Este II Domingo de Pascua, la Iglesia también lo celebra como el Domingo de la Divina Misericordia, y concluye la solemne Octava de Pascua.
“La Palabra de Dios nos invita a contemplar con profundidad el corazón del Resucitado y a descubrir en Él la fuente inagotable de la vida nueva que hemos recibido”, expresó Monseñor José Manuel Garita Herrera, en su homilía, en la Catedral de Ciudad Quesada, en la Santa Misa, a las 8:00 a.m.
Al repasar la Primera Lectura de los Hechos de los Apóstoles se presenta una imagen luminosa de la comunidad cristiana naciente. “Aquellos primeros discípulos perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión fraterna, en la fracción del pan y en la oración. No era una comunidad perfecta, pero sí una comunidad profundamente marcada por la experiencia del Resucitado”, dijo Monseñor Garita.
A partir del hecho de que Jesús está vivo, empieza la transformación en sus relaciones, su manera de compartir y vivir la fe. “En ellos vemos reflejado el ideal de Iglesia que también nosotros estamos llamados a construir: una comunidad que escucha la Palabra, que celebra la Eucaristía, que ora y que vive la caridad concreta”, agregó.
En el salmo 117 se nos dice: “Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia”. “La misericordia de Dios no tiene límites, no se agota, no depende de nuestros méritos. Es el fundamento de nuestra esperanza. En un mundo donde tantas veces se experimenta el juicio, el rechazo o la indiferencia, la misericordia de Dios se presenta como un refugio seguro y como una fuerza transformadora”, dijo el Obispo de Ciudad Quesada.
El tema de la esperanza, de nuevo, aparece en la Segunda Lectura, tomada de la Primera Carta de Pedro. Desde la homilía se nos muestra que “esta esperanza no es una ilusión pasajera, sino una realidad firme que sostiene nuestra vida, especialmente en medio de las pruebas”.
Al reflexionar el Evangelio de San Juan se nos sitúa en un escenario muy humano: los discípulos están encerrados por miedo, pero Jesús les da la paz.
“Esta paz es la plenitud de los dones de Dios, es la reconciliación y la vida nueva. El Resucitado se presenta mostrando sus llagas, esas heridas que ahora son signo de amor y de victoria”, comentó el prelado.
A partir de este encuentro, Monseñor Garita indica que Jesús ofrece tres grandes dones a sus apóstoles y que también son para nosotros.
“El primero es la paz: cuántas veces también nosotros vivimos encerrados por nuestros miedos: miedo al futuro, miedo al fracaso, miedo a los demás. Y Jesús se acerca para decirnos que su paz es más fuerte que todo eso. Una paz que no ignora las heridas, pero que las transforma en fuente de vida”.
“El segundo don es la misión: ‘Como el Padre me envió, así también os envío yo’. La experiencia del Resucitado no se puede guardar para uno mismo. Quien ha encontrado a Cristo no puede quedarse encerrado. Está llamado a salir, a anunciar, a ser testigo. Cada uno, desde su realidad concreta, en su familia, en su trabajo, en su comunidad, es enviado a ser portador y testigo de la Buena Noticia”.
“El tercer don es el Espíritu Santo y, con Él, la capacidad de perdonar los pecados: aquí se manifiesta de manera especial la misericordia de Dios. El Señor confía a su Iglesia el ministerio de la reconciliación, ese espacio donde cada persona puede experimentar el perdón que renueva, levanta y devuelve la dignidad. En un mundo marcado por el rencor y la división, este don es profundamente necesario”.
En la homilía, el pastor diocesano habla de Tomás, quien manifiesta también las dudas que aparecen en el corazón de las personas.
“Tomás quiere ver, tocar y comprobar. Ocho días después, Jesús vuelve a presentarse, y esta vez se dirige directamente a él. No lo rechaza por su incredulidad, sino que sale a su encuentro. Tomás, entonces, hace una de las confesiones de fe más hermosas del Evangelio: ‘Señor mío y Dios mío’”, afirmó.
“Esta expresión no es solo una frase; es una entrega total, es el reconocimiento de quién es verdaderamente Jesús. También nosotros estamos llamados a hacer nuestra esta confesión. Tal vez no hemos visto como Tomás, pero hemos recibido el testimonio de la Iglesia, hemos experimentado la acción de Dios en nuestra vida y sentido su presencia en los momentos decisivos”, enfatizó.
Al celebrar el Domingo de la Divina Misericordia, el Obispo de Ciudad Quesada exhorta a abrirnos a la acción de Dios, a comprender que la bienaventuranza de quien creen sin haber vistos nos incluye a nosotros, porque “nuestra fe no se basa en la evidencia inmediata, sino en la confianza, en la apertura del corazón y en la experiencia interior de la gracia”.
