Martes Santo, 15 de abril de 2025.
Catedral de Ciudad Quesada, 8:00 a.m.
Hermanos todos en el Señor:
Seguimos avanzando en la Semana Santa del Año Jubilar de la Esperanza. La lectura del profeta Isaías nos presenta también la imagen del Siervo de Yahvé, llamado desde antes del nacimiento, cuya misión es restaurar y dar testimonio de la luz divina en medio de la oscuridad, en fin, llevar esperanza. Este mensaje de esperanza se entrelaza con el clamor del Salmo 70, en el cual el orante pide ayuda y liberación, y da fe de su total dependencia del Señor.
El segundo cántico del Siervo de Yahvé del profeta Isaías, nos habla de un llamado preexistente y trascendental. El siervo no es elegido por sus méritos, sino por la gracia de Dios, destinado a ser luz para los gentiles y a restaurar la nación. A través de su entrega a la pasión y muerte, Jesús ilumina y colma de esperanza a todas las gentes y a todos los pueblos. Hoy en día, cada uno de nosotros está llamado a responder a ese llamado divino, a buscar la transformación personal y comunitaria, a ser luz, esperanza y salvación para muchos. La esperanza del Jubileo se hace presente cuando reconocemos que, a pesar de nuestras debilidades, Dios nos capacita para cumplir una misión de amor y servicio.
El salmo 70, con el que hemos rezado, es una oración ferviente que clama a Dios por socorro y ayuda. Este salmo refleja la angustia y la necesidad de intervención divina en momentos de crisis, invitándonos a reconocer nuestra vulnerabilidad y a mirar como telón de fondo la pasión del Siervo de Dios, Jesús, que se entrega por nosotros. Por otro lado, al igual que el salmista, hoy podemos sentirnos abrumados por las injusticias, el dolor y las traiciones. Sin embargo, la esperanza se fundamenta en la certeza de que Dios escucha y actúa en favor de quienes confiamos en Él.
Escuchamos hoy, Martes Santo -según la versión del evangelio de San Juan- el anuncio de Jesús de que sería traicionado y entregado por Judas Iscariote, hecho que desconcertó al grupo de los apóstoles y que ha marcado también la historia del cristianismo para siempre. Judas encarna el drama y la tragedia de la traición motivada por intereses egoístas, sobre todo por la falta de entendimiento del profundo amor de Jesús. De verdad que no entendió ni terminó de aceptar el amor y la elección de Jesús. Cuando ello ocurre, perdemos el rumbo, la perspectiva y el sentido. En contraste con la traición, el gesto de Juan, de reclinar su cabeza en el pecho de Jesús, muestra que el amor verdadero se fundamenta en el compromiso, la entrega y sobre todo la fidelidad.
La reacción impulsiva de Pedro, de querer dar la vida por Jesús, contrastará también con la negación que él mismo hará del Señor en los momentos más dramáticos y angustiantes de su pasión. Jesús será traicionado y negado, y, así, quedará solo y abandonado.
Ante estos dramáticos acontecimientos de la pasión de Jesús que se avecina, y revisando nuestra propia experiencia de fe, podríamos preguntarnos cómo se manifiesta hoy este terrible hecho de la traición a Jesús.Diríamos que podría expresarse de maneras sutiles como descuidar la oración, dejarnos llevar por el egoísmo, la indiferencia ante el sufrimiento del prójimo y la traición a nuestros principios, valores y a la misión como discípulos del Señor.
El drama de la traición a Dios podrá venir, quizá, de la falta de discernimiento, pues, en medio del ruido de la vida moderna, olvidamos escuchar la voz de Dios. Asimismo, la traición podrá provenir del egoísmo y la búsqueda de placeres temporales, ya que, al anteponer intereses personales, olvidamos el llamado a un amor desinteresado y comunitario. Finalmente, la traición a Dios podría venir de la complacencia en la rutina espiritual, pues, al no renovar constantemente nuestra fe puede llevarnos a una traición silenciosa del compromiso que tenemos con Jesús; y lo que es peor aún, perder el primer amor y el amor constante al Señor.
En contraposición a la traición, preguntémonos qué actitudes deberíamos tener para ser fieles y no traicionar el amor de Jesús. Entre otras actitudes o acciones podríamos mencionar:
1.- Vivir en oración y escucha activa: Renovar nuestro compromiso diario con la oración nos ayuda a mantenernos en sintonía con la voluntad de Dios. Escuchar y meditar en su Palabra, como lo expresan Isaías y el Salmo, nos impulsa a actuar con justicia y amor.
2.- El arrepentimiento y la reconciliación: Siguiendo el ejemplo de Pedro, es vital reconocer nuestras fallas y buscar el perdón. La misericordia divina siempre está disponible para quien se arrepiente sinceramente.
3.- Compromiso con la comunidad: Ser testigos activos del amor de Jesús implica cuidar de los demás, compartir lo nuestro con otros y trabajar por la justicia social. En el contexto del Jubileo, se nos llama a transformar la sociedad con esperanza y solidaridad.
4.- Vivir el evangelio con autenticidad: La fidelidad se refleja en la coherencia entre nuestras palabras y acciones. Ser discípulos de Jesús significa encarnar su amor en cada gesto, desde el más pequeño acto de generosidad hasta la defensa de la dignidad humana.
Hermanos, nos ha quedado claro que este Martes Santo nos invita a meditar profundamente sobre la fidelidad y el compromiso. La traición de Judas nos alerta sobre los peligros del egoísmo y la indiferencia, mientras que la actitud de Juan y la reacción de Pedro nos muestran que el amor de Jesús es más fuerte que nuestras debilidades. En este Jubileo de la Esperanza, sintámonos llamados a renovar nuestro compromiso, a actuar con justicia y a vivir auténticamente el amor que Dios nos ha mostrado, recordando que cada día es una nueva oportunidad para ser fieles al amor de Dios.
Que esta Eucaristía nos inspire y fortalezca para mirar hacia el futuro con esperanza, sabiendo que, a pesar de las caídas, el camino de la redención y el amor incondicional siempre nos conduce de vuelta al corazón amoroso y misericordioso de Dios. Que así sea, amén.
