Ordenación presbiteral de Fray José Manuel Araica Cruz, O.S.A. Jueves 13 de agosto de 2026.
Parroquia Nuestra Señora de la Candelaria, Venecia, 6:00 p.m.
Hermanos todos, especialmente Fray José Manuel:
Esta tarde-noche, tanto la Iglesia que peregrina en esta Diócesis de Ciudad Quesada como la Orden de San Agustín, experimentamos una profunda y sentida acción de gracias. El Señor vuelve a manifestar su fidelidad llamando, consagrando y enviando a uno de sus hijos, nacido en esta Iglesia Particular, para servirle como presbítero en la Orden de San Agustín. La ordenación de Fray José Manuel Araica Cruz es un don para la Iglesia universal, para la familia agustiniana y también para esta diócesis que lo vio nacer en la fe y acompañó el despertar de su vocación.
Las lecturas proclamadas nos ofrecen un claro elemento común: el sacerdote es aquel que permanece en el amor de Dios para entregar toda su vida al servicio de los hermanos. Todo comienza con Dios que llama, continúa con un corazón que responde y culmina en una vida ofrecida por amor.
Abraham, en la primera lectura del Génesis, nos impresiona por la radicalidad de su confianza. “Toma a tu hijo… y ofrécelo”. Esta petición es la de un Dios que quiere un corazón que no se reserve nada para sí. Abraham descubre que la verdadera fe consiste en confiar incluso cuando no se comprende. Querido Fray José Manuel, hoy el Señor no te pide a Isaac, sino algo más grande: te pide tu propia vida. Desde este momento ya no te perteneces. Tus talentos, inteligencia, capacidades, proyectos y hasta tus sufrimientos serán para el pueblo de Dios. La identidad del sacerdote nace precisamente aquí: saber con absoluta claridad a quién pertenece. Antes que administrador, organizador o líder, debes ser un hombre de Dios, configurado sacramentalmente con Cristo, Buen Pastor.
Esta identidad sólo podrá sostenerse mediante una profunda vida interior. El Evangelio según San Juan insiste una y otra vez en un verbo: permanecer. “Permanezcan en mi amor”. Atención, el Señor no dice simplemente “trabajen”, “prediquen” o “hagan muchas cosas”. Antes de toda actividad está la unión íntima con Cristo. Un sacerdote puede llenar su agenda y, sin embargo, vaciar su alma. El verdadero fruto apostólico nace de la intimidad con el Señor. Sin oración diaria, sin adoración, sin escucha de la Palabra, sin una celebración fervorosa de la Eucaristía y sin una constante conversión, el ministerio corre el riesgo de convertirse en una profesión y no en una auténtica entrega de la propia vida.
San Agustín comprendió profundamente esta verdad cuando decía: “Para ustedes soy obispo; con ustedes soy cristiano”. El ministerio nunca puede hacer olvidar que el sacerdote sigue siendo, antes que nada, un discípulo necesitado de la misericordia de Dios. Sólo quien permanece humildemente como discípulo podrá ser un verdadero pastor más adelante.
San Pablo, en la segunda lectura de romanos, nos conduce al centro del misterio del amor de Dios. Después de proclamar que nada podrá separarnos del amor de Cristo, enumera todas las pruebas posibles: tribulación, persecución, hambre, peligro, espada. La fidelidad sacerdotal no depende de circunstancias favorables, sino de la certeza de saberse amado por Jesús. Cuando un sacerdote pierde esta convicción, fácilmente aparecen el desaliento, el activismo, la rutina o la búsqueda de compensaciones humanas. Pero cuando vive convencido de que Cristo jamás deja de amarlo, encuentra la fuerza para perseverar cada día hasta el final.
Por eso, querido Fray José Manuel, la fidelidad no será un acto extraordinario realizado una sola vez, sino una entrega cotidiana, constante. La santidad sacerdotal no consiste en hacer cosas espectaculares, sino en amar con perseverancia desde lo pequeño: celebrar dignamente la Eucaristía, escuchar pacientemente las confesiones, visitar a los enfermos, acompañar al que sufre, estudiar la Palabra, vivir la fraternidad, obedecer con alegría y servir sin buscar reconocimientos.
Jesús, además, eleva el horizonte del ministerio cuando afirma: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”. El sacerdote no sólo administra sacramentos, sino que está llamado a reproducir en su existencia la lógica del Buen Pastor que entrega la vida. Ese será el criterio permanente de autenticidad: cuánto amas, cuánto sirves, cuánto eres capaz de olvidarte de ti mismo para que Cristo crezca en los demás.
En este punto resuena también la enseñanza permanente de tu padre San Agustín sobre la comunión eclesial: “Tengan un solo corazón y una sola alma orientados hacia Dios”. La unidad y la caridad no son simples virtudes comunitarias, sino una exigencia irrenunciable del ministerio sacerdotal. Un sacerdote nunca trabaja para sí mismo, ni para crear seguidores propios, sino para construir la unidad de la Iglesia. Allí donde el sacerdote ama, reconcilia y une, Cristo mismo sigue edificando su Cuerpo.
Fray José Manuel, la Iglesia espera de ti una identidad sacerdotal inequívoca; es decir, ser un hombre de Dios antes que un hombre del mundo. Espera una vida interior sólida que sostenga todo tu ministerio. Espera fidelidad cuando lleguen las dificultades. Espera santidad, porque el pueblo tiene derecho a encontrar en sus sacerdotes testigos del Evangelio. La Iglesia espera de ti también un verdadero espíritu apostólico para anunciar a Cristo con alegría y valentía. Espera capacidad de dar la vida en el servicio cotidiano. Espera coherencia entre lo que predicas y lo que vives. La Iglesia espera un testimonio ejemplar que acerque a muchos al Señor. Espera perseverancia permaneciendo siempre unido a Cristo, y una entrega diaria, silenciosa y generosa, que sólo Dios conoce plenamente. ¡Tanto esperan el Señor y la Iglesia de nosotros sus sacerdotes!
Querido Fray José Manuel: nunca olvides que el día de tu ordenación no es la meta de tu vocación, sino el comienzo de una nueva forma de pertenecer completamente a Cristo. Cuando las fuerzas parezcan disminuir, vuelve al Cenáculo; cuando aparezcan las pruebas, vuelve al Calvario; cuando experimentes la alegría del ministerio, vuelve siempre a la Eucaristía, donde aprenderás cada día a decir con Cristo: “Esto es mi cuerpo, entregado por ustedes”.
Que la Santísima Virgen María, Madre de los sacerdotes, San Agustín, padre de tu Orden religiosa, y todos los santos pastores de la Iglesia intercedan por ti, para que permanezcas siempre en el amor del Señor y des mucho fruto; un fruto que permanezca para la vida eterna.
Así sea, amén.
