Domingo de Ramos en la Pasión del Señor, 13 de abril de 2025.
Catedral de Ciudad Quesada, 10:00 a.m.
Este Domingo de Ramos en la Pasión del Señor marca el inicio de la Semana Santa, tiempo sagrado en el que conmemoramos la Pasión, Muerte y Resurrección de nuestro Señor Jesucristo como misterios centrales de nuestra fe. Este Año Santo 2025, en el contexto del Jubileo de la Esperanza, estamos invitados a reflexionar sobre las actitudes que debemos adoptar durante esta semana tan significativa para nuestra vida cristiana.
Los textos de la palabra de Dios, que se han proclamado, nos ofrecen un impresionante mensaje sobre el testimonio de sufrimiento, entrega y muerte de Jesús, el Siervo de Dios, el Mesías Hijo de Dios y de David, que da su vida por nuestra redención.
En la primera lectura, del libro de Isaías, escuchamos las palabras del Siervo Sufriente de Yahvé: “El Señor me ha dado una lengua de discípulo; para decir al abatido una palabra de aliento”. Este pasaje nos recuerda que, a pesar del sufrimiento, hay una misión de consuelo y esperanza. El Siervo, que es una prefiguración de Cristo, se enfrenta a la adversidad con profunda confianza en Dios. En este Jubileo de la Esperanza, se nos invita a ser portadores de esa misma esperanza en medio de nuestras propias dificultades y las de los hermanos.
Por su parte, el Salmo 21, con el cual hemos rezado, expresa el clamor confiado del justo que sufre, pero también la certeza de que Dios no lo abandona. “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” son palabras que resuenan en el corazón de muchos hoy en día. Sin embargo, el salmo también nos recuerda que, a pesar de la angustia, nuestra confianza en Dios debe prevalecer. En este tiempo de reflexión, se nos llama a reconocer nuestras propias angustias y a ofrecerlas al Señor, confiando en que Él está con nosotros. Esta verdad nos confirma en la confianza y la esperanza. Así asumió Jesús su pasión.
En la segunda lectura de carta a los Filipenses, San Pablo nos presenta el himno cristológico que describe la humildad, el rebajamiento y la obediencia de Cristo al extremo. “Se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz”. Este pasaje nos invita a reflexionar sobre la grandeza de la humildad y del sacrificio. En un mundo que a menudo valora el poder y el éxito, el ejemplo de Jesús nos desafía a vivir con humildad y a servir a los demás. En este Jubileo de la Esperanza, se nos recuerda que la verdadera grandeza se encuentra en el amor y el servicio.
Finalmente, el Evangelio de Lucas nos narra la Pasión del Señor, un relato que nos confronta con la realidad del sufrimiento y la traición. Jesús, en su última cena con los discípulos, instituye la Eucaristía como testimonio del amor supremo que da la vida. Al partir el pan y compartir el vino, nos invita a recordar su sacrificio y a vivir en comunión con Él y entre nosotros. En esta Semana Santa del Año Jubilar, se nos llama a renovar nuestro compromiso de dar la vida como Jesús, a través de gestos de amor que muchas veces suponen para nosotros sufrimiento y dolor, pero que tienen todo su sentido desde la pasión redentora del Señor.
Hermanos, al iniciar hoy esta Semana Santa, es fundamental que reflexionemos sobre las actitudes que nos acompañan al iniciarla ¿Cómo nos estamos preparando para vivir estos días santos? ¿Qué esperamos y qué expectativas tenemos de estos días únicos y santos en el año? Sin duda ha de acompañarnos la virtud de la esperanza. El Papa Francisco nos recuerda que “la esperanza no es una ilusión, sino una certeza que se alimenta de la fe”. En este sentido, debemos acercarnos a esta semana con un corazón dócil y abierto, dispuestos a dejar que el Señor transforme nuestras vidas a través de su misterio pascual que vamos a celebrar.
Al recordar en estos días especialmente el sufrimiento de Cristo, también somos llamados a estar atentos al dolor de nuestros hermanos. Es importante tener en cuenta que la Semana Santa no solo es un momento de conmemoración, sino también una oportunidad para vivir en solidaridad y esperanza con los Cristos sufrientes de hoy.
La entrada de Jesús en Jerusalén, montado en un burro, nos recuerda que la verdadera grandeza no se está en el poder o la riqueza, sino en la humildad y el servicio, en la capacidad de dar la vida. Así como Jesús fue recibido con palmas y vítores, nosotros también estamos llamados a acoger a nuestros hermanos con los brazos abiertos, especialmente a aquellos que sufren, que están en necesidad y que no tienen esperanza. Recordemos que la solidaridad se manifiesta en gestos sencillos: una palabra amable, una mano extendida o un oído dispuesto a escuchar o simplemente ofreciendo compañía a quienes se sienten solos.
La esperanza ha de animar e impulsar nuestra fe, pues, a pesar de las dificultades y los desafíos que enfrentamos en nuestras vidas, recordemos que la Pasión de Cristo culmina con el triunfo de la Resurrección. Alentemos a nuestros hermanos a mantener viva esa esperanza. Compartamos testimonios de fe y fortaleza; hablemos sobre cómo hemos superado adversidades gracias al amor de Dios que es siempre fiel.
Finalmente, recordemos que somos parte del Cuerpo de Cristo que es la Iglesia. Cada uno de nosotros tiene un papel único que desempeñar en esta historia de salvación. Hoy alzamos nuestras palmas no solo para aclamar al Siervo-Rey que viene, sino también para comprometernos a ser instrumentos de paz y esperanza en medio del mundo que tanto lo necesita. Que esta Semana Santa sea un tiempo transformador para todos nosotros; que muramos con Cristo para resucitar con Él a una vida nueva. Que así sea, amén.
