Lo esencial en la vida cristiana es amar y servir

XV Aniversario de la Misión de las Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento en Santa Rosa de Pocosol y Bendición de la Escuelita, Sábado 25 de octubre de 2025.

Hermanos todos, especialmente Hermanas Clarisas:

Hoy es un día de profunda gratitud y alegría, porque nos hemos reunido para dar gracias al Señor por los quince años de la misión de las Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento acá, en Santa Rosa de Pocosol, y también para celebrar con gozo la bendición de la Escuelita para los niños, un signo visible del amor de Dios que se hace servicio y caridad en medio de los más pequeños.

Los textos que hemos escuchado iluminan providencialmente el sentido de esta celebración. En la primera lectura de la carta a los Romanos, San Pablo nos recuerda: “Ya no hay condena para los que están en Cristo Jesús, porque la ley del Espíritu que da la vida en Cristo Jesús te ha liberado de la ley del pecado y de la muerte”. Esta palabra es una proclamación de libertad y de esperanza. Cristo ha venido a liberarnos para que vivamos en el Espíritu, no según la carne; no desde el egoísmo ni el miedo, sino desde la vida nueva que Él nos regala.

Esa vida nueva se hace visible cuando alguien se deja conducir por el Espíritu y se entrega por amor. Esto es precisamente lo que celebramos hoy con las Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento: consagradas que, movidas por el Espíritu, han respondido con generosidad y fidelidad al llamado del Señor, sirviendo con alegría, sencillez y entrega.

Durante estos quince años, su presencia ha sido un testimonio constante de la bondad y de la generosidad de Dios. Han colaborado con la pastoral parroquial en la catequesis, la animación litúrgica, la actividad misionera, la promoción vocacional, y han acompañado especialmente a los niños y a sus familias, estando muy cerca de quienes más necesitan, siendo reflejo de lo que proclama el salmo 23: “Del Señor es la tierra y cuanto la llena, el orbe y todos sus habitantes”. Este salmo nos recuerda que todo lo que somos y todo lo que tenemos pertenece al Señor, que la creación entera está en sus manos, y que nosotros somos administradores de su amor y de sus dones.

Las Hermanas, con su vida de oración y servicio, han reconocido esta verdad: que su tiempo, su energía y su vocación no les pertenecen, sino que son un regalo puesto al servicio del Reino.

En este día damos gracias también porque el carisma inesiano no se ha limitado a Santa Rosa. La diócesis se alegra de contar con tres casas de las Misioneras Clarisas, que son faros de oración, servicio y comunión. En cada una de ellas se irradia la espiritualidad eucarística que las anima: estar con Jesús y, desde Él, salir al encuentro de los hermanos en la oración por tantas necesidades, especialmente por los sacerdotes.

El Evangelio de hoy, según San Lucas, nos presenta la parábola de la higuera estéril. El dueño busca fruto y no lo encuentra, pero el viñador intercede: “Déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré abono, a ver si da fruto”. Es una parábola de paciencia, de esperanza, de misericordia. Dios no se cansa de esperar nuestro fruto, y nos da siempre una nueva oportunidad.

Las Hermanas, con su labor misionera, han sido esas manos del viñador que cultiva la tierra de los corazones. Han abonado con la oración, con la enseñanza, con la presencia cercana, paciente y amorosa, desde el primer Centro de atención infantil y ahora con la Escuelita que hoy bendecimos. De esta forma, continúan y siguen abriendo un campo donde el Señor quiere sembrar educación, cultura, espiritualidad y desarrollo integral que dignifica. Esta Escuelita no es sólo un edificio, es un signo de amor y esperanza para los niños más necesitados, para las madres que luchan cada día por sacar adelante a sus hijos, para tantas familias que encuentran aquí una luz en medio de sus dificultades.

Jesús nos recuerda en el Evangelio que lo que hagamos a los pequeños, a los pobres, a los vulnerables, a Él se lo hacemos. Por eso, esta obra que hoy bendecimos es una respuesta concreta del amor de la Iglesia hacia los más frágiles. No podemos ser indiferentes ante el sufrimiento de los niños, ni ante las madres que trabajan solas para alimentar y educar a sus hijos. La Iglesia, siguiendo a su Maestro, está llamada a cuidar la vida en todas sus formas, especialmente donde la vida está amenazada o herida por la pobreza, la indiferencia y la falta de oportunidades.

Queridas Hermanas, la misión de ustedes es una prolongación del amor de Cristo en medio de esta comunidad. Gracias por su presencia silenciosa, por su testimonio alegre, por su fidelidad sin condiciones. Gracias por estos quince años de oración, de servicio y de entrega. Gracias por ayudarnos a recordar que lo esencial en la vida cristiana es amar y servir, dejando que el Espíritu Santo renueve en nosotros la vida de Cristo.

Y hoy también queremos expresar nuestro profundo agradecimiento a los bienhechores, a todas las personas e instituciones que con gran generosidad han hecho posible esta Escuelita. Especial mención para la Conferencia Episcopal Italiana, a dos almas buenas indonesias, al arquitecto, a los constructores, al personal docente, administrativo y personas de la comunidad. Que el Señor les bendiga abundantemente por su generosidad, porque “Dios ama al que da con alegría” (2 Cor 9,7).

Hermanos, pidamos al Señor que renueve en cada uno de nosotros la gracia del Espíritu que nos hace vivir según el Evangelio. Que vivamos según el Espíritu, buscando siempre la vida y la paz. Que el testimonio de las Hermanas Clarisas nos ayude a caminar con fe, a confiar en el Señor y a no cansarnos nunca de hacer el bien.

El Señor, que es fiel, seguirá acompañando esta misión. Y que María Santísima, modelo de entrega y de servicio, interceda por ustedes, queridas Hermanas, y por todos los que colaboran en esta noble y hermosa obra. Concluyamos repitiendo las palabras del salmo: “Portones, alzad los dinteles, que va a entrar el Rey de la gloria”. Que el Rey de la gloria, Cristo el Señor, entre hoy en esta casa, en esta Escuelita, en esta comunidad y en nuestros corazones, para reinar siempre con su paz y su amor. Que así sea, amén.

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