar.
La imagen de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro nos presenta a María sosteniendo al Niño Jesús, quien contempla los instrumentos de la pasión. El Hijo se refugia en los brazos de su Madre, y María, con su mirada serena y profunda, parece dirigirnos una invitación permanente: acudir a ella para que nos conduzca siempre hacia Cristo. El “perpetuo socorro” no significa una ayuda pasajera o momentánea, sino la certeza de que Dios, por medio de la intercesión de María, permanece cercano a sus hijos en todas las circunstancias de la vida.
La Palabra de Dios que hemos escuchado nos ilustra y alienta en la fe. La primera lectura del profeta Isaías nos presenta el signo ofrecido por Dios al rey Acaz: «La joven está encinta y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel». El nombre Emmanuel significa “Dios con nosotros”. En medio de las incertidumbres, los temores y las crisis del pueblo, Dios no abandona a sus hijos, sino que se hace presente y camina fielmente con ellos.
María es precisamente la mujer que acoge este signo de Dios. Ella recibe en su seno al Emmanuel y se convierte en la primera discípula, en la primera creyente, en aquella que permite que Dios habite entre nosotros. También la comunidad parroquial está llamada a ser signo de la presencia de Dios en medio del pueblo. Una parroquia que celebra a Nuestra Señora del Perpetuo Socorro debe ser una comunidad donde las personas puedan experimentar que Dios está cerca, que no abandona a sus hijos y que continúa ofreciendo esperanza.
El Salmo 70 expresa el clamor confiado del creyente: «Sé para mí una roca de refugio». Cuántas personas de nuestras comunidades llegan cargadas de preocupaciones, enfermedades, dificultades económicas, problemas familiares o de heridas interiores. La Iglesia está llamada a convertirse en esa roca de refugio, en esa casa abierta donde nadie se sienta excluido ni rechazado.
María fue refugio para Jesús y continúa siendo refugio para la Iglesia. Por eso, la fiesta patronal nos invita a preguntarnos: ¿Nuestras comunidades son verdaderamente espacios de acogida? ¿Nuestras familias reflejan la ternura de María? ¿Nuestros grupos pastorales saben escuchar, acompañar y servir? El testimonio de la Madre del Perpetuo Socorro nos impulsa a gestar una Iglesia cercana, misericordiosa y samaritana.
El libro del Apocalipsis, en la segunda lectura, nos ofrece una hermosa visión: «Vi un cielo nuevo y una tierra nueva». Dios hace nuevas todas las cosas. La Jerusalén celestial desciende adornada como una esposa para su esposo. Esta imagen nos recuerda que la historia humana no camina hacia el fracaso, sino hacia la plenitud del Reino. También la parroquia está llamada a renovarse continuamente. La fiesta patronal debe convertirse en una oportunidad para renovar la fe, fortalecer la comunión y asumir con valentía la misión evangelizadora.
El Evangelio de San Juan nos conduce al Calvario. Junto a la cruz de Jesús permanecen María y el discípulo amado. Mientras muchos han huido, la Madre permanece fiel. Allí Jesús pronuncia aquellas palabras que han resonado durante siglos en la vida de la Iglesia: «Mujer, ahí tienes a tu hijo. Hijo, ahí tienes a tu madre». En ese momento María recibe una nueva misión: convertirse en Madre de todos los discípulos. La Iglesia ha reconocido siempre en esta escena el don de la maternidad espiritual de María. Ella acompaña a los creyentes, intercede por ellos y los conduce hacia su Hijo. Pero este Evangelio también nos habla de la fidelidad. María permanece al pie de la cruz. No huye del dolor, no abandona a Jesús, no pierde la esperanza. Cuánto necesita nuestro tiempo del testimonio de personas capaces de permanecer fieles: esposos fieles, sacerdotes fieles, consagrados fieles, agentes pastorales fieles, jóvenes fieles a sus ideales cristianos.
Hermanos, siento que Nuestra Señora del Perpetuo Socorro nos enseña tres actitudes fundamentales para nuestra vida de fe y experiencia parroquial. En primer lugar, la escucha de la Palabra de Dios: María acogió la voluntad del Señor y la hizo vida. Una comunidad que escucha la Palabra se fortalece y discierne mejor los caminos de Dios. En segundo lugar: la cercanía con quienes sufren, María estuvo junto a la cruz. También nosotros debemos acercarnos a los enfermos, ancianos, familias heridas, pobres y a quienes viven situaciones de soledad o exclusión. Y, en tercer lugar, la esperanza: María creyó incluso en la oscuridad del Calvario. La Parroquia necesita ser signo de esperanza para las nuevas generaciones, las familias y para todos aquellos que buscan sentido a sus vidas.
Queridos hermanos, celebrar a la patrona parroquial significa asumir e imitar su ejemplo. No basta honrar a María con cantos, flores o peregrinaciones, aunque estas expresiones tienen un profundo valor de fe y de piedad popular. La mejor manera de honrar a Nuestra Señora del Perpetuo Socorro es imitar sus virtudes: su disponibilidad, humildad, servicio, confianza en Dios y su fidelidad hasta la cruz.
Que esta fiesta patronal fortalezca la comunión de esta comunidad parroquial de Florencia. Que nadie se sienta extraño en esta casa. Que cada familia encuentre aquí apoyo y acompañamiento. Que los jóvenes descubran en la Iglesia un espacio donde pueden desarrollar su vocación y servir a los demás. Que los enfermos y los ancianos experimenten la cercanía de la comunidad cristiana.
Encomendamos a la Virgen del Perpetuo Socorro a todos los fieles de la Parroquia de Florencia, a las familias, los niños, los jóvenes, los trabajadores, quienes sufren y a quienes han perdido la esperanza. Que ella continúe acompañando el caminar de esta Parroquia y nos enseñe a todos a ser discípulos misioneros de Jesucristo.
Al contemplar hoy a María junto a la cruz y como Madre de la Iglesia, renovemos nuestra confianza en su protección maternal. Ella nos recuerda que Dios permanece con nosotros, que hace nuevas todas las cosas y que nunca abandona a sus hijos. Que Nuestra Señora del Perpetuo Socorro nos ayude a caminar unidos, a crecer en la fe y a anunciar con alegría el Evangelio en esta querida comunidad parroquial.
Así sea. Amén.
