Misa Vespertina de la Cena del Señor, Jueves Santo, 2 de abril de 2026.
Catedral de Ciudad Quesada, 6:00 pm.
Hermanos todos:
Esta entrañable celebración vespertina de Jueves Santo nos introduce en el corazón del año litúrgico: el Triduo Pascual. No es simplemente una sucesión de celebraciones, sino un único misterio que se despliega en tres días santos: el Viernes contemplaremos la pasión y muerte del Señor; el Sábado viviremos el silencio y la espera junto al sepulcro; y en la gran Vigilia del Domingo estallará la alegría de la Resurrección. Hoy, en esta Misa vespertina de la Cena del Señor, se nos abre la puerta a este misterio de amor llevado hasta el extremo.
La Palabra de Dios nos conduce a comprender la profundidad de lo que celebramos. En la primera lectura del libro del Éxodo, el pueblo de Israel recibe la instrucción para celebrar la Pascua: una comida marcada por la prisa, la liberación y por la sangre del cordero que salva. Aquella noche no fue una más, fue el paso de la esclavitud a la libertad. Esa memoria debía repetirse cada año como un recordatorio de la acción salvadora de Dios.
Pero lo que era figura y anticipo, en Cristo se hace realidad y plenitud. San Pablo, en la segunda lectura de la primera carta a los Corintios, nos transmite lo que él mismo recibió: “Esto es mi cuerpo… este cáliz es la nueva alianza en mi sangre”. Jesús no solo celebra la Pascua, sino que la transforma desde dentro. Él mismo se convierte en el Cordero. Ya no es la sangre de un animal la que salva, sino la entrega total del Hijo de Dios.
Así entendemos el sentido profundo de esta Eucaristía que celebramos esta tarde. No es únicamente el recuerdo de una cena pasada, es la actualización sacramental del amor de Cristo que se entrega por nosotros. Cada vez que celebramos la Eucaristía, el sacrificio de la cruz se hace presente. El Señor se nos da como alimento, fuerza y presencia viva en medio de su pueblo.
El Salmo 115 nos invita a exclamar: “¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?” Y la respuesta no es otra que levantar el cáliz de la salvación, es decir, acoger con gratitud el don que se nos ofrece. La Eucaristía no es algo que nosotros damos a Dios, sino un regalo que Dios nos da para transformarnos.
El Evangelio de San Juan, sin embargo, no nos narra la institución de la Eucaristía, sino un gesto que revela su significado más profundo: el lavatorio de los pies. Jesús, el Maestro y Señor, se pone de rodillas ante sus discípulos. Realiza el gesto de un esclavo. Pedro se resiste, porque no comprende. Pero Jesús le responde con firmeza: “Si no te lavo, no tendrás parte conmigo”.
Aquí encontramos uno de los mensajes centrales de esta noche: para participar de Cristo, debemos dejarnos amar por Él, dejarnos servir por Él, dejarnos limpiar por su entrega. Y luego, hacer lo mismo con los demás: “Les he dado ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes”.
Hermanos, en esta celebración recordamos tres grandes legados que Cristo nos deja antes de su pasión: Primero, la Eucaristía: Jesús se queda con nosotros de una manera real y permanente. No nos deja solos. Se hace pan partido para alimentar nuestra vida. En cada sagrario, en cada misa, Cristo sigue diciendo: “Esto es mi cuerpo entregado por ustedes”.
Segundo, el sacerdocio ministerial: Al decir “hagan esto en memoria mía”, Jesús confía a los apóstoles y a sus sucesores la misión de hacer presente este misterio. El sacerdote no actúa en nombre propio, sino en la persona de Cristo, para servir al pueblo de Dios con la Palabra y los sacramentos.
Tercero, el mandamiento del amor: No se trata de un amor teórico o sentimental, sino un amor concreto, que se arrodilla, que sirve, que se entrega. “Ámense unos a otros como yo los he amado”. Esta es la medida, este es el estilo, este es el camino.
Y aquí, hermanos, surge una pregunta muy concreta para nuestra vida: ¿Cómo podemos hoy lavarnos los pies los unos a los otros? Lavarnos los pies significa, ante todo, amar: Amar incluso cuando cuesta, cuando no hay recompensa, cuando el otro no responde como esperamos. Amar con paciencia, con misericordia, con un corazón dispuesto a perdonar. Lavarnos los pies significa servir: No buscar los primeros puestos, no querer ser reconocidos, sino estar atentos a las necesidades de los demás. Servir en la familia, en la comunidad, en el trabajo, en los pequeños detalles de cada día. Lavarnos los pies significa darnos: Salir de nosotros mismos, dejar el egoísmo, compartir nuestro tiempo, nuestras capacidades, nuestros bienes. Hacer de nuestra vida un regalo para los demás. En un mundo marcado muchas veces por la indiferencia, el egoísmo y la división, este gesto de Jesús es profundamente elocuente. Nos invita a construir relaciones nuevas basadas en la humildad, el servicio y la entrega.
Queridos hermanos, al iniciar este Triduo Pascual pidamos al Señor la gracia de entrar verdaderamente en este misterio. Que no se quede en un recuerdo externo, sino que transforme nuestro corazón. Que, al participar de la Eucaristía, aprendamos a ser eucaristía para los demás, es decir, pan partido y vida entregada a través del servicio amoroso.
Que al contemplar a Cristo que lava los pies a los apóstoles, aprendamos a amar sin medida, como lo hizo Él entregándose hasta la muerte. Y que estos días santos renueven en nosotros la fe, la esperanza y la caridad que hemos de vivir y practicar como verdaderos discípulos del Señor. Así sea, amén.
