Necesitamos una diócesis donde las familias ocupen el lugar que les corresponde como protagonistas de la evangelización

Fiesta de Santiago, apóstol. Sábado 25 de julio de 2026. XXXI aniversario Diócesis de Ciudad Quesada.

Encuentro y convivencia con las familias del Presbiterio, Capilla Colegio Diocesano, 9:00 a.m.

Queridos sacerdotes, estimadas familias y amigos:

Hoy el Señor nos concede la alegría de celebrar varios regalos y bendiciones. Celebramos la fiesta de Santiago Apóstol, uno de los primeros llamados por Jesús, testigo privilegiado de su vida, pasión y gloria. Celebramos también, con profunda gratitud, el XXXI aniversario de nuestra querida Diócesis de Ciudad Quesada. Y, además, vivimos un momento muy especial de convivencia con las familias de nuestros sacerdotes. Todo esto nos invita a hacer lo que el salmo nos ha repetido con tanta fuerza: “Aclamen al Señor, canten la gloria de su nombre, denle gracias con alabanzas”.

La primera lectura de los Hechos de los Apóstoles nos presenta una Iglesia llena de vida. Los apóstoles anuncian con valentía que Cristo ha resucitado. San Lucas dice que “los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con mucho valor”. No era una Iglesia cómoda, sino una Iglesia perseguida. Eran hombres que conocían el miedo, el rechazo y la cárcel. Sin embargo, nada de ello podía apagar la alegría de haber encontrado a Cristo vivo. Entre esos apóstoles estaba Santiago. Los Hechos nos recuerdan que fue el primero de los Doce en derramar su sangre por Jesús. Su martirio no fue una derrota, sino la confirmación de que había comprendido hasta el final el camino de su Maestro. Santiago pasó de querer los primeros puestos a entregar la propia vida por amor.

Y precisamente el evangelio de San Mateo nos muestra ese cambio. La madre de Santiago y Juan pide para sus hijos los lugares de honor en el Reino. ¡Qué escena tan humana! Es la preocupación de cualquier madre que desea lo mejor para sus hijos. Pero Jesús aprovecha esa petición para enseñar una lección que sigue siendo actual y desafiante: la verdadera grandeza no consiste en ocupar el primer lugar, sino en hacerse servidor. “El que quiera ser grande entre ustedes, que sea su servidor”.

Estas palabras iluminan también nuestra celebración de hoy. Treinta y un años de vida diocesana no se miden solamente por el número de parroquias, de obras o de estructuras. Se miden, sobre todo, por la capacidad que hayamos tenido de servir. Una diócesis crece cuando anuncia a Cristo con valentía, cuando celebra la fe con alegría y cuando sirve con generosidad a los más pobres, las familias, los enfermos, los jóvenes y a quienes han perdido la esperanza.

Por eso, este aniversario es, antes que nada, una acción de gracias. Damos gracias por los dos anteriores obispos, por los sacerdotes, diáconos, religiosas, religiosos, agentes de pastoral y fieles laicos que han escrito esta historia durante estos treinta y un años. Muchos sembraron sin ver todos los frutos; otros siguen sembrando hoy con entusiasmo. Todos formamos parte de esta hermosa obra que Dios ha realizado entre nosotros.

Pero, de manera muy especial, hoy queremos detener nuestra mirada en unas personas que muchas veces permanecen discretamente en segundo plano: las familias de los sacerdotes. Queridas familias: muchas gracias. Gracias porque un día enseñaron a sus hijos a hacer la señal de la cruz. Gracias porque les hablaron de Dios con el testimonio más que con las palabras. Gracias porque los llevaron a la iglesia, porque rezaron con ellos, les enseñaron a compartir, a trabajar, a pedir perdón y a servir. Antes de que el Seminario formara a un futuro sacerdote, hubo un hogar que lo inició en los valores fundamentales del Evangelio. La Iglesia les debe mucho. Nuestra diócesis está en deuda con ustedes, porque detrás de cada sacerdote hay una historia de amor familiar que Dios supo transformar en vocación. Ninguna vocación nace en el vacío. Normalmente nace en un hogar donde alguien creyó, rezó, esperó y amó.

Y esto nos lleva también a una palabra para nosotros, los sacerdotes. La familia no deja de ser importante el día de la ordenación. Al contrario. Seguimos necesitando ese espacio donde podemos ser simplemente hijos, hermanos, tíos, sobrinos. El ministerio no elimina nuestra humanidad; la fortalece cuando sabemos cuidar los vínculos familiares con gratitud, equilibrio y cercanía.

También nuestras familias necesitan sentir que la Iglesia las aprecia y las acompaña. No podemos dar por supuesto su apoyo. Debemos agradecerlo con gestos concretos, con tiempo cuando es posible, con cercanía y con la oración. Un sacerdote que mantiene sanas sus relaciones familiares suele encontrar también mayor equilibrio humano para servir al Pueblo de Dios.

Quisiera proponer, finalmente, tres desafíos sencillos. El primero es para las familias: sigan siendo hogares donde se viva la fe; el mundo necesita familias que enseñen a rezar, que vivan el perdón, que transmitan esperanza y que no tengan miedo de hablar de la vocación. Una vocación nunca empobrece a una familia, al contrario, la enriquece con una misión nueva. Además, acompañen con cariño a sus familiares sacerdotes, no solo cuando todo marcha bien, sino también cuando el ministerio pesa, cuando aparecen el cansancio, las dificultades o la soledad. Su cercanía sigue siendo un regalo inmenso.

El segundo desafío es para nosotros, los sacerdotes. Miremos especialmente al apóstol Santiago, él aprendió que la autoridad en la Iglesia solo tiene sentido cuando se convierte en servicio. Que nunca busquemos prestigio, comodidad o reconocimiento. Que nuestra mayor alegría sea gastar la vida por el Evangelio. Que demos testimonio, como los apóstoles, con valentía, pero también con humildad. Y que nunca olvidemos que seguimos siendo hijos agradecidos de una familia concreta y de una Iglesia que nos ha acompañado.

Y el tercer desafío es para toda nuestra diócesis. Al cumplir treinta y un años, no podemos instalarnos en el recuerdo de lo que hemos hecho. El Señor nos sigue enviando a anunciar el Evangelio. Necesitamos una diócesis cada vez más misionera y cercana, donde caminemos juntos sacerdotes, diáconos, consagrados y laicos. Una diócesis donde las familias ocupen el lugar que les corresponde como protagonistas de la evangelización; una diócesis que cuide las vocaciones, acompañe a los jóvenes y haga de cada parroquia una verdadera comunidad de discípulos misioneros.

Santiago nos enseña que seguir a Cristo significa beber su mismo cáliz, pero también compartir su misma esperanza. Los apóstoles pudieron enfrentar la persecución porque estaban convencidos de que Cristo había vencido a la muerte. Esa es también nuestra fuerza. No caminamos solos, el Señor resucitado sigue sosteniendo a su Iglesia y sigue guiando la historia de nuestra diócesis.

Pidamos hoy la intercesión de Santiago apóstol para que renueve nuestro entusiasmo evangelizador. Pidamos al Señor que nunca falten en nuestra Iglesia hogares donde florezca la fe, jóvenes capaces de escuchar la llamada de Dios y comunidades dispuestas a acompañarlos con alegría. Que la Santísima Virgen María, Madre de la Iglesia, nos enseñe a servir con la misma humildad de su Hijo y nos ayude a seguir construyendo, entre todos, una Diócesis de Ciudad Quesada cada vez más unida, misionera y agradecida por todas las maravillas que Dios ha realizado y sigue realizando en medio de nosotros.

Así sea, amén.

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