Viernes de la V Semana de Cuaresma, 27 de marzo de 2026.
Eucaristía y Unción de los Enfermos, Hogar de Ancianos San Vicente de Paúl, Ciudad Quesada, 10:00 a.m.
En este Viernes de la V Semana de Cuaresma, la Palabra de Dios nos introduce en un clima de tensión, de prueba y, al mismo tiempo, de profunda confianza en el Señor. El profeta Jeremías, en la primera lectura, nos habla desde su dolor: se siente perseguido, calumniado, vigilado por quienes buscan su caída. “Oía el cuchicheo de la gente… todos mis amigos acechaban mi traspié”. Sin embargo, en medio de esa angustia, brota una certeza luminosa: “El Señor está conmigo como fuerte guerrero”. Jeremías no niega el sufrimiento, pero lo experimenta sostenido por la presencia fiel de Dios.
También el salmo 17 recoge este clamor: es la oración de quien se sabe probado, pero no abandonado. Es el grito confiado de quien, aun en la noche, se pone en manos de Dios y espera su justicia. Y el Evangelio de San Juan nos presenta a Jesús en un momento decisivo: incomprendido, cuestionado y a punto de ser apedreado. Sus obras hablan de su unión con el Padre, pero muchos no quieren creer. Jesús experimenta el rechazo, la persecución, la soledad. Se acerca cada vez más a su pasión.
Hermanos, hoy esta Palabra se hace viva de una manera muy especial en este Hogar de Ancianos San Vicente de Paúl. No estamos aquí solo para “visitar”, sino para reconocer, contemplar y servir a Cristo vivo en medio de nuestros hermanos mayores y enfermos. En cada uno de ustedes, queridos ancianos, en cada fragilidad, dolor y limitación, la Iglesia reconoce el rostro sufriente de Cristo.
Cristo, que en el Evangelio es perseguido, continúa hoy su pasión en quienes experimentan la enfermedad, el cansancio del paso del tiempo, la soledad, el sentirse a veces olvidados. Y, sin embargo, así como el Padre no abandona a su Hijo, tampoco abandona a ninguno de ustedes. Dios está con ustedes como “fuerte guerrero”, consuelo silencioso y presencia que sostiene incluso cuando las fuerzas humanas disminuyen.
En este contexto, la unción de los enfermos que vamos a celebrar adquiere un significado profundo. No es solo un rito, ni un gesto simbólico: es Cristo mismo que se acerca, toca, consuela y fortalece. Es Cristo que dice al corazón de cada enfermo: “No estás solo, yo estoy contigo”. Este sacramento trae paz, fortaleza, unión con la pasión de Cristo y, según la voluntad de Dios, también alivio físico y espiritual.
Pero esta celebración no solo interpela a quienes reciben la unción. Nos interpela a todos. Porque la Palabra de hoy nos invita a tener los mismos sentimientos de Cristo. ¿Y cuáles son esos sentimientos? Son los de la compasión, la cercanía, la entrega, la capacidad de cargar con el sufrimiento del otro.
Ser solidarios con el que sufre no es solo sentir lástima. Es acercarse, escuchar, acompañar, mirar con ternura, dignificar. Es reconocer que el valor de una persona no depende de su productividad, de su fuerza o de su independencia, sino de su dignidad como hijo de Dios. En una cultura que muchas veces descarta lo débil, los cristianos estamos llamados a hacer lo contrario: a acoger, cuidar y honrar.
Hoy, al contemplar a nuestros hermanos ancianos, podemos preguntarnos: ¿vemos en ellos realmente a Cristo? ¿O pasamos de largo? ¿Somos capaces de detenernos, de ofrecer tiempo, afecto, presencia? Porque el amor cristiano se mide en gestos concretos.
Jeremías, en medio de la persecución, confía. Jesús, en medio del rechazo, permanece fiel. Y nosotros, en medio de nuestras propias dificultades, estamos llamados a vivir esa misma confianza y fidelidad, especialmente en el amor a los más frágiles.
Como siempre lo hago, cada vez que vengo a este bendito hogar, quiero agradecer de todo corazón a la junta directiva, a la administración y al personal de atención por todo lo que hacen en bien de estos queridos ancianos y enfermos residentes en este hogar. El Señor recompense con abundantes bendiciones todas sus bondades.
Hermanos, que esta Eucaristía y este momento de gracia nos ayuden a renovar nuestra mirada y nuestro corazón. Que aprendamos a descubrir a Cristo en el que sufre. Que no tengamos miedo de acercarnos al dolor ajeno. Y que, como comunidad, seamos signo de la presencia de Dios que no abandona, que sostiene y que salva.
A ustedes, queridos hermanos que recibirán la unción, les decimos con fe: el Señor está con ustedes. Él los ama, los fortalece y los acompaña. Su vida sigue siendo valiosa y fecunda desde el misterio del amor de Dios. Y a todos nosotros, que el Señor nos conceda tener un corazón semejante al suyo, capaz de amar y siempre. Así sea, amén.
