Solemnidad de la Ascensión del Señor.
Sábado 16 de mayo de 2026.
Sacramento de la Confirmación.
Parroquia Santa Rosa de Lima, Pocosol, 4:00 p.m.
Hermanos todos en el Señor, especialmente queridos confirmandos:
Celebramos con alegría la solemnidad de la Ascensión del Señor y, en este mismo marco, varios hermanos recibirán el sacramento de la Confirmación. La liturgia de este día nos permite comprender que no se trata de dos celebraciones separadas, sino profundamente unidas: Cristo asciende al Padre, permanece vivo en medio de su Iglesia y envía al Espíritu Santo para fortalecer a sus discípulos y enviarlos en misión. Ascensión, Confirmación y misión forman parte de un mismo misterio de fe.
El Evangelio de San Mateo nos presenta a Jesús Resucitado reuniéndose con sus discípulos en Galilea. Allí les entrega el gran mandato: “Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos”. Es notable que Jesús pronuncia estas palabras en el momento de su despedida visible. Pero no abandona a los suyos; al contrario, les confía una misión y les promete su presencia: “Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”. La Ascensión no significa ausencia, sino una nueva manera de presencia del Señor. Jesús ya no está limitado por el espacio y el tiempo; ahora acompaña a su Iglesia en todo lugar y en todo momento.
Los Hechos de los Apóstoles, en la primera lectura, nos muestran a los discípulos mirando al cielo después de que Jesús asciende. Los ángeles les dicen: “¿Qué hacen allí mirando al cielo?”. Es una invitación a comprender que la fe no consiste en quedarse inmóviles, nostálgicos o temerosos, sino en ponerse en camino. La Ascensión abre el tiempo de la Iglesia, de la misión y del testimonio. Jesús sube al cielo, pero deja a sus discípulos en la tierra con una tarea concreta y misión: anunciar el Evangelio y ser signos vivos de esperanza.
Y precisamente eso es lo que hoy ocurre con quienes van a ser confirmados. La Confirmación no es una graduación de la catequesis ni un simple rito social o familiar. Es un verdadero sacramento, un don del Espíritu Santo que fortalece la vida bautismal y capacita para vivir y defender la fe con madurez.
Hoy el Señor les dice a ustedes, queridos confirmandos: “Ahora les toca ser mis testigos”. La Confirmación los incorpora más profundamente a la misión de la Iglesia. Ya no pueden ser espectadores de la fe; están llamados a ser discípulos comprometidos y misioneros valientes donde quiera que estén.
San Pablo, en la segunda lectura de su carta a los Efesios, pide que Dios conceda “un espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo plenamente”. La fe no es solo aprender doctrina; es abrir el corazón para conocer a Jesús, amarlo y seguirlo. Por eso la Confirmación es tan importante: porque el Espíritu Santo viene a fortalecer aquello que muchas veces es débil en nosotros. El Espíritu da valentía al que tiene miedo, firmeza al que duda, esperanza al que se desanima y fidelidad al que quiere perseverar.
Vivimos en un mundo donde la fe muchas veces se debilita fácilmente. Hay personas que, después de recibir la Confirmación, se alejan de la Iglesia porque sienten otras voces más fuertes: la indiferencia, el relativismo, la superficialidad, la presión social o la falsa idea de que creer ya no tiene importancia. Por eso hoy la Iglesia les recuerda algo fundamental: la Confirmación no es un final; es un comienzo. Después de hoy necesitarán perseverar en la fe, permanecer unidos a Cristo y permanecer dentro de la comunidad eclesial.
Nadie puede vivir la fe solo. El cristiano aislado termina debilitándose. Permanecer en la Iglesia significa seguir alimentándose de la Eucaristía, acercarse al sacramento de la Reconciliación, escuchar la Palabra de Dios, participar en la comunidad y mantener una vida de oración. Así como una brasa separada del fuego termina apagándose, también la fe se enfría cuando uno se aleja de la comunidad cristiana. La Iglesia no es perfecta porque está formada por hombres y mujeres frágiles, pero es el lugar donde Jesús sigue actuando y donde el Espíritu Santo continúa derramando sus dones.
Dentro de unos momentos, uno de los signos más hermosos de este sacramento será la unción con el santo crisma. El obispo marcará la frente de cada confirmando con el óleo perfumado diciendo: “Recibe por esta señal el don del Espíritu Santo”. No es un gesto vacío. En la Biblia, la unción significa elección, consagración y misión. Eran ungidos los reyes, los profetas y los sacerdotes. La unción indica que una persona pertenece especialmente a Dios y que ha sido enviada para una tarea.
El santo crisma tiene además un aroma particular. Ese perfume simboliza que el cristiano debe esparcir el buen olor de Cristo en el mundo. Allí donde haya violencia, ustedes deben llevar paz; donde haya mentira, llevar verdad; donde haya desesperanza, llevar esperanza; donde haya egoísmo, llevar amor. El Espíritu Santo no se recibe para guardarlo egoístamente, sino para compartirlo en la vida diaria, en la familia, en los estudios, en el trabajo, entre los amigos y en toda la sociedad.
La unción también deja una marca espiritual indeleble. Así como nadie puede borrar el Bautismo, tampoco nadie puede borrar la Confirmación. Aunque una persona se aleje, Dios nunca retira su amor ni el sello de su Espíritu. Por eso este sacramento es también una responsabilidad. El Señor confía en ustedes y espera que respondan con fidelidad.
La Ascensión del Señor nos recuerda hacia dónde caminamos. Nuestra meta definitiva es el cielo. Cristo ha subido al Padre para abrirnos el camino y para mostrarnos que la vida no termina en esta tierra. Pero mientras caminamos hacia esa meta, tenemos una misión concreta aquí y ahora. No podemos vivir encerrados en nosotros mismos. El cristiano confirmado está llamado a ser testigo. Tal vez no todos predicarán desde un púlpito, pero todos pueden anunciar a Cristo con su manera de vivir, con sus decisiones, con su honestidad, con su capacidad de perdonar y servir.
Queridos confirmandos: hoy el Señor los fortalece con su Espíritu. No tengan miedo de vivir su fe, no se avergüencen de Jesús. Permanezcan en la Iglesia incluso cuando aparezcan dificultades o dudas. Busquen siempre la ayuda del Espíritu Santo. Él los sostendrá en los momentos de prueba y les recordará que nunca están solos.
Y a toda la comunidad aquí reunida, esta celebración también nos interpela a todos. No basta con pedir a estos confirmandos que perseveren; debemos acompañarlos, escucharlos y darles testimonio con nuestra propia vida. Una Iglesia viva necesita familias creyentes, comunidades acogedoras y cristianos coherentes.
Hoy Cristo asciende al cielo, pero no se desentiende del mundo. Desde la gloria del Padre sigue guiando a su Iglesia y derramando su Espíritu sobre nosotros. Que esta Eucaristía renueve nuestra esperanza y que el Espíritu Santo haga de estos confirmandos discípulos firmes en la fe, perseverantes en la Iglesia y generosos en la misión que deben cumplir en el mundo.
Así sea, amén.
