“Volver a Casa: el abrazo que nos espera”

La parábola del padre misericordioso como experiencia de vida para la Semana Santa (cfr. Lucas 15,11-32).

Catequesis para el Martes Santo, 31 de marzo de 2026, Catedral de Ciudad Quesada, 7:00 p.m.

1.- Introducción: Martes Santo, un día para mirarnos por dentro:

La Semana Santa no es solo el recuerdo de unos hechos pasados; es un tiempo privilegiado para dejarnos mirar por Dios y para mirarnos a nosotros mismos con verdad. El Martes Santo, en particular, nos invita al silencio interior, a detener el paso acelerado de nuestra vida y a preguntarnos con honestidad: ¿dónde estoy yo en mi relación con Dios? ¿cómo me miro como hijo de Dios? ¿cómo estoy y cómo me siento internamente?

La parábola del hijo pródigo —o mejor llamada, del Padre misericordioso— que encontramos en el capítulo 15 del Evangelio de San Lucas, es una de las páginas más conmovedoras y bellas de todo el Evangelio. En ella se condensa el corazón del mensaje cristiano: un Dios que no se cansa de amar, que espera, que sale al encuentro y que perdona sin humillar.

En este Martes Santo, la Iglesia nos propone este texto como una llave espiritual para entrar en el misterio pascual: solo quien se deja abrazar por la misericordia puede comprender la cruz y la resurrección como fundamento de nuestra fe cristiana.

2.- Un hijo que se va: la ilusión de una libertad sin el padre:

«Padre, dame la parte de la herencia que me corresponde». Con esta frase comienza el drama. El hijo menor no pide algo malo en apariencia; pide lo suyo, lo que le correspondería por herencia. Pero en el fondo, lo que le está diciendo: no te necesito. Es el deseo de construir la vida al margen del Padre, aparte, lejos, en aparente libertad, independiente, según los propios criterios y no los de Dios. Es el drama y se repite la historia de nuestros primeros padres en el Génesis.

Este hijo nos representa muchas veces. No siempre nos alejamos de Dios de manera escandalosa; a veces lo hacemos en silencio, viviendo como si Él no contara, tomando decisiones sin preguntarle, dejando que otras cosas ocupen su lugar. Buscamos la felicidad, pero lejos de la fuente.

El resultado es conocido: lo que parecía libertad termina siendo vacío y esclavitud. El evangelio dice que “malgastó su herencia llevando una vida disoluta” y que, cuando todo se acabó, llegó el hambre. El pecado siempre promete más de lo que da, y al final paga muy mal y deja en soledad.

Cuántas veces también nosotros experimentamos hambre interior, vaciedad, decepción. Hambre de sentido, de amor verdadero, hambre de paz. La buena noticia es que la historia no termina ahí.

3.- «Volviendo en sí»: el primer paso de la conversión:

El punto de inflexión del relato es una frase breve pero decisiva: «Volviendo en sí». El hijo toca fondo y, desde ahí, comienza a recordar la casa del Padre, cómo vivía, lo que tenía. No recuerda primero los bienes, sino el trato: allí incluso los jornaleros viven mejor.

La conversión empieza cuando nos atrevemos a mirar la verdad de nuestra vida sin excusas, cuando reconocemos que lejos de Dios no estamos mejor. No es todavía un acto heroico, es un acto humilde: reconocer la propia necesidad.

El hijo prepara un discurso, piensa que tendrá que ganarse el perdón. Pero aquí aparece ya una gran enseñanza: el arrepentimiento sincero abre el camino, pero el perdón de Dios siempre supera nuestras expectativas.

La Semana Santa es este momento de “volver en sí”. Es el tiempo favorable para revisar el corazón, para reconocer nuestras rupturas, para desear volver.

4.- Un padre que espera y corre: el rostro de Dios:

El verdadero protagonista de la parábola no es el hijo, sino el padre. Jesús nos revela aquí cómo es Dios. El padre ve al hijo cuando todavía está lejos. Eso significa que estaba esperando, que no le quitó nunca los ojos del camino.

Y hace algo impensable para un padre de aquella cultura: corre. No espera explicaciones, no exige garantías, no reprocha. Corre, abraza, besa. Antes de que el hijo termine su confesión, el padre ya ha decidido devolverle la dignidad.

Este es el Dios que contemplamos en la Semana Santa: un Dios que corre hacia nosotros en Cristo, que nos sale al encuentro incluso cuando estamos heridos, sucios o rotos. La cruz no es un castigo exigido por un Dios severo, sino el extremo abrazo de un Padre que prefiere sufrir Él antes que perder a sus hijos.

Confiar en la misericordia de Dios no significa minimizar el pecado, sino creer que su amor es más fuerte que nuestra miseria.

5.- El hijo mayor: cuando cuesta aceptar la misericordia:

La parábola no termina con la fiesta, sino con una pregunta abierta. El hijo mayor, que siempre estuvo en casa, no entiende la alegría del padre. Ha cumplido, ha obedecido, pero su corazón está lejos.

Este hijo nos interpela de manera especial en la vida cristiana. Podemos estar cerca de las cosas de Dios, pero lejos de su corazón. Podemos cumplir normas y, sin embargo, no alegrarnos por la conversión del otro ni experimentar la gratuidad del amor, la grandeza de la misericordia.

El padre también sale a buscar al hijo mayor. Le recuerda que todo lo suyo es de él. La misericordia no es una injusticia; es la forma más alta del amor.

6.- Conclusión: entrar en la Pascua desde el abrazo:

En este Martes Santo, la parábola del Padre misericordioso nos deja una invitación clara: volver a casa. No importa cuán lejos hayamos ido ni cuánto tiempo haya pasado. El Padre nos sigue esperando para abrazarnos misericordiosamente con su infinito perdón.

La Semana Santa no se vive bien desde el miedo, sino desde la confianza. Quien se sabe perdonado puede contemplar la cruz sin desesperación y puede esperar la resurrección con esperanza verdadera.

Acerquémonos al sacramento de la reconciliación, recuperemos la oración, dejémonos abrazar sin temor y sin condiciones. Volver a casa es siempre el comienzo de una vida nueva.

Que esta Semana Santa sea para nosotros el tiempo del regreso, del perdón recibido y de la alegría compartida. El Padre sale a nuestro encuentro hoy especialmente, pero siempre.

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