No tengan miedo de defender la verdad

Fiesta de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote, Sacramento de la Confirmación.

Parroquia San Antonio de Padua, Pital, 6:00 p.m. Jueves 28 de mayo de 2026.

Hermanos todos, especialmente queridos confirmandos:

Hoy la Iglesia celebra la fiesta de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote, una celebración que nos invita a contemplar el corazón mismo de nuestra fe: Cristo que se ofrece al Padre por amor para la salvación del mundo. Providencialmente, esta celebración coincide con la administración del Sacramento de la Confirmación a estos jóvenes y adultos que han respondido al llamado del Señor para fortalecer su vida cristiana. Las lecturas que hemos escuchado iluminan profundamente este momento de gracia.

En la primera lectura, tomada del libro del Génesis, contemplamos a Abraham llevando a su hijo Isaac al monte para ofrecerlo en sacrificio. Se trata de una de las páginas más conmovedoras de toda la Escritura. Abraham confía plenamente en Dios, incluso cuando no comprende sus caminos. Finalmente, Dios detiene el sacrificio y provee la víctima. Este acontecimiento es figura de algo mucho más grande: el Padre celestial no se reservó a su propio Hijo, sino que lo entregó por nosotros. Isaac llevando la leña prefigura a Cristo cargando la cruz; el monte del sacrificio anticipa el Calvario; la obediencia de Abraham apunta hacia la obediencia perfecta de Jesús.

Precisamente el Evangelio de San Mateo nos presenta a Jesús en Getsemaní. Allí contemplamos al verdadero y eterno Sacerdote. No ofrece animales ni ofrendas externas; se ofrece a sí mismo. En medio de la angustia, del sufrimiento y de la cercanía de la pasión, pronuncia aquellas palabras que revelan la profundidad de su amor y de su sacerdocio: “Padre mío, que no se haga mi voluntad, sino la tuya”. Cristo une perfectamente en sí mismo la ofrenda y el oferente. Él es el sacerdote y al mismo tiempo la víctima. Por eso es el Sumo y Eterno Sacerdote, porque su entrega es perfecta, definitiva y capaz de reconciliar para siempre a la humanidad con Dios.

El Salmo 39 que hemos proclamado pone en nuestros labios la misma actitud del corazón de Cristo: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”. Estas palabras expresan el sentido más profundo de la existencia cristiana. Se trata de aprender a vivir según la voluntad de Dios, confiando en Él incluso cuando el camino resulta difícil.

Y precisamente, para vivir según la voluntad de Dios, estos confirmandos reciben hoy una nueva efusión del Espíritu Santo para que puedan vivir como discípulos maduros de Jesucristo. La Confirmación no es una graduación de la fe ni el final de un proceso catequético. Tampoco es una despedida de la Iglesia. Es, más bien, un envío misionero. El Espíritu que descendió sobre los Apóstoles en Pentecostés viene ahora sobre ustedes para fortalecerlos, iluminarlos y hacerlos testigos valientes del Evangelio en medio del mundo.

Los signos principales del sacramento nos ayudan a comprender esta realidad. La imposición de las manos del obispo, gesto que viene de los tiempos apostólicos, expresa la transmisión del don del Espíritu Santo. La unción con el santo crisma manifiesta la consagración del cristiano para participar más plenamente en la misión de Cristo Sacerdote, Profeta y Rey. El aceite perfumado simboliza la fuerza del Espíritu que penetra toda la vida y la transforma. Y las palabras sacramentales que les dirá el obispo: “Recibe por esta señal el don del Espíritu Santo”, nos recuerdan que Dios mismo actúa en lo más profundo del corazón.

Queridos confirmandos, hoy el Señor les concede una gracia inmensa, pero también los llama a asumir grandes desafíos. Vivimos en una cultura donde con frecuencia se pretende vivir sin Dios, donde la fe es relativizada, donde se exalta el individualismo y donde muchas veces se considera que la experiencia de fe pertenece únicamente al ámbito privado. Ustedes encontrarán presiones e influencias para abandonar la fe, para ocultar sus convicciones cristianas o para adoptar estilos de vida muy contrarios al Evangelio. Habrá momentos de duda, de cansancio y quizás de incomprensión.

Por eso, la Confirmación les concede la fortaleza del Espíritu Santo. El mismo Espíritu que sostuvo a Jesús en Getsemaní, que fortaleció a los Apóstoles después de Pentecostés y que ha acompañado a los santos a lo largo de la historia, será también la fuerza para ustedes. No tengan miedo de ser cristianos. No tengan miedo de defender la verdad, de practicar la caridad, de participar activamente en la vida de la Iglesia y de dar testimonio de Cristo en el colegio, la universidad, el trabajo, las redes sociales y en todos los ambientes donde se desenvuelven.

Pero ustedes no están solos. Hoy también quiero dirigirme a las familias.

Padres y madres, la Confirmación de sus hijos no concluye su responsabilidad en la educación de la fe. Al contrario, la fortalece. Estos confirmandos necesitan ver en sus hogares ejemplos concretos de oración, de participación en la Eucaristía dominical, de reconciliación, de servicio y de amor cristiano. La fe se aprende en la catequesis, pero se consolida sobre todo en la vivencia cotidiana de las familias cristianas.

Asimismo, queridos padrinos y madrinas, la Iglesia les confía una misión muy importante. Ustedes no son simples acompañantes de una ceremonia. Ustedes han sido elegidos para ayudar a estos confirmandos a crecer en la vida cristiana. Su cercanía, consejo, ejemplo y su oración pueden marcar profundamente el camino de fe de quienes hoy acompañan.

También toda la comunidad cristiana tiene una responsabilidad. Ningún bautizado crece solo. Necesitamos comunidades acogedoras, capaces de integrar a los jóvenes, de ofrecer espacios de formación, oración, servicio y fraternidad. La Iglesia debe ser para ellos una familia espiritual en la que encuentren apoyo y acompañamiento permanente.

Finalmente, quisiera insistir en algo fundamental: la perseverancia. El verdadero fruto de este sacramento se mide por la fidelidad de aquí en adelante. Permanecer en la Iglesia, participar de la Eucaristía, acercarse frecuentemente a la confesión, cultivar la oración personal, servir a los demás y seguir formándose en la fe son caminos indispensables para que la gracia recibida produzca abundantes frutos. Se trata de continuar en la fe, no de desertar de la Iglesia.

Que María, Madre de la Iglesia, que acompañó a los Apóstoles en la espera de Pentecostés, interceda por estos confirmandos. Y que Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, los fortalezca con su Espíritu para que permanezcan siempre firmes en la fe, alegres en la esperanza y generosos en el amor.

Así sea, amén.

ÚLTIMAS NOTICIAS