Solo quien permanece con el Señor en la hora de la cruz podrá también compartir la alegría de su resurrección

Miércoles Santo, 1 de abril de 2026.

Catedral de Ciudad Quesada, 8:00 a.m.

En el camino hacia la Pascua, la liturgia del Miércoles Santo nos sitúa ante uno de los momentos más dolorosos del Evangelio: la traición de Judas. Cuánto habrá impactado al grupo de los apóstoles y a la primitiva comunidad eclesial este hecho dramático, hasta el punto de que se repite dos veces en la Semana Santa. El relato de Evangelio según San Mateo nos presenta a Jesús en la intimidad de la mesa con sus discípulos, y en medio de ese ambiente de confianza surge una realidad que hiere profundamente el corazón del Maestro: uno de los suyos lo va a entregar. La traición no viene de un enemigo lejano, sino de alguien que ha caminado con Él, que ha escuchado sus enseñanzas y ha compartido su mesa.

Este episodio del Evangelio según San Mateo se comprende mejor a la luz del texto del profeta Isaías que hemos escuchado en la primera lectura. Allí aparece la figura del Siervo del Señor, un hombre fiel que escucha cada mañana la palabra de Dios y que, aun en medio del sufrimiento y la humillación, permanece firme. El profeta pone en sus labios palabras muy fuertes: “Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que me arrancaban la barba; no escondí el rostro ante insultos y salivazos”. Este retrato parece anticipar claramente lo que Jesús vivirá en los días de su pasión.

El Siervo no responde con violencia ni con resentimiento. Su fuerza nace de la confianza en Dios: “El Señor me ayuda, por eso no quedaré confundido”. Esta actitud es clave para comprender la pasión de Cristo. Jesús no camina hacia la cruz como una víctima desesperada, sino como el Hijo que confía plenamente en el Padre. Incluso cuando es traicionado, no pierde la serenidad ni el amor.

El salmo responsorial profundiza en este sentimiento de dolor. El salmista expresa la experiencia del rechazo y la incomprensión: “La afrenta me destroza el corazón, y desfallezco”. Son palabras que reflejan el sufrimiento interior que provoca la traición. No es solo el dolor físico lo que pesa, sino el dolor del abandono y de la ingratitud. Quien ama de verdad sabe cuánto duele ser herido por alguien cercano.

Volviendo al Evangelio, vemos que Jesús, durante la última cena, anuncia con claridad: “Uno de ustedes me va a entregar”. Los discípulos se quedan desconcertados y comienzan a preguntarse uno por uno: “¿Soy yo, Señor?”. Es significativo que ninguno señale inmediatamente a otro. Cada uno mira primero dentro de sí mismo. Esa pregunta revela una actitud de humildad y de conciencia de la propia fragilidad.

En cambio, la figura de Judas Iscariote aparece marcada por una contradicción profunda. Él también pregunta: “¿Acaso soy yo, Maestro?”. Pero su pregunta parece vacía y cínica, porque ya ha tomado la decisión de entregar a Jesús. La tragedia de Judas no consiste solamente en la traición, sino en el cierre de su corazón a la verdad y al amor que ha recibido durante tanto tiempo por parte del Señor.

Este pasaje nos invita a hacer un examen interior en estos días santos. El Evangelio no está puesto delante de nosotros para juzgar a Judas, sino para preguntarnos por nuestra propia fidelidad. También nosotros, muchas veces, podemos traicionar al Señor cuando dejamos que el egoísmo, la indiferencia o el pecado ocupen el lugar del amor.

Sin embargo, el mensaje de este día no es solo de tristeza. Incluso en medio de la traición, Jesús sigue ofreciendo su amistad y su amor. Él no responde con odio, ni expulsa a Judas de la mesa. Permanece fiel a su misión de amar hasta el extremo. Esa fidelidad revela el corazón misericordioso de Dios.

El Miércoles Santo nos recuerda que el camino hacia la Pascua pasa por la prueba, la incomprensión y el sufrimiento, pero también por la confianza absoluta en el Señor. Como el Siervo de Isaías, Jesús sabe que el Padre está con Él y que el mal no tendrá la última palabra.

Al acercarnos a los días más intensos de la Semana Santa, la liturgia nos invita a mirar nuestro corazón con sinceridad. La pregunta de los discípulos —“¿Soy yo, Señor?”— puede convertirse también en nuestra oración. No para quedarnos en la culpa, sino para abrirnos a la gracia que transforma la vida.

Pidamos al Señor en esta Eucaristía que nos conceda un corazón fiel, capaz de escuchar su palabra cada día, como el Siervo del profeta. Que, aun en medio de nuestras debilidades, podamos permanecer cerca de Cristo y caminar con Él hasta la luz de la Pascua. Porque solo quien permanece con el Señor en la hora de la cruz podrá también compartir la alegría de su resurrección.

Que así sea, amén.

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