Fiesta patronal San Isidro Labrador, Jueves 15 de mayo de 2025.
Parroquia Peñas Blancas, 6:00 p.m.
Hermanos todos en el Señor:
Como sabemos, hace más de mil años, en Madrid, España, vivía un labrador sencillo llamado Isidro. Cada mañana, al despuntar el día, Isidro se arrodillaba en el campo y ofrecía su jornada al Señor con esta simple plegaria: “Señor, haz que mi trabajo sirva para el pan de cada día y para el pan de tu Reino.” Mientras sus compañeros partían sin oración, él levantaba los ojos al cielo, y después, con el arado en manos, sentía la presencia de Dios acompañándolo en cada surco.
Hoy, en la fiesta patronal de esta comunidad de Peñas Blancas, queremos dejar que esa semilla de fe germine también en nuestros corazones. Santiago, en su carta, que escuchamos como primera lectura, nos invita a la paciencia activa: “Tengan paciencia hasta la venida del Señor. Miren cómo el labrador aguarda el fruto valioso de la tierra…” Y el salmo 1 proclama una bienaventuranza al hombre de fe: “Dichoso el hombre que confía en el Señor y hace del Señor su esperanza”. Justo, hombre de fe, fue Isidro labrador.
De la vid al surco: el camino del labrador:
San Isidro no tenía prisa; sabía esperar. En tiempos donde las lluvias no dependían de pronósticos ni calendarios, él se ponía en manos del cielo, como nos dice la carta de Santiago: con la paciencia del labrador que espera el fruto valioso de la tierra, aguardando el tiempo de las lluvias tempranas y las tardías. Pero su espera no era pasiva. Isidro trabajaba cada día como si el milagro dependiera de su esfuerzo, y oraba como si todo dependiera de Dios.
Se cuenta que, en varias ocasiones, mientras él rezaba, los ángeles tomaban el arado y seguían su trabajo en el campo. Y aunque a algunos les costaba creerlo, los frutos de su cosecha hablaban por sí solos. Tenemos acá una gran lección: cuando ponemos a Dios primero, incluso en lo más cotidiano, en lo más simple -como sembrar, regar, cuidar el surco-, Dios siempre ayuda y hace dar fruto. Y ustedes campesinos y agricultores saben muy bien de ello.
La vida e historia de San Isidro es el Evangelio en acción. Jesús nos dice hoy en el evangelio de San Juan: “Yo soy la vid, ustedes los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante.” San Isidro vivió esta realidad y certeza con sencillez: no dejó nunca de estar unido a Jesús, como un sarmiento fuerte unido al tronco. Su oración no era algo aislado, era el alma de su jornada, lo que daba sentido y fruto a todo lo que hacía.
Cuántas veces, en nuestra comunidad, corremos todo el día, de un lado a otro, haciendo muchas cosas, y al final del día sentimos que no dimos fruto. Tal vez porque nos separamos de la vid. Quizá porque, como dice Jesús en el evangelio, “separados de mí, nada pueden hacer.” La oración es lo que hace fértil nuestro campo interior, nos hace dar frutos de santidad y amor. No basta arar, sembrar, planear. Hay que permanecer, estar y quedarse siempre con el Señor. Y eso exige silencio, escucha, perseverancia y fidelidad. Así lo hizo San Isidro.
El fruto que alimenta: el amor del justo:
Isidro no fue santo solo por rezar mucho, sino porque su oración lo llevó a vivir con justicia y con amor. Los relatos antiguos cuentan cómo compartía con los pobres lo poco que tenía. Un día, según la tradición, regresaba a casa con un costal de trigo. En el camino, encontró a unos hombres hambrientos y les dio parte del grano. Al llegar a casa, su esposa María de la Cabeza -también santa- encontró el costal lleno, como si no hubiera sido tocado.
Pero más allá de los milagros, hay un mensaje profundo: el justo, el hombre de fe, es como un árbol plantado junto al agua, dice el salmo 1, que da fruto a su tiempo. Ese fruto no es para sí mismo, sino para los demás. La vida de San Isidro fue eso: dar fruto para compartir en el amor. Fue justo, porque vivió con rectitud. Fue santo, porque hizo de su vida una bendición para los demás.
Para nosotros aquí y ahora:
¿Qué frutos estamos dando como comunidad? ¿Nuestro trabajo, nuestras celebraciones, nuestras reuniones pastorales están alimentando a alguien? Celebrar esta fiesta no es solo recordar a San Isidro, sino asumir su legado e imitar su ejemplo. Tenemos mucho campo por sembrar en la parroquia: desde el cuidado de los más pobres hasta la formación de nuestros jóvenes. Tenemos muchos desafíos: personas que no tienen trabajo, familias del campo que luchan por sobrevivir, migrantes que llegan sin saber a dónde ir, ignorancia religiosa que tenemos que disipar.
¿Qué haría San Isidro ante esas situaciones? No levantaría la voz para dar discursos, simplemente abriría la puerta de su casa, compartiría su pan y volvería a arar la tierra. Desde ese testimonio, hoy también nosotros podemos responder con acciones concretas de caridad activa y efectiva para nuestra vivencia de comunidad parroquial
Hoy, al contemplar el testimonio de San Isidro -ese hombre de mirada humilde, con el arado en mano y los pies firmes sobre la tierra-, sentimos que no está lejos de nosotros. Es uno de los nuestros, uno de ustedes. Sabe lo que cuesta vivir del trabajo diario, sabe lo que pesa el cansancio, y también sabe lo que consuela confiar en Dios.
Que esta fiesta patronal no se quede en una celebración más, sino que sea un nuevo comienzo para ustedes como comunidad parroquial, animados y acompañados por el P. Geison Gerardo. Que cada uno pueda mirar su propia vida y decir: “Señor, aquí está mi tierra. Enséñame a ararla contigo. Haz que mi trabajo y mi oración den fruto, y que ese fruto sea de bien para muchos.”
Vamos a pedir en esta Eucaristía que, como San Isidro, seamos fieles en la oración, en el servicio, pero, sobre todo, en la caridad y el amor, como alma de la vida cristiana y fuente de toda santificación. Que así sea, amén.
