Amamos a Dios, a quien no vemos, en la persona del prójimo, a quien sí vemos.

Lunes Santo, 25 de marzo de 2024.

Ya en la Semana Santa, tendremos desde hoy Lunes Santo al Miércoles Santo los últimos días de la Cuaresma, la introducción al Triduo Pascual, y la celebración propiamente dicha del mismo, del Viernes Santo al Domingo de Pascua.

Como primeras lecturas de estos días, del lunes al miércoles, tendremos los diversos cánticos del siervo de Dios del profeta Isaías que, aplicados a Cristo resultan impresionantes en lo que a la realidad cruda y dramática de su pasión se refiere, y que nos preparan para contemplar el misterio de la muerte redentora de Jesús en el calvario.

Ayer, Domingo de Ramos, aclamábamos a Jesús como Señor y Mesías, en su entrada a Jerusalén, pero no hemos de olvidar que la imagen mesiánica propia de Cristo es la de siervo: él se ha rebajado, ha tomado la condición de esclavo, ha asumido la muerte de cruz, ha venido a entregar su vida por nuestra salvación. Estas características del mesianismo de Jesús no corresponden a ninguna visión humana de poder que muchas veces se impone por la fuerza y la apariencia.

El profeta Isaías nos habla del siervo como aquel que tiene sobre sí el Espíritu de Dios y que vendrá a traer la justicia y el derecho, abriendo los ojos a los ciegos y liberando a los cautivos de la prisión. El siervo Jesús quiere abrirnos los ojos para ser capaces de contemplar el amor y la misericordia de Dios, y sobre todo viene a liberarnos de nuestras esclavitudes a causa del mal y del pecado. Por ello, el salmo 26 nos ha hecho exclamar: “El Señor e mi luz y mi salvación”.

Desde el evangelio de San Juan, diríamos que este siervo Jesús está a punto de entregar su vida. La unción con el perfume costoso de nardo, que hace María en Betania, es un anuncio claro de la muerte de Cristo, pues el mismo Señor dijo que ella lo tenía guardado para su sepultura. En efecto, María unge a Jesús seis días antes de la pascua. Esta mujer nos enseña con su acción la fe profunda que tenía y con ella ofrece lo más precioso que tenía. La fe nos lleva a dar y entregar lo mejor para Dios. La intervención demagógica e hipócrita de Judas da paso a que entendamos que, sin descuidar a los pobres, estamos llamados a tener gestos y actitudes de amor para con Jesús, para compartirlos luego con los hermanos, sobre todo con los más necesitados y en quienes hemos de reconocer la presencia viva y sufriente del Señor.

Cuando notamos que en Costa Rica la pobreza y la pobreza extrema se han mantenido estancadas por más de dos décadas, parece que hemos asumido actitudes como las de Judas. Pareciera que no hay interés real en sacar a casi 1.300.000 personas de la pobreza. Tomemos conciencia y compromiso, como verdaderos cristianos, y pidamos a nuestras autoridades que, de una vez por todas, se unan en la toma de decisiones para romper con este flagelo en el cual se sumen cientos de miles de nuestros hermanos.

El Señor nos ha enseñado que el mandamiento supremo es el amor a Dios y el amor al hermano, que uno no existe ni se da uno sin el otro. Hoy, en nuestra realidad y en nuestro presente, amamos a Jesús en la persona visible y concreta del hermano; amamos a Dios, a quien no vemos, en la persona del prójimo, a quien sí vemos.

¿Qué nos dice para nuestra vida de fe la imagen de siervo de Jesús y el gesto de María al ungir al Señor? 1.- Con el misterio de su pasión, muerte y resurrección, dejemos que el Señor ilumine todas nuestras oscuridades, y que nos libere de todas nuestras esclavitudes, apegos y dependencias que no nos dejan ser libres y que nos impiden vivir en el amor de Dios. 2.- Que nuestra fe nos lleve a entregar lo mejor de nuestro ser y de nuestro haber al Señor, como María, con el caro perfume de nardo; así, amando al Señor primero -ante todo y sobre todo- estaremos en capacidad de servirlo y honrarlo en la persona del hermano.

En cada Eucaristía, el siervo Jesús se entrega totalmente por nosotros y nos da su cuerpo y sangre como alimento de vida eterna. Que la fuerza de este sacramento nos ayude a vivir en la luz y en la libertad propias de los hijos de Dios, pero, sobre todo, nos ayude a vivir en el amor a Dios y a los hermanos como el centro y el fin de nuestra fe. Así sea, amén.