VI Domingo de Pascua.
Sacramento de la Confirmación, sábado 9 de mayo, Parroquia San José de Aguas Zarcas, 3:00 p.m.
Nos reunimos en esta querida Parroquia San José de Aguas Zarcas, en el contexto del VI Domingo de Pascua, un tiempo en el que la Iglesia nos invita a mirar hacia adelante, hacia la plenitud del misterio pascual que culminará en la Ascensión del Señor y en Pentecostés. No es casualidad que, en este ambiente de promesa y de espera del Espíritu Santo, celebremos esta tarde el sacramento de la Confirmación. Todo converge: la Palabra de Dios que hemos escuchado, la vida de la Iglesia y el paso que hoy dan ustedes, queridos confirmandos.
El Evangelio de San Juan nos sitúa en un momento muy especial: Jesús está en el cenáculo, en su discurso de despedida. Sabe que sus discípulos experimentarán incertidumbre, miedo y hasta tristeza por su partida. Por eso les hace una promesa que atraviesa los siglos y llega hoy hasta nosotros: “No los dejaré desamparados”. Y añade algo fundamental: “Yo rogaré al Padre y les dará otro Paráclito, para que esté siempre con ustedes”. Esa palabra, “Paráclito”, significa defensor, consolador, el que está al lado para sostener, animar y guiar.
Este es el mismo Espíritu que hoy ustedes reciben de manera plena en la Confirmación. No es un símbolo vacío ni un simple rito de paso. Es una presencia real, viva, eficaz. El Espíritu Santo no es una idea ni una emoción pasajera: es Dios mismo actuando en ustedes, habitando en ustedes, impulsando su vida desde dentro.
La primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, nos muestra cómo, desde el inicio de la Iglesia, el Espíritu Santo es fuerza e impulso misionero. Los samaritanos habían acogido la Palabra, pero Pedro y Juan bajan para orar por ellos e imponerles las manos, para que reciban el Espíritu Santo. Vemos aquí una imagen clara de lo que hoy sucederá con ustedes, confirmandos: la imposición de manos y la oración de la Iglesia continúan esa misma tradición apostólica.
Ustedes no están solos; están insertos en una historia viva que comenzó con los apóstoles y continúa hoy a través del sacramento.
Pero hay un signo muy concreto que quiero destacar especialmente: la unción con el santo crisma. Cuando el obispo unge la frente del confirmando, diciendo: “Recibe por esta señal el don del Espíritu Santo”, está ocurriendo algo profundamente significativo. El crisma es aceite perfumado, consagrado, que en la tradición bíblica y de la Iglesia tiene varios sentidos. Primero, es signo de consagración: en el Antiguo Testamento eran ungidos los reyes, los profetas y los sacerdotes. Ser ungido significaba ser elegido por Dios para una misión. Hoy, ustedes son ungidos porque Dios los elige y los envía. No para algo pequeño, sino para ser testigos de Cristo en el mundo. Segundo, el aceite penetra, se introduce, no se queda en la superficie; así es la acción del Espíritu Santo, no es algo externo, sino que transforma el corazón, la mente, la manera de ver la vida. Si ustedes se abren de verdad, el Espíritu irá moldeando sus decisiones, sus prioridades, sus relaciones. Y tercero, el perfume del crisma evoca la buena fragancia de Cristo: el cristiano está llamado a “oler a Cristo”, es decir, a reflejar su amor, su verdad, su misericordia. Que quien se acerque a ustedes pueda percibir algo distinto: una forma de vivir que habla de Dios.
Ahora bien, todo esto es un don, pero también implica una responsabilidad. La segunda lectura, de la primera carta de Pedro, nos plantea un desafío muy concreto: “Estén siempre dispuestos a dar razón de su esperanza a todo el que se la pida”. Esto es clave: ser confirmados no significa “graduarse” de la fe, como si ya hubieran terminado un proceso. Al contrario, significa asumir la fe de manera más consciente, madura y comprometida.
Dar razón de la esperanza es vivir de tal manera que los demás se pregunten: ¿por qué esta persona vive así?, ¿de dónde saca su fuerza?, ¿por qué no se deja arrastrar por el pesimismo, la superficialidad o el vacío? Y entonces, con sencillez y respeto, poder decir: es Cristo, es el Espíritu Santo que actúa en mí.
Aquí aparecen también los retos concretos. Vivimos en un mundo que, como dice el Evangelio, “no puede recibir al Espíritu porque no lo ve ni lo conoce”. Hay otros criterios, otras mentalidades. Muchas veces se relativiza la verdad, se confunde el bien con el mal, se llama bueno a lo que no lo es y se descarta lo que sí construye la vida. En medio de esto, ustedes están llamados a ser una luz que orienta, que acompaña, que muestra caminos.
Confirmandos, la experiencia del testimonio no será fácil. Tendrán momentos de duda, de presión y de cansancio. Habrá tentaciones de vivir una fe superficial o de dejarla de lado. Por eso es tan importante recordar que el Espíritu Santo es también fortaleza. Él sostiene cuando faltan las fuerzas, ilumina cuando hay confusión, consuela cuando hay tristeza.
Hermanos, el Espíritu necesita que ustedes lo invoquen, que lo escuchen, que se dejen guiar por él. ¿Cómo hacerlo? A través de la oración, de la vida sacramental —especialmente la Eucaristía—, de la escucha de la Palabra de Dios, y de la vida en comunidad. Un cristiano aislado se debilita; un cristiano en comunidad crece y se fortalece.
Queridos confirmandos, hoy el Señor les dice, como a los discípulos: “No los dejaré desamparados”. Esa es la certeza que debe acompañarlos siempre. No importa lo que venga, no importa lo que el mundo proponga o exija, ustedes no están solos. El Espíritu Santo habita en ustedes. Por eso, al recibir la unción con el santo crisma piensen en la misión que comienza, Dios confía en ustedes, la Iglesia espera en ustedes. Sus familias, padrinos y la comunidad los quiere acompañar en su experiencia de fe que debe continuar y perseverar en la Iglesia.
Que esta Eucaristía nos disponga a todos a abrir el corazón a la acción de Dios, que podamos dejarnos conducir por el Espíritu de la verdad, el que nos guía a la vida plena. Y que, al salir de aquí, cada uno de ustedes, confirmandos, pueda vivir con alegría, convicción y valentía su fe, siendo verdaderos testigos de Cristo en medio del mundo. Así sea, amén.
