Recuperemos la oración en casa, la bendición de la mesa, la lectura del Evangelio, el diálogo y el testimonio

XVII Domingo Tiempo Ordinario, 26 de julio de 2026.

Fiesta Patronal Filial San Joaquín, Parroquia Santa Rosa de Lima, Pocosol, 11:00 a.m.

Hoy esta comunidad vive un día de mucha alegría. Nos hemos reunido para celebrar la fiesta patronal en honor de San Joaquín, padre de la Santísima Virgen María y esposo de Santa Ana. Es la fiesta del patrono, el hombre que Dios escogió para formar, junto con Santa Ana, el hogar donde crecería María, la mujer que un día diría sí al proyecto de Dios y llegaría a ser la Madre de Jesucristo.

Y precisamente la Palabra de Dios, de este XVII Domingo Ordinario, que acabamos de escuchar parece haber sido escogida para esta fiesta. Nos invita a preguntarnos qué es lo verdaderamente importante en la vida, dónde está nuestro tesoro y qué es lo que da sentido a nuestra existencia. Son preguntas que también respondió San Joaquín con toda su vida.

La primera lectura nos presenta al rey Salomón. Dios le ofrece pedir lo que quiera. Cualquiera habría pensado en riqueza, poder, éxito o una larga vida. Sin embargo, Salomón pide un corazón sabio para distinguir el bien del mal y gobernar según la voluntad de Dios. Esa fue la mejor petición que pudo hacer, porque quien tiene sabiduría aprende a mirar la vida con los ojos de Dios.

También San Joaquín fue un hombre de corazón sabio. Aunque los evangelios no cuentan su historia, la tradición de la Iglesia nos lo presenta como un hombre justo, creyente, trabajador y profundamente confiado en el Señor. La mayor riqueza que dejó no fue una herencia material, sino una herencia de fe. Gracias al ambiente de oración, de amor y de fidelidad que vivieron San Joaquín y Santa Ana, María aprendió desde niña a escuchar la voz de Dios. Ningún padre o madre puede dejar un regalo más grande a sus hijos que enseñarles a confiar en el Señor.

¡Qué actual resulta esta enseñanza! Vivimos preocupados por asegurar el futuro de los hijos, por ofrecerles estudios, bienes materiales, oportunidades y comodidades. Todo eso es importante, pero nunca debemos olvidar que la primera responsabilidad de una familia cristiana es transmitir la fe.

El salmo responsorial nos recordaba que la Palabra del Señor vale más que el oro y la plata. Esta parece una afirmación extraña en una sociedad que mide el éxito por lo que se tiene, por lo que se compra o por la imagen que se proyecta. Sin embargo, todos sabemos que el dinero no compra una conciencia tranquila, una familia unida, una amistad sincera o la paz del corazón. Solo Dios puede regalar esa paz.

En el evangelio de San Mateo, Jesús habla del tesoro escondido y de la perla de gran valor. Quien los encuentra vende todo con alegría porque descubre algo infinitamente mejor. Ese tesoro es el Reino de Dios. Cuando una persona encuentra de verdad a Cristo, cambia su manera de vivir y de valorar las cosas. Esto no significa despreciar el trabajo, la familia o los bienes materiales, sino colocarlos en el lugar correcto. Dios ocupa el primer lugar y todo lo demás encuentra su sentido.

San Joaquín comprendió muy bien cuál era el verdadero tesoro. No vivió para buscar prestigio ni reconocimiento, sino para ser fiel a Dios en lo cotidiano, en el trabajo, en su matrimonio, en la educación de su hija y en la esperanza. Esa fidelidad sencilla hizo posible que, en aquella familia, Dios preparara la llegada del Salvador.

Por eso celebrar hoy a San Joaquín no consiste solamente en recordar un personaje del pasado. Significa preguntarnos si nosotros estamos construyendo hogares donde Dios pueda habitar, los niños aprendan a rezar, los abuelos transmitan la fe, los padres den ejemplo con su vida y donde los jóvenes descubran que seguir a Cristo vale la pena.

Y esta fiesta patronal también les interpela como comunidad cristiana. Un patrono es un modelo de vida. Si decimos que San Joaquín es el patrono de la comunidad, entonces estamos llamados a parecernos un poco más a él, es decir, a ser personas de fe, de oración, de trabajo honrado, familias unidas y de esperanza firme en Dios.

San Pablo nos recordaba, en la segunda lectura de romanos, que “todo sirve para el bien de los que aman a Dios”. Esa no es una frase para repetir de memoria, sino una invitación a confiar incluso cuando las cosas no salen como esperamos. San Joaquín y Santa Ana conocieron también la prueba, la espera y la incertidumbre, pero nunca dejaron de confiar. Esa confianza permitió que Dios realizara en ellos un proyecto mucho más grande de lo que podían imaginar.

Al terminar esta celebración quisiera proponerles tres compromisos muy sencillos. Primero, pidamos todos los días un corazón sabio, como lo hizo Salomón. Antes de pedir tantas cosas al Señor, aprendamos a pedir la gracia de saber elegir siempre el bien.

Segundo, hagamos de nuestras familias pequeñas escuelas de fe. Recuperemos la oración en casa, la bendición de la mesa, la lectura del Evangelio, el diálogo y el testimonio. La fe no se transmite únicamente con palabras; se transmite sobre todo con el ejemplo.

Y tercero, que esta fiesta patronal no termine hoy. Que el ejemplo de San Joaquín inspire nuestra manera de vivir durante todo el año. Que cada uno pueda aportar algo para hacer de esta filial una comunidad más unida, más fraterna, más misionera y más comprometida con quienes más necesitan de nosotros.

Pidámosle hoy a San Joaquín que interceda por las familias, los padres y madres, los abuelos, los niños y jóvenes, y por toda esta comunidad. Que nos enseñe a descubrir que el mayor tesoro no está en lo que tenemos, sino en vivir según la voluntad de Dios. Si ponemos a Cristo en el centro de nuestra vida, como lo hizo la familia de Nazaret preparada por San Joaquín y Santa Ana, también nosotros podremos dejar a las futuras generaciones la herencia más valiosa: una fe viva, una esperanza firme y un amor que nunca pasa. Así sea. Amén.

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