Misa Crismal, Jueves Santo, 2 de abril de 2026.
Catedral de Ciudad Quesada, 10:00 a.m.
Hermanos en Cristo, Ungido del Padre:
La Misa Crismal, situada al final del camino de la Cuaresma y a las puertas del Triduo Pascual, nos reúne como Iglesia diocesana para contemplar el misterio de la unción que viene de Dios y que define profundamente nuestra identidad y misión eclesial. En este umbral sagrado, donde la penitencia cuaresmal se abre a la celebración del misterio pascual, resuena con especial fuerza la Palabra que hemos escuchado: “El Espíritu del Señor me ha ungido”. Esta afirmación, tomada del profeta Isaías y proclamada por Jesús en la sinagoga de Nazaret, según el Evangelio de San Lucas, no es solo una declaración personal, sino una revelación del modo en que Dios actúa en la historia: Él unge, consagra y envía.
La unción, en la tradición bíblica, no es un gesto externo ni meramente simbólico. Es signo eficaz de elección, consagración y misión. Cuando el profeta proclama: “El Espíritu del Señor me ha ungido”, está señalando que toda iniciativa viene de Dios, que es Él quien va adelante, capacita y envía. Jesús hace suyas estas palabras, mostrando que en Él se cumple plenamente esta promesa. Él es el Ungido por excelencia, el Mesías, el enviado del Padre para anunciar la Buena Nueva a los pobres, vendar los corazones heridos, proclamar la liberación y la gracia.
Pero esta unción no se queda únicamente en Cristo; al contrario, se desborda hacia su Cuerpo, que es la Iglesia. Por eso, el texto de Isaías nos decía: “os llamaréis sacerdotes del Señor… ministros de nuestro Dios”. Aquí aparece con claridad la dignidad del pueblo de Dios, un pueblo entero marcado por la unción. No se trata solo de una élite, sino de una vocación compartida: todos los bautizados participamos de esta consagración y somos llamados a vivir como pueblo sacerdotal. La unción bautismal y la confirmación nos configuran como miembros que pertenecemos a Dios y que estamos enviados al mundo para la misión.
Al mismo tiempo, esta dignidad común no elimina, sino que ilumina específicamente el sentido del sacerdocio ministerial. En esta celebración, los presbíteros de nuestra diócesis y algunos invitados renovarán sus promesas sacerdotales, recordando que han sido ungidos de un modo particularísimo para actuar en nombre de Cristo Cabeza y Pastor. Han sido llamados no para sí mismos, sino para el servicio del pueblo. Su identidad se comprende plenamente solo a la luz de Cristo, el “testigo fiel”, como lo presenta el libro del Apocalipsis en la segunda lectura. Él es el modelo de todo sacerdote: fiel al Padre hasta el extremo, testigo de la verdad, entregado totalmente por amor.
Ser “testigo fiel” implica vivir una coherencia profunda entre lo que se anuncia y lo que se vive. En un mundo marcado por la inestabilidad y la desconfianza, el testimonio fiel se convierte en una luz que orienta e inspira. Cristo no solo anuncia la verdad: Él es la Verdad, y su fidelidad lo llevó hasta la cruz. Desde ahí que su testimonio se convierte en salvación para todos. Los sacerdotes, configurados con Él, están llamados a reflejar esa misma fidelidad, no como una carga, sino como una gracia que sostiene su ministerio.
El texto del Apocalipsis añade otra afirmación fundamental: Cristo “nos ha hecho reino y sacerdotes para Dios, su Padre”. Esta expresión nos introduce en el corazón del misterio de la Iglesia. No somos simplemente individuos creyentes; somos un pueblo constituido como reino sacerdotal. Esto significa que toda nuestra vida está llamada a convertirse en ofrenda, alabanza, mediación entre Dios y el mundo. Cada fiel, desde su vocación concreta, participa en esta misión: santificar el mundo desde dentro, ofreciendo la propia vida como sacrificio espiritual.
Aquí se ilumina también la relación entre el sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial ordenado. No se trata de realidades opuestas ni paralelas, sino profundamente complementarias. El Concilio Vaticano II lo expresa con claridad en la constitución Lumen gentium en su n. 10: “El sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial o jerárquico, aunque se diferencian esencialmente y no sólo en grado, se ordenan sin embargo el uno al otro; ambos, en efecto, participan, cada uno a su modo, del único sacerdocio de Cristo”. Esta afirmación nos ayuda a comprender que no se trata de una diferencia simplemente de nivel, sino de naturaleza y misión. El sacerdocio ministerial está al servicio del sacerdocio común, para alimentarlo, orientarlo y fortalecerlo mediante la Palabra y los sacramentos. Y el sacerdocio común encuentra en el ministerial un signo visible de la acción de Cristo que sigue guiando a su Iglesia. Ambos brotan de la única unción de Cristo y participan, cada uno a su modo, de su única misión.
Hermanos, la Misa Crismal nos recuerda de manera concreta la dinámica de la gracia a través de la bendición de los santos óleos y la consagración del santo crisma. Estos signos materiales, sencillos, pero profundamente significativos, serán utilizados a lo largo del año en los sacramentos del bautismo, la confirmación, la unción de los enfermos y el orden sacerdotal. En ellos se hace visible que la vida cristiana está marcada por la unción, que todo el camino del creyente está impregnado de la acción del Espíritu.
Por tanto, esta celebración tiene una indiscutible finalidad pastoral y misionera: preparar al pueblo de Dios para vivir la Pascua no como un recuerdo, sino como una experiencia viva que transforma. La unción que recibimos no es para quedarnos en nosotros mismos, sino para ser enviados. Somos un pueblo de ungidos para la misión. La Pascua nos impulsa a salir, a anunciar, a servir, a sanar, a acompañar. Cada uno, según su vocación, está llamado a hacer presente a Jesús en medio del mundo.
En este contexto, se vuelve especialmente importante preguntarnos: ¿Cómo actuamos en cuanto ungidos? Desde el sacerdocio común, estamos llamados a vivir nuestra fe en lo cotidiano, en la familia, en el trabajo, en la sociedad, siendo signos de esperanza, de justicia y de amor. Desde el sacerdocio ministerial, se nos pide ser servidores fieles, cercanos y disponibles, que acompañan al pueblo con el corazón del Buen Pastor. En ambos casos, la clave está en dejarnos guiar por el Espíritu, en vivir desde la unción recibida.
Hermanos, al acercarnos al Triduo Pascual, la Iglesia nos invita a renovar nuestra conciencia de ser un pueblo consagrado. No somos fruto de la casualidad, sino de una elección amorosa de Dios. Hemos sido ungidos para una misión concreta: anunciar el Evangelio, construir el Reino, ser testigos fieles. Que esta Misa Crismal renueve en todos nosotros la alegría de nuestra vocación, fortalezca a nuestros sacerdotes en su entrega y nos impulse a vivir con mayor fidelidad la gracia que hemos recibido.
Que, al contemplar a Cristo, el Ungido del Padre, podamos reconocer también nuestra propia unción y responder con generosidad. Y que, fortalecidos por esta celebración, crucemos el umbral del Triduo Pascual con un corazón dispuesto, sabiendo que hemos sido consagrados para amar y servir como lo hizo Jesús: entregándose hasta la muerte por nuestra salvación.
Así sea, amén.
