Reconstruir la confianza social

Vivimos tiempos en los que la desconfianza parece haberse instalado silenciosamente en el corazón de la sociedad. Se duda de las instituciones, de los gobernantes, de la justicia, de los medios de comunicación y, en ocasiones, hasta de quienes comparten nuestra vida cotidiana y nuestra propia fe. Poco a poco, la sospecha ha comenzado a ocupar el lugar que antes pertenecía a la confianza o que estaba respaldado por valores sólidos.

Sin embargo, pocas veces nos detenemos a pensar que ninguna sociedad puede sostenerse únicamente sobre leyes, reglamentos o controles. La verdadera convivencia descansa sobre un bien mucho más profundo y frágil: la confianza mutua. Si se pierde la confianza, se resquebraja la cooperación, el diálogo y la esperanza.

La confianza nace de la verdad, de la coherencia y de la palabra cumplida. Se construye lentamente con actos cotidianos de honestidad y de servicio. Pero también puede destruirse con rapidez cuando prevalecen la mentira, la corrupción, el engaño o la indiferencia.

Esta realidad alcanza todos los ámbitos de la vida. Una familia necesita confianza para permanecer unida. Una empresa la ocupa para crecer. Una comunidad la necesita para convivir. También la Iglesia está llamada a custodiarla mediante la cercanía y la fidelidad al Evangelio.

No podemos acostumbrarnos a vivir pensando que toda persona actúa movida por intereses ocultos o que toda institución merece sospechas de todo tipo. Una sociedad donde nadie confía en nadie termina encerrándose en el individualismo y haciendo cada vez más difícil trabajar juntos por el bien común.

Como creyentes sabemos que la confianza tiene una raíz aún más profunda. Antes de confiar en los demás, estamos llamados a confiar en Dios que nunca abandona a su pueblo. Desde esta confianza nacen también la capacidad de perdonar, de dialogar, de volver a empezar y de creer nuevamente en las personas.

En este contexto resulta especialmente iluminadora una reflexión del papa León XIV del pasado 12 de setiembre de 2025. En su mensaje a los participantes del III Encuentro Mundial sobre la Fraternidad Humana, celebrado en la Basílica de San Pedro, afirmó: “Necesitamos una amplia alianza humana, fundada no en el poder, sino en el cuidado; no en el lucro, sino en la generosidad; no en la sospecha, sino en la confianza. El cuidado, la generosidad y la confianza no son virtudes para el ocio: son pilares de una economía que no mata, sino que intensifica y amplía la participación en la vida”.

Costa Rica necesita reconstruir esa confianza desde todos los niveles. No será una tarea exclusiva de los gobernantes ni de las instituciones. Comienza en el hogar, continúa en la escuela, se fortalece en las comunidades, en los lugares de trabajo y en cada espacio donde una persona decide actuar con rectitud, cumplir su palabra y servir con honestidad.

La confianza nunca será fruto de la improvisación. Es una conquista diaria que exige verdad, responsabilidad y compromiso.

Pidamos al Señor que nos conceda ser personas que inspiren confianza con su manera de vivir.

Fermento 434. Martes 21 de julio, 2026

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