“Laetare” es una pausa de alegría en medio del camino penitencial en este IV Domingo de Cuaresma. “Es una alegría que no nace de la superficialidad, sino de la esperanza: caminamos hacia la luz de la resurrección. Y precisamente la luz es la imagen central que atraviesa las lecturas de este domingo”, reflexionó Monseñor José Manuel Garita Herrera.
En la Misa de 8:00 a.m., en la Catedral de Ciudad Quesada, recordó el episodio importante de la historia de la salvación: la elección de David como rey, en la Primera Lectura del Primer Libro de Samuel.
“Dios sorprende. Se termina ungiendo al más pequeño, al que ni siquiera estaba presente porque se encontraba cuidando las ovejas en el campo. La Escritura nos recuerda una verdad profunda: los criterios de Dios no son los mismos criterios de los hombres. Mientras nosotros solemos fijarnos en las apariencias, en la fuerza o en el prestigio, Dios mira el corazón”, comentó.
Haciendo alusión al Salmo 22: “El Señor es mi pastor, nada me falta”, Monseñor Garita comenta que Dios es un pastor que guía, protege y acompaña. “No es un Dios lejano o indiferente, sino un Dios cercano que camina con su pueblo”.
Continuando su homilía, el Obispo de Ciudad Quesada destacó que la fe no es una idea o una creencia, es una manera de vivir… como lo muestra en la Segunda Lectura de la Carta a los Efesios el apóstol San Pablo, quien exhorta a los cristianos a vivir como hijos de la luz.
“Quien ha sido iluminado por Cristo está llamado a reflejar esa luz en sus obras, en sus decisiones, en su forma de relacionarse con los demás. Ser hijos de la luz significa vivir con coherencia, verdad y rectitud. Implica también denunciar las obras de las tinieblas y optar siempre por aquello que construye, dignifica y acerca más a Dios”, reflexionó.
Esta es la enseñanza que sobresale del Evangelio de San Juan cuando se presenta la curación del ciego de nacimiento por parte de Jesús.
“El Señor realiza un gesto sorprendente: escupe en la tierra, hace barro con la saliva, unge con ese barro los ojos del ciego y luego le dice que vaya a lavarse a la piscina de Siloé”, comentó el pastor diocesano.
“A primera vista, el gesto parece contradictorio. El barro normalmente ensucia, nubla la vista, impide ver. Sin embargo, en manos de Jesús ese barro se convierte en instrumento de curación. El hombre obedece, se lava, y regresa viendo. La tradición cristiana ha visto en este gesto un símbolo muy profundo del bautismo”, agregó.
Para Monseñor Garita el relato no sólo habla de la curación física del ciego, sino también de la ceguera espiritual.
“El verdadero milagro no es sólo recuperar la vista, sino descubrir la identidad de Jesús y creer en Él. En cierto sentido, todos nosotros podemos reconocernos en ese ciego de nacimiento. También nosotros tenemos nuestras propias cegueras: prejuicios, egoísmos, miedos, superficialidades, formas de pensar que nos impiden ver con claridad la presencia de Dios en nuestra vida”, dijo en su mensaje dominical.
¡Estamos llamados a purificar nuestra mirada, a dejar que el Señor limpie nuestros ojos para poder ver la realidad con la luz de la fe!, se desprende de las palabras del Obispo de Ciudad Quesada
“La Cuaresma es un tiempo privilegiado para renovar nuestro bautismo, para recuperar la frescura de aquel primer encuentro con el Señor. La oración, la conversión del corazón, la reconciliación, la participación más consciente en la Eucaristía son caminos que nos ayudan a volver a esa fuente. Lavarnos en la piscina de Siloé, en definitiva, significa dejarnos iluminar, purificar y sanar por Jesús. Sólo en el encuentro con Él nuestra mirada puede aclararse”, finalizó.
