Este IV Domingo de Cuaresma, también conocido como Laetare, nos invita a hacer una pausa en el camino penitencial para llenarnos de alegría por la misericordia de Dios.
Monseñor José Manuel Garita, Obispo de Ciudad Quesada, ha reflexionado sobre el Evangelio de este día, centrado en la parábola del padre misericordioso, como un mensaje de esperanza, perdón y reconciliación.
“En medio de la austeridad cuaresmal, celebramos con gozo porque Dios se alegra y festeja cuando perdona y nos recupera”, afirmó en la Santa Misa celebrada a las 8:00 a.m., en la Catedral de Ciudad Quesada.
Subrayó que esta parábola, una de las más conmovedoras del Evangelio según San Lucas, refleja no solo la realidad del pecado humano, sino sobre todo la grandeza del corazón de Dios.
“El pecado es rebelión, ruptura, sufrimiento, decepción. Pero el amor del Padre es más fuerte. Tenemos la verdad y la experiencia de un Dios Padre entrañable, compasivo, paciente, misericordioso, infinitamente amoroso”, dijo este domingo 30 de marzo.
El pastor diocesano detalló cómo el hijo menor, en un uso errado de su libertad, decide alejarse del padre y llevar una vida que lo conduce a la pobreza material y moral. “Eso deja el pecado. Siempre nos hace sufrir, nos destruye, nos tira y abandona”, comentó.
Cuando el hijo recapacita y reconoce su error, decide volver. Esa decisión marca el inicio de su cambio. “Es el movimiento de la gracia de Dios que toca el corazón”, explicó el Obispo de Ciudad Quesada.
Queda clara la idea del mensaje dominical: “¡Necesitamos de Dios! Es lo que el mundo no reconoce ni acepta: sin Dios, la vida es una tragedia, un sinsentido, un absurdo”.
La actitud del padre —resaltó Mons. Garita— es clave para comprender la infinita misericordia divina: “Sale a su encuentro, lo abraza, lo besa, no le reprocha nada, sino que hace fiesta porque lo recuperó vivo. Su hijo ha vuelto a la vida. Así es Dios. No actúa como lo esperaban los fariseos que murmuraban porque Jesús acogía a los pecadores”.
Frente a esta imagen del padre, contrasta el hijo mayor, quien representa la dureza del corazón humano ante el perdón ajeno: “Es mezquino, inmisericorde. Así actuamos a veces, lamentablemente, cuando Dios perdona a otros y no entendemos su lógica de amor”.
A la luz de la segunda lectura, Monseñor Garita recordó que, al reconciliarnos con Dios, nos convertimos en nuevas criaturas en Cristo: “Lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado. Qué maravilla, qué consuelo, qué grandeza de misericordia”.
También hizo referencia a la primera lectura, tomada del libro de Josué, donde el pueblo de Israel celebra la Pascua en la tierra prometida, símbolo de la libertad y el perdón de Dios: “Así también nosotros somos llamados a celebrar la Pascua con el corazón renovado, dejándonos liberar y perdonar”.
Finalmente, destacó el valor de la Eucaristía como expresión suprema de gratitud por la misericordia divina: “Damos gracias porque es eterna su misericordia. Y le pedimos fuerza para ser también nosotros misericordiosos, para perdonar y tratar a los demás como Él nos trata y perdona. Así sea, amén”.
