VII Aniversario de la Capilla de Adoración Eucarística.
Catedral de Ciudad Quesada.
Fiesta de San Mateo, apóstol y evangelista.
Lunes 21 de setiembre de 2026, 6:00 p.m.
En la fiesta hodierna de San Mateo, apóstol y evangelista, tenemos una hermosa oportunidad para agradecer al Señor por estos siete años de gracia y bendición que hemos vivido en la Capilla de Adoración Eucarística de la Catedral. Siete años de presencia silenciosa de Jesús Sacramentado, de oración, de encuentros personales con el Señor, de consuelo en las dificultades, de acción de gracias y de intercesión por tantas necesidades de la Iglesia universal y particular, de nuestras familias y de nuestra sociedad. Una capilla de adoración no es simplemente un espacio más dentro de un templo: es un lugar donde el Señor nos espera, nos permite permanecer con Él y donde, en el silencio, vuelve a pronunciar sobre cada uno de nosotros la misma palabra que escuchó San Mateo: «Sígueme».
El evangelio de hoy nos presenta a Mateo sentado en su mesa de recaudador de impuestos. Jesús pasa, lo mira y le dice sencillamente: «Sígueme». Mateo se levantó y lo siguió. En estas pocas palabras encontramos una primera gran enseñanza: la mirada de Jesús antecede nuestra conversión. Antes de que Mateo cambie de vida, Jesús lo mira con misericordia. Jesús no se queda en aquello que Mateo había sido, ni lo reduce a su condición de publicano, sino que mira lo que puede llegar a ser bajo la gracia. También nosotros necesitamos dejarnos mirar por Cristo. Muchas veces nos acercamos a la Eucaristía llevando cansancios, preocupaciones, pecados, heridas y situaciones que nos pesan. Y allí, ante Jesús Sacramentado, descubrimos que su mirada no condena, sino que llama, sana, transforma y devuelve esperanza.
Una segunda enseñanza de la vocación de San Mateo es que el encuentro verdadero con Cristo siempre conduce a una respuesta. Mateo «se levantó y lo siguió». No permaneció sentado ni anclado en su antigua vida. La llamada de Jesús produjo en él un movimiento interior y exterior. La adoración eucarística tampoco puede reducirse a un momento de tranquilidad o de devoción individual. Cuando adoramos a Jesús Eucaristía, permitimos que Él transforme nuestra manera de vivir. La verdadera adoración nos levanta de nuestras comodidades, indiferencias y egoísmos para hacernos discípulos más disponibles, servidores más generosos y testigos más creíbles del Evangelio.
Y una tercera enseñanza de la experiencia de San Mateo es que quien se encuentra con la misericordia de Cristo se convierte en instrumento para que otros también encuentren al Señor. Mateo, después de su llamada, ofrece una comida en su casa y allí aparecen muchos publicanos y pecadores. El discípulo no se encierra en su experiencia personal; abre las puertas para que otros puedan acercarse a Jesús. Por eso, la Eucaristía y la misión están profundamente unidas. Del encuentro con Cristo presente en el Santísimo Sacramento nace una Iglesia más misionera, cercana, misericordiosa y capaz de salir al encuentro de quienes necesitan experimentar el amor de Dios.
San Pablo, en la primera lectura de efesios, nos recuerda que hemos recibido dones diversos y que Cristo ha dado a su Iglesia apóstoles, profetas, evangelizadores, pastores y maestros «para la edificación del Cuerpo de Cristo». La Capilla de Adoración Eucarística es precisamente un espacio privilegiado para pedir al Señor que siga edificando su Iglesia y que suscite en medio de nosotros vocaciones, servidores, evangelizadores y discípulos misioneros. Allí se ora por la Iglesia universal, por nuestra Diócesis, por nuestro Presbiterio, por nuestras familias, por los jóvenes, por los enfermos, por quienes sufren y también por quienes todavía no han encontrado el camino de regreso a Dios.
Por ello, en este VII aniversario, quiero expresar un sincero agradecimiento a todos los que han hecho posible y sostienen la Capilla de Adoración Eucarística: a quienes han tenido la iniciativa y la responsabilidad de promoverla, a los sacerdotes, coordinadores, adoradores y servidores, y especialmente a tantas personas que, de manera silenciosa y perseverante, ofrecen una hora de su tiempo para acompañar al Señor. Lo que ustedes realizan tiene un valor espiritual que quizá no siempre podemos medir, pero cuyos frutos solamente Dios conoce. Cada hora de adoración es una oración por la Iglesia y por el mundo; es una expresión de amor a Jesús Eucaristía y una contribución preciosa a la vida espiritual de nuestra Catedral y de toda la Diócesis.
San Juan Pablo II, en Ecclesia de Eucharistia, recordó que «la Iglesia vive de la Eucaristía». Esta afirmación nos ayuda a comprender la trascendencia de contar con una capilla de adoración permanente: la Iglesia vive de la presencia de Cristo y necesita volver constantemente a su Señor. No podemos ser una comunidad vigorosa en la misión si no somos, al mismo tiempo, una comunidad que sabe adorar y contemplar.
Por eso quisiera señalar tres desafíos que nos plantea este aniversario. Primero: valorar y cuidar la Capilla de Adoración como un verdadero tesoro espiritual de nuestra Iglesia particular. Segundo: hacer de la adoración una escuela de conversión y de santidad. Y tercero: llevar desde la adoración el amor de Cristo a la misión. Que la oración ante el Santísimo nos impulse a evangelizar, a acercarnos a las familias, a acompañar a los jóvenes, a servir a los pobres y vulnerables y a construir una Iglesia cada vez más unida y misionera.
Pidamos a San Mateo que nos enseñe a levantarnos cuando Cristo nos llama, a dejar atrás aquello que nos aleja de Él y a convertir nuestra propia vida en testimonio de la misericordia recibida. Y que María Santísima, mujer eucarística, nos enseñe a permanecer con Jesús, a adorarlo con fe y a llevarlo con alegría a nuestros hermanos. Que el Señor bendiga abundantemente nuestra Capilla de Adoración Eucarística; que nunca falten adoradores y que nunca falte en nuestra Catedral el corazón adorante y contemplativo que reconoce en la Eucaristía la presencia viva de Cristo. Y que, después de siete años, podamos seguir diciendo con renovada fe: Señor Jesús, aquí estamos; queremos permanecer contigo, dejarnos transformar por tu amor y salir a anunciarte.
Así sea, amén.
Homilía completa en audio:
