Somos testigos de la resurrección cuando vivimos con esperanza

Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor, 5 de abril de 2026.

Catedral de Ciudad Quesada, 10:00 a.m.

Hermanos todos:

¡Cristo ha resucitado! ¡Verdaderamente ha resucitado! Este es el anuncio que llena de luz, alegría y sentido nuestra fe. Hoy no celebramos una idea, ni un recuerdo, ni una enseñanza moral: celebramos un acontecimiento real que ha cambiado para siempre la historia de la humanidad. La resurrección de Jesús es el fundamento de nuestra esperanza y el corazón de nuestra vida cristiana.

Después del silencio del Sábado Santo, después del dolor de la cruz, hoy irrumpe la vida. La Iglesia entera canta con gozo, porque la muerte ha sido vencida. Como dice el salmo 117: “Este es el día que hizo el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo”. Este no es un día cualquiera; es el día nuevo, el comienzo de una creación renovada.

La Palabra de Dios nos ayuda a entrar en la profundidad de este misterio. En la primera lectura de los Hechos de los Apóstoles, Pedro da testimonio con claridad: Jesús pasó haciendo el bien, fue crucificado, pero Dios lo resucitó al tercer día. Y añade algo muy importante: nosotros somos testigos. No se trata de una historia lejana, sino de una experiencia viva que transforma a quienes la acogen.

El Evangelio de San Juan nos presenta una escena llena de humanidad y de búsqueda. María Magdalena va al sepulcro de madrugada, cuando todavía estaba oscuro. Va con el corazón herido, con la tristeza de la pérdida. Y encuentra la piedra removida. Corre a avisar a Pedro y al discípulo amado. Ellos también corren. Ven los lienzos, el sepulcro vacío… y comienzan a creer.

La resurrección no se impone con una evidencia aplastante; se revela en signos, en indicios, en un proceso interior. El discípulo amado “vio y creyó”. Es un camino que también nosotros estamos llamados a recorrer: pasar del desconcierto a la fe, de la oscuridad a la luz, del miedo a la esperanza.

Hoy comprendemos el significado propio de este día: Dios ha pronunciado su “sí” definitivo a la vida. La muerte no tiene la última palabra. El pecado no tiene el poder definitivo. El amor es más fuerte que todo. Cristo, al resucitar, inaugura una vida nueva que ya no está sometida a la muerte.

Por eso, la Pascua es ante todo una fiesta de alegría. No una alegría superficial o pasajera, sino la alegría profunda, que nace de saber que no estamos solos, que nuestra vida tiene un sentido, que el mal no vencerá. La liturgia de hoy nos invita a cantar, a alabar, a dar gracias. Como proclama la secuencia de Pascua: “La muerte y la vida se enfrentaron en singular batalla, y, muerto el que es la Vida, triunfante se levanta”. Esta es la fuente de nuestra alegría: el Viviente ha vencido. Pero esta alegría no se queda en lo íntimo; ha de convertirse en testimonio. Un cristiano pascual es alguien que irradia esperanza, incluso en medio de las dificultades. Alguien que, sin negar el dolor, sabe que la última palabra la tiene Dios.

San Pablo, en la segunda lectura de la carta a los Colosenses, nos da una clave fundamental para comprender qué significa vivir la Pascua: “Busquen los bienes de arriba, donde está Cristo”. Y añade: “Su vida está escondida con Cristo en Dios”. Esto no significa desentendernos del mundo, sino vivir de otra manera, con una mirada nueva y con un corazón transformado.

Vivir una vida nueva en Cristo significa dejar atrás lo que nos encierra en la muerte: el egoísmo, el rencor, la indiferencia, la mentira. Significa abrirnos a la vida del Resucitado, que nos impulsa a amar, perdonar, construir y servir. Significa también reconocer que ya hemos resucitado con Él, aunque todavía caminemos en medio de fragilidades. Nuestra vida no termina en el sepulcro. Estamos llamados a la plenitud, a la comunión con Dios, a la vida eterna. Y esta verdad es especialmente necesaria en el mundo en que vivimos. Un mundo donde vemos tantos signos de muerte: violencia, injusticia, soledad, desesperanza, descarte de los más débiles. Frente a todo esto, la Pascua se levanta como una proclamación firme: la vida tiene la última palabra. Celebrar la Pascua es afirmar la dignidad de cada persona, es defender la vida en todas sus etapas, es apostar por la reconciliación, es creer que el cambio es posible. Es no resignarse ante el mal, sino enfrentarlo con la fuerza del bien.

Entonces surge una pregunta muy importante: ¿Cómo podemos ser hoy testigos de la resurrección? Somos testigos de la resurrección cuando vivimos con esperanza, incluso en medio de las pruebas. Cuando no nos dejamos vencer por el pesimismo ni por la desesperación. Somos testigos de la resurrección cuando amamos de manera concreta: en la familia, en el trabajo, en la comunidad. Cuando tendemos la mano al que sufre, cuando escuchamos y cuando acompañamos. Somos testigos de la resurrección especialmente cuando perdonamos. El perdón es una de las expresiones más fuertes de la vida nueva. Donde hay perdón, hay resurrección. Somos testigos de la resurrección cuando elegimos la verdad, la justicia, la paz, aunque cueste. Testimoniamos la resurrección cuando nuestra fe se traduce en obras y cuando vivimos con alegría. Una alegría serena, profunda, que no depende de las circunstancias, sino de la certeza de que Cristo vive.

Queridos hermanos, hoy el Señor nos invita a salir también nosotros del sepulcro: del sepulcro de nuestros miedos, de nuestras heridas, de nuestras rutinas sin vida. Nos llama a caminar en novedad de vida. Como María Magdalena, como Pedro, como el discípulo amado, también nosotros estamos en camino. También nosotros podemos “ver y creer”. También nosotros podemos encontrarnos con el Resucitado.

Pidamos al Señor Resucitado en esta Eucaristía que renueve nuestra fe en este día de victoria, triunfo, alegría y gozo. Que haga de nosotros hombres y mujeres pascuales, llenos de luz, de alegría y de esperanza. Que nuestra vida sea un anuncio vivo de que Cristo ha resucitado. Y que, al salir de esta celebración, podamos llevar al mundo esta gran noticia: ¡el Señor vive, y con Él, la vida ha vencido para siempre!

Así sea, amén. Aleluya, aleluya, aleluya.

ÚLTIMAS NOTICIAS