Que Santa Clara de Asís nos enseñe a contemplar siempre el rostro de Cristo

Fiesta Patronal en honor de Santa Clara de Asís 2026.

Parroquia Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, Florencia, Domingo 9 de agosto, 9:30 a.m.

XIX Domingo Tiempo Ordinario.

El mensaje que hoy nos regalan las lecturas del XIX Domingo del Tiempo Ordinario tiene un significado muy especial al celebrar la fiesta patronal de esta comunidad de Santa Clara, perteneciente a la Parroquia de Florencia. La Palabra de Dios nos recuerda que el Señor sostiene a quienes ponen su confianza en Él en medio de las dificultades. Y la vida de Santa Clara nos enseña que quien mantiene la mirada fija en Cristo llega a convertirse en una luz para los demás.

En la primera lectura de 1 Reyes, el profeta Elías llega al monte Horeb cansado, perseguido y desanimado. Espera encontrar a Dios en el viento impetuoso, en el terremoto o en el fuego, pero el Señor se manifiesta en el murmullo de una brisa suave. Dios habla al corazón que sabe hacer silencio. ¡Qué actual resulta esta enseñanza! Vivimos inmersos en un mundo lleno de ruido: preocupaciones familiares, dificultades económicas, violencia, redes sociales, prisas y tantas voces que reclaman nuestra atención. Corremos el riesgo de perder la capacidad de escuchar la voz del Señor.

Santa Clara comprendió profundamente esta verdad. Ella nació en Asís hacia el año 1193, en una familia noble, pero al escuchar la predicación de San Francisco descubrió que Cristo la llamaba a un camino de pobreza, oración y entrega total. La noche del Domingo de Ramos del año 1212 abandonó discretamente la casa paterna para consagrarse completamente al Señor. Fundó la Orden de las Hermanas Pobres, conocidas hoy como Clarisas, viviendo una existencia escondida, pero inmensamente fecunda para la Iglesia. Su fuerza no provenía de la influencia humana ni del poder, sino de la oración constante y de una confianza absoluta en Dios.

Una de las frases que mejor expresa su espiritualidad dice: «Pon tu mente ante el espejo de la eternidad; pon tu alma en el resplandor de la gloria; pon tu corazón en la figura de la divina sustancia y transfórmate enteramente, por la contemplación, en imagen de su divinidad». Es una invitación permanente a mantener la mirada fija en Cristo, hasta dejar que Él transforme toda nuestra vida.

El evangelio de San Mateo nos presenta a los discípulos navegando en medio de una fuerte tormenta. La barca representa nuestra vida, las familias, la Iglesia y también esta comunidad. No faltan los vientos contrarios: el desánimo, la indiferencia religiosa, las dificultades económicas, las familias heridas, los jóvenes que buscan sentido para sus vidas, las enfermedades y tantas incertidumbres que golpean nuestro tiempo. Sin embargo, Jesús no abandona la barca. Llega caminando sobre las aguas y les dice: «¡Ánimo! Soy yo. No tengan miedo».

Vimos cómo Pedro comienza a caminar sobre el agua mientras mantiene fija la mirada en Jesús; pero cuando dirige su atención al viento empieza a hundirse. Esa escena resume muchas veces nuestra propia experiencia. Cuando nos dejamos dominar por los problemas, el miedo y la desesperanza, sentimos que nos hundimos. Pero cuando volvemos a mirar a Cristo, recuperamos la paz y la confianza.

También Santa Clara conoció las tormentas. Tuvo que enfrentar la oposición de su propia familia, las dificultades de los primeros años de su comunidad y numerosas enfermedades que la acompañaron durante largo tiempo. Sin embargo, nunca perdió la paz porque sabía en quién había puesto su confianza. La tradición conserva un episodio muy significativo: cuando los sarracenos amenazaban el monasterio de San Damián, Clara pidió que llevaran el Santísimo Sacramento hasta la puerta del convento y, confiando plenamente en el poder de Cristo presente en la Eucaristía, oró con fervor. Aquella confianza fortaleció a sus hermanas y la amenaza fue superada. Más allá de los detalles históricos, ese relato expresa una gran verdad espiritual: quien pone su confianza en Cristo encuentra en Él la verdadera fortaleza.

Hermanos, celebrar hoy la fiesta patronal significa mucho más que recordar una gran santa del pasado. Es renovar la identidad cristiana de esta comunidad que lleva con orgullo el nombre de Santa Clara. Ella sigue siendo una intercesora y un modelo para todos ustedes.

Esta comunidad dedicada a Santa Clara está llamada a distinguirse por el amor a la oración, la sencillez de vida, la fraternidad, la confianza en la Providencia y el amor profundo a la Eucaristía. No basta admirar a Santa Clara; hay que seguir su ejemplo. Ella nos enseña que el verdadero tesoro no está en las riquezas materiales, sino en Cristo.

Queridos hermanos, esta celebración nos deja varios desafíos concretos. En primer lugar, recuperar espacios diarios de oración y silencio para escuchar la voz de Dios, como Elías y como Santa Clara. En segundo lugar, mantener siempre la mirada fija en Cristo, especialmente cuando lleguen las pruebas personales, familiares o comunitarias. En tercer lugar, hacer de esta comunidad una verdadera familia de fe, donde todos se sientan acogidos, acompañados y valorados. En cuarto lugar, renovar el amor a la Eucaristía, fuente de fortaleza para afrontar las dificultades de la vida. Ustedes tienen acá la experiencia bendita de la capilla de adoración eucarística. Y finalmente, el desafío de vivir con mayor sencillez, solidaridad y confianza en la Providencia, recordando que quien tiene a Cristo posee el bien más grande.

Pidamos hoy a Santa Clara de Asís que interceda por esta comunidad. Que les enseñe a contemplar siempre el rostro de Cristo, a vivir con un corazón libre de todo aquello que impida amar plenamente a Dios y a los hermanos, y a convertirse en una luz de esperanza para las familias de esta comunidad. Que, manteniendo siempre la mirada fija en Jesús, puedan atravesar cualquier tormenta con la certeza de que el Señor nunca abandona la barca de su Iglesia y siempre extiende su mano para sostener a quienes confían en Él. Así, la comunidad de Santa Clara seguirá siendo un signo vivo del Evangelio en la Parroquia de Florencia, para gloria de Dios y bien de todos. Así sea, amén.

¡Santa Clara de Asís! Ruega por nosotros.

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