Resucitamos cuando elegimos la vida, cuando defendemos la dignidad de los demás

Solemnísima Vigilia Pascual.
Sábado Santo, 4 de abril de 2026.
Catedral de Ciudad Quesada, 7:00 p.m.

En esta noche santa la Iglesia entera permanece en vela. No es una vigilia cualquiera. Es la madre de todas las vigilias, la noche en que celebramos el acontecimiento que está en el centro de nuestra fe: Cristo ha resucitado. Si Cristo no hubiera resucitado, nuestra fe sería vacía, nuestra esperanza una ilusión y la muerte tendría la última palabra. Pero esta noche proclamamos con alegría que la muerte ha sido vencida y que la vida ha triunfado para siempre.

Toda la liturgia de la palabra de esta Vigilia nos ha hecho recorrer la historia de la salvación. Hemos escuchado cómo Dios ha ido preparando, paso a paso, la victoria definitiva sobre la muerte en Cristo.

Comenzamos, en la primera lectura del Génesis, con el relato de la creación. Dios crea el mundo de la nada, separa la luz de las tinieblas y hace surgir la vida. Desde el principio Dios se revela como el Dios de la vida, el Dios que quiere que el ser humano viva y sea feliz. Pero también sabemos que el pecado introdujo el desorden, el sufrimiento y la muerte en la historia humana.

Después escuchamos, también del Génesis, el relato del sacrificio de Isaac. En aquella escena dramática aparece la fe de Abraham, que confía plenamente en Dios. Y allí se nos anticipa un misterio más grande: Dios mismo entregará a su Hijo. Lo que a Abraham se le detuvo en el último momento, Dios lo realizará plenamente por amor a la humanidad.

En la tercera lectura, en el relato del Éxodo contemplamos al pueblo de Israel atravesando el Mar Rojo. Parecía que todo estaba perdido: delante el mar, detrás el ejército del faraón. Sin embargo, Dios abre un camino donde no lo había. El pueblo pasa de la esclavitud a la libertad, de la amenaza de muerte a la vida. Ese paso es una imagen poderosa de lo que Cristo realizará de manera definitiva: un paso de la muerte a la vida, una Pascua nueva y eterna.

Los profetas que hemos escuchado, Isaías, Ezequiel, Baruc, nos recuerdan el amor fiel de Dios. A pesar de las infidelidades del pueblo, Dios no abandona a sus hijos. Promete una alianza nueva, derramar agua pura, dar un corazón nuevo y un espíritu nuevo. Es la promesa de una vida renovada desde dentro, una vida que vence el pecado y la muerte.

Todas esas promesas llegan a su cumplimiento en Jesucristo. El evangelio de esta noche según San Mateo nos presenta a las mujeres que van al sepulcro al amanecer. Van con tristeza, con el corazón herido, pensando que todo había terminado. Pero encuentran la tumba vacía y escuchan el anuncio que cambia la historia: “No está aquí, ha resucitado”.

La resurrección de Cristo no es simplemente un recuerdo hermoso ni una metáfora. Es un acontecimiento real, el hecho más grande de la historia. Jesús, que fue crucificado y murió, ahora vive para siempre. Y al resucitar ha derrotado al enemigo más grande del ser humano: la muerte.

Por eso la resurrección es el dato central de nuestra fe. Los primeros cristianos no salieron al mundo a predicar una idea, ni una filosofía, ni una moral. Salieron a anunciar un acontecimiento: ¡Jesucristo vive! Y porque Él vive, también nosotros estamos llamados a vivir de una manera nueva.

San Pablo lo decía con fuerza en la carta a los Romanos que hemos escuchado: por el bautismo hemos sido sepultados con Cristo para participar también de su resurrección. Esto significa que la Pascua no es solo algo que celebramos, sino una realidad que transforma nuestra vida.

Por eso surge una pregunta muy importante para nosotros: ¿Cómo podemos resucitar hoy?

Resucitar hoy significa dejar que Cristo transforme nuestras tinieblas en luz. Significa pasar del egoísmo al amor, de la desesperanza a la confianza, del pecado a la gracia. Resucitamos cuando perdonamos en lugar de guardar rencor. Resucitamos cuando elegimos la vida, cuando defendemos la dignidad de los demás, cuando sembramos esperanza en medio de tanta tristeza.

Nuestro mundo está lleno de signos de muerte: violencia, divisiones, guerras, injusticias, indiferencia, soledad. Muchas personas viven sin esperanza, como si la muerte tuviera la última palabra. Pero los cristianos estamos llamados a ser testigos de la resurrección. Nuestra vida debería anunciar que Cristo está vivo y da vida.

Y esta noche tenemos un signo muy hermoso de esa vida nueva que Dios quiere regalar. Dentro de unos momentos cinco hermanos adultos recibirán los sacramentos de la iniciación cristiana. Para ellos esta Vigilia Pascual no es solo una celebración: es un verdadero paso de la muerte a la vida. Por el bautismo nacerán a una vida nueva; por la confirmación recibirán la fuerza del Espíritu Santo; y por primera vez participarán plenamente de la Eucaristía. La Iglesia entera se alegra con ustedes, queridos hermanos, porque hoy el Señor realiza en su vida una Pascua personal.

También 43 hermanos del Camino Neocatecumenal celebran un rito significativo en su camino de fe. Renovarán con nosotros sus promesas bautismales. Su proceso es un recordatorio para todos nosotros de que la vida cristiana es un camino continuo de conversión, un camino en el que Dios nos va conduciendo poco a poco hacia una fe más profunda y madura.

Toda esta liturgia nos recuerda que la resurrección no es solo algo que ocurrió hace dos mil años. La resurrección está sucediendo hoy, aquí, en medio de nosotros, cada vez que alguien abre su corazón a Cristo y permite que Él renueve su vida.

Las mujeres del Evangelio recibieron una misión muy clara: ir y anunciar la buena noticia. No podían quedarse en silencio. Habían visto el sepulcro vacío, habían escuchado al Señor, y ahora debían comunicar esa alegría a los demás.

Esa misma misión es para nosotros. Cada bautizado está llamado a ser un testigo de la resurrección. No necesariamente con grandes discursos, sino con la vida: con la alegría, con la esperanza, con la fe que se mantiene incluso en medio de las dificultades.

En esta Eucaristía pascual por excelencia, pedimos que esta noche santa renueve profundamente nuestro corazón. Que volvamos a creer con toda nuestra alma que Cristo ha vencido la muerte. Y que, unidos a Él, también nosotros estamos llamados a vivir una vida nueva.

Pidamos al Señor que esta Pascua transforme nuestras comunidades, nuestras familias y nuestro mundo. Que donde haya tristeza nazca la esperanza, donde haya oscuridad brille la luz, y donde haya muerte florezca la vida.

Porque esta es la gran noticia que cambia todo: ¡Cristo ha resucitado! Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya, aleluya, aleluya. Amén.

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